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Carlos

12/12/2008

In Memoriam

Francisco José Yndurain. Miranda de Ebro. Abril 2006

La semana pasada nos sentábamos en la reducida sala de conferencias de la casa municipal de cultura de este mi pequeño pueblo, tan reducida que mas bien diría yo que se trata de una “habitación de conferencias”, pues hasta el nombre de “sala” le queda holgadamente grande. El conferenciante, D. Manuel Aguilar, doctor en Física por la UCM, que fue hasta el año pasado vicepresidente del CERN ginebrino y actual Director de Investigación Básica del CIEMAT, se disponía a hablarnos de las implicaciones del Gran Colisionador de Hadrones (LHC) en la investigación física actual. Al inicio de la charla, el doctor Aguilar conectó su ordenador pero, en lugar de la habitual carátula de presentación, apareció en la pantalla la imagen de un hombre mayor aunque de aspecto jovial, que inmediatamente me resulto muy familiar. Apenas había empezado a intentar traer a la memoria su nombre, cuando D. Manuel nos dio la noticia: “Antes de empezar, quisiera tener un recuerdo para mi buen amigo Francisco Yndurain, gran persona y apreciado colega. Paco nos dejó el pasado mes de Junio”.

Al oír estas palabras, sentí en el corazón esa tristeza indefinida y melancólica que te atenaza cuando recibes la noticia muerte de una persona que, aun no perteneciendo a tu círculo íntimo, es alguien a quien profesas admiración y respeto, y sobre todo, por el que sientes que el mundo se ha quedado un poquito más vacio y huérfano con su desaparición. Mi pensamiento abandonó de inmediato aquella pequeña sala en la que D. Manuel empezaba a enunciar las características del LHC, y voló hasta un ya lejano día otoñal de 2005, en el cual celebrábamos el centenario del annus mirabilis de Einstein, aquel prodigioso 1905, que vio la publicación de los tres trabajos más influyentes en la física actual de que se tenga noticia. El espectacular auditorio del Palacio Kursaal de San Sebastián, obra de Rafael Moneo, tan diametralmente opuesto a esta diminuta habitación que ocupábamos ahora, rebullía de gentes que habíamos llegado de todas partes al Congreso Einstein, bajo los auspicios del Donostia International Physics Center. El conferenciante de turno, en aquella ocasión, era el profesor Francisco Yndurain catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, que se disponía a hablarnos de “Relatividad, fotones y partículas”.

Al subir al estrado el profesor Yndurain, una vez se hubieron acallado los protocolarios aplausos, se acercó a la mesa y encendió un enorme proyector de transparencias. “Como en la Autónoma de Madrid –dijo- somos bastante primitivos, (risas) yo utilizo transparencias en vez del Power Point. Me comentaron los organizadores que era preferible que usara Power Point, porque era más elegante, pero yo me acordé de una frase de Einstein, citando a Boltzmann, cuando dijo que la elegancia era buena para los sastres, y como yo no soy sastre…” (risas y aplausos) “Como también soy primitivo en otras cosas, voy a señalar [las imágenes] con un paraguas”. En este momento sacó bajo el estrado un enorme paraguas negro plegado que enseño al público (explosión de carcajadas) “Esto del paraguas es muy interesante, porque en Madrid es un objeto arqueológico, puesto que ya no llueve nunca, aunque aquí en San Sebastián, aun tiene cierta utilidad” (eran años de fuertes sequías) (carcajadas y ovación cerrada). Y efectivamente, el Profesor Yndurain, después de ganarse el auditorio de tan salada manera, completó toda su amena conferencia con el paraguas colgado del antebrazo (mientras no señalaba con él) y poniendo y quitando laminillas en el antediluviano proyector.

No fue aquella la última vez que compartí ese delicioso modo de divulgar ciencia de D. Francisco. Apenas unos meses después, en abril de 2006 y de nuevo en mi pequeña ciudad, aunque por fortuna no en este diminuto cuarto, él (con sus inseparables transparencias) nos regalaba una conferencia sobre “el micro y macrocosmos”. Esa vez no utilizó paraguas, sin duda porque la sequia había remitido. En aquella ocasión y hablando informalmente del sentido común como importante criterio en la investigación científica, salió a relucir la anécdota sobre ciertos alumnos suyos de un seminario de Cromodinámica Cuántica en Santiago de Compostela, a los que propuso cinco problemas que debían estar resueltos al día siguiente. Los alumnos, ante el apuro, se reunieron en una de las salas de la residencia donde se realizaba el seminario y donde todos ellos (incluido Yndurain) se hospedaban. Después de varias horas, habían conseguido resolver cuatro de los problemas, pero el quinto se resistía obstinadamente. A las 1.00 de la madrugada, cuando D. Francisco volvía de conocer la noche santiaguina, se extrañó de ver luz en la sala de reuniones, se acerco allí y asombrado de ver a los alumnos, les preguntó que sucedía. Estos le contaron su tribulación con el “quinto problema” y el, apiadado de sus grandes ojeras, les dijo: “¡Ah! Ese problema… ¡pero si es muy fácil..! Se lo puse para que vean un ejemplo del tipo de cosas que no tienen solución. Bueno, me voy a la cama que es muy tarde. Buenas noches”.

En aquella ocasión, aunque solo habían transcurrido unos meses, le noté bastante más delgado y envejecido que en San Sebastián, aunque siempre dotado de ese entusiasmo contagioso por la ciencia y su divulgación, que hacía que los auditorios la sintieran como algo cercano, e importante, como la aventura intelectual (y a veces humana) que representa, y no como un abstruso galimatías de formulas para especialistas. Quizá en una gran ciudad acostumbrados a tener todo tipo de suministros culturales: conferencias, coloquios, seminarios, etc. estas cosas pasan más inadvertidas, pero en las pequeñas localidades de provincias no dejamos de sentir como un pequeño milagro el poder tener acceso a los conocimientos y la experiencia viva de personas como Francisco Yndurain, Manuel Aguilar, Alberto Galindo, José María Sánchez-Ron, Fernando Flores y tantos y tantos otros que la memoria no me permite ahora recordar. Todo ello en gran parte al buen hacer de instituciones como la Real Academia de Ciencias o el CSIC; pero también, y eso nunca lo olvidaremos, al noble sentido del deber de divulgación a que se someten personas de la talla científica y nivel de responsabilidades como las citadas, y que acceden a dictar una conferencia de hora y pico, en un pueblo perdido del norte castellano, una tarde fría y lluviosa, con 8 horas de viaje y en un local en el que a duras penas pueden sentarse las 20 o 25 personas que asisten, emocionadas, al acto.

Por todo ello, D. Francisco, ahora que llegó el momento de la despedida y que sé que nunca más coincidiremos en ninguna sala de conferencias, fastuosa o diminuta, quiero dejarle esta pequeña constancia de mi eterno agradecimiento y admiración. Si alguna vez hemos conseguido ver un poco más allá, ha sido porque nos hemos aupado en hombros de gigantes. Como los suyos.

Sit tibi terra levis. Que la tierra le sea leve.



12/7/2008

Le rouge et el vert


Reflejos en el tren

Creo que fue un brusco traqueteo del coche el que me hizo trastabillar un poco y me sacó de ese sueño denso y pesado de los trenes, cuando aun los parpados te pesan más que las ganas de mirar alrededor y todo parece un poco confuso, irreal, como envuelto en una neblina dulzona. Pero la verdad es que no tuve que hacer ningún esfuerzo para verla: estaba justo allí, delante mismo de mis ojos, tan próxima que producía una extraña sensación de intimidad sorprendida, como un cierto reparo de intromisión. Amplia y voluptuosa, suave y cálida, meciéndose lentamente al ritmo de los balanceos de la marcha. Lo primero que me llamó la atención, fue ese llamativo color rojizo intenso, entre otoñal y acaramelado, como sincronizado con el ocre intenso de los bosques seminevados que ahora atravesábamos a toda marcha. Se derramaba sobre un lateral del asiento y jugaba al escondite con el verde de la tapicería, con el que contrastaba y a la vez se complementaba a la perfección, como si un hábil diseñador lo hubiera elegido así de entre todos los matices del cobre y los infinitos del verde (“els colors del vert… No: tots els colors del vert… ¿por qué me viene eso a la cabeza?”).

Abrí los ojos por completo e, instintivamente, quizá debido a la proximidad, adelante un milímetro la nariz inspirando un poco de aire…, no me llegó ningún olor (“¿Es que esperabas otra cosa…?”), pero mi reacción me hizo sonreír: cuanto deberemos de nuestras opiniones, sin saberlo, a esas sensaciones primarias (“¿Seguro que no te ha llegado ningún olor?” -Inspiré otro poquito- “no sé, quizá un matiz herboso y… ¿húmedo?”). Sea como fuere, eso me hizo despejarme casi del todo, y poco a poco dirigí mi atención, ya decididamente voluptuosa, hacia las preciosas ondas que cabalgaban en todas las direcciones sobre el respaldo: el conjunto era verdaderamente esplendido: las ondulaciones de todos los tamaños rivalizaban por acoplarse unas a otras, por rodar, entremezclase, rebotar… Los suaves traqueteos hacían que esas pequeñas hélices se estiraran y se encogieran con un ritmo perfecto, un poquito hipnótico, pero organizado, como si una roja medusa se dejara mecer con suavidad por el oleaje sobre un manto de coral verde.

De vez en cuando, algún movimiento un poco más amplio, hacia que todo el conjunto oscilase con elegancia a derecha e izquierda, deshaciendo en un segundo todo aquel sutil trabajo de acoplamiento que mis ojos habían seguido con tanta atención y que ahora volvía a recomenzar; siempre idéntico, pero nunca igual. Por un momento me imaginé a mi mismo pasando la mano suavemente por su superficie y me pregunté cómo sería sentir el tacto de esas ondas, como se extenderían al deslizarse por mi palma, (“¡Venga ya..! ¿Pero qué dices…?”) Mi vista se posaba ahora con fijeza en aquella voluta un poco mas díscola que las demás, la que sobresalía rebelde hacia afuera, apuntándome con una especie de ironía o de desafío, la única que exhibía con descaro una veta más clara, casi rubia, destacando sobre el fondo de bronce. Asombrado, y un poco asustado, puede ver como mi mano se extendía hacia el borde del respaldo (“¡Joder…! ¡Qué coño haces…!”) y rozaba levemente con el dorso aquella onda rebelde: lentamente cedió, estirándose bajo la presión de los dedos que se deslizaban sobre ella; al terminar el recorrido, dio un brusco salto enrollándose de nuevo, volviendo desafiante a su posición original.

Retire mi mano con presteza, justo un segundo antes de que otras manos surgieran del asiento delantero e introduciendo los dedos en la mata rojiza, la ahuecaran con un par de resueltos tirones, que además la abrieron sobre el respaldo en todo su esplendor. Con una sensación de calor intenso en las mejillas, volví la cara hacia la ventanilla (“Dios…!! ¡Mira que eres gilipollas…!”) Allí a lo lejos unos enormes peñones de granito se peleaban por salir de una blanquísima manta de nieve que se extendía hasta perderse de vista. Acerqué el dorso de mis dedos a la nariz: (“¿mandarina?”). Eché una rápida ojeada a la mata encrespada que exhibía impúdica su explosión rojiza. Mientras la miraba, me acordé del postre que hacia unas horas había tomado en la estación: una mandarina. Volví de nuevo la vista hacia la planicie nevada (“¡Definitivamente: eres gilipollas…!”) y poco a poco fui notando como la monótona marcha del tren iba venciendo mi resistencia: los parpados me pesaban cada vez más y todo empezó a difuminarse disolviéndose en una enorme superficie blanca…

El brusco frenazo hizo que mi codo se saliera de la repisa de la ventanilla y el cristal me golpeó la frente. Me incorporé sobresaltado. El tren se había detenido y un enorme chorro de agua caía desde el alero de la estación derramándose como un torrente sobre el cristal exterior del coche. Miré hacia el asiento de adelante: el verde de la tapicería lucía un poco desvaído y nada destacaba sobre él, a no ser ese trapito lacio con el anagrama de la compañía. Sorprendido, escudriñé el reflejo del asiento en las ventanas cercanas: estaba definitivamente vacio. Estirando el cuello todo lo que pude, ojeé el pasillo del coche hasta las portezuelas delanteras: excepto unos cuantos pies descalzos colgando de los asientos, nadie lo ocupaba (“¡No puede ser…! ¿Tanto me he dormido?”). Me volví de nuevo hacia la estación: gente rebozada en abrigos y bufandas iba y venía rodando sus maletas por el andén. Desesperado, comencé a mirar de un lado a otro, sin saber muy bien que buscaba, cuando de repente, justo cuando sentía el tirón del tren al arrancar, me pareció ver, de forma confusa por el escorzo imposible y el río de agua que se deslizaba por el cristal, un destello rojo que destacaba sobre un esbelto abrigo gris. Una décima de segundo más tarde (“¡Mierda…!! ¡Espera, espera…!”), la puerta del vestíbulo se cerraba tras una maleta azul y el tren pasaba raudo dejando atrás el edificio de la estación.

Me quedé unos segundos en la misma posición, mirando con rabia como el edificio se iba haciendo cada vez más pequeño en la lejanía. Finalmente me recosté en el asiento y, con un suspiro, cogí el libro de la mesita, abriéndolo por donde sobresalía el billete. En sus páginas, el bueno de Tarnas se afanaba en explicar como “la herencia de Platón y Plotino influía en la formulación Agustiniana del Logos judeo cristiano” (“¿Qué…?”). Levanté la vista hacia el asiento delantero y pasé suavemente el dorso de los dedos por el cabezal. Suspiré otra vez y, mecido por el suave bamboleo del tren, volví a bajar los ojos al libro: “… influía en la formulación Agustiniana del Logos…”



11/14/2008

Stendhal y la sonrisa de Gioconda


Gioconda. Leonardo da Vinci. Le Louvre. París

Puedo confesar abiertamente que nunca he sentido ese traído y llevado “Síndrome de Stendhal”, o al menos no con la mítica intensidad con que lo sufrió el sensible francés, al que como se ha comentado por este o aquel blog, ante la visión de la Basílica de la Santa Cruz en Florencia le acontecieron palpitaciones, ahogos, desmayos y otras lindezas románticas. Es verdad que he sentido algunas veces, dicho sea en descargo de mi artíchtica sensibilidad, un cierto “subidón de belleza” delante de algunas obras de arte que, vaya Vd. a saber por qué, me han impactado de manera especial. Que yo recuerde ahora así a vuela pluma, una vez sintiéndome rodeado de los inmensos lienzos de los “Blue I, II y III” de Miró, otra sumergido en la plateresca espuma de San Esteban en Salamanca o una tercera mientras me atenazaba la luminosa tristeza del Réquiem mozartiano.

Sin embargo para sorpresa mía, en este último viaje sí que pude sentir un novedoso (para mí, claro) sentimiento estético, que al no tener puntos de referencia positivos para describir, no puedo hacerlo más que de una forma negativa como un “anti-síndrome Stendhal”. Verán: es una especie de tragedia en miniatura tener una colección como la del Louvre al alcance de la mano (o del ojo, más bien), y solo disponer de 4 míseras horas para perderse por su caótico laberinto de pasillos y pasadizos, sus mortíferas escaleras, sus desquiciantes sucesiones de “cours” y “salles”. En esas circunstancias uno tiene que elegir, y para este caso cotejando visitas anteriores y previstas, la determinación fue draconiana: las salas de antigüedades sirias y egipcias, los primitivos italianos, la pintura holandesa del siglo XVII.

¿Y el anti-síndrome? Supongo que, si han estado en el Louvre, se habrán percatado que el orden cartesiano, o no esta adecuadamente desarrollado en él, o alcanza tal perfección que queda fuera del alcance del común de los mortales, de forma que desplazarse de una zona de la colección a otra, se transforma en una aventura en la que se pueden encontrar todo tipo de avatares: perdidas, ascensos, descensos, desorientaciones, búsqueda desesperada de guías o interminables discusiones delante de los planos del edificio. En esas circunstancias nos vemos obligados a atravesar a velocidad galopante, salas y mas salas repletas de cuadros y esculturas. Y algunos de ellos, al pasar como una exhalación, nos golpean de tal manera la sensibilidad, que a veces uno pierde el aliento en el encontronazo: -“¡Dios, que precioso Rafael…”- - “Espera, espera un poco, mira que Veronese…”- -“Joder… ¡No me acordaba que estaba aquí este Canaletto!! Aguarda solo un segundo…”-. Al final, claro, nos rendimos ante la imposibilidad de dedicar aunque sea solo ese minuto, a cada obra que nos asalta al paso de las laberínticas salas.

En ese momento, cuando ya se produce la renuncia, uno puede sentir una intensa punzada de dolor en ese extraño punto, a medio camino entre el corazón y la cabeza, una abrumadora sensación de pérdida que se produce pasar delante de tanta belleza teniendo que conformarse solo con volver la cabeza al paso de la marcha, una especie de desaliento estético que de pronto, nos hace caer en la cuenta de la futilidad y lo absurdo del empeño, de forma que se siente como una mortífera puñalada en el ánimo, un decaimiento que ya no nos dejará disfrutar con gozo ni siquiera de aquellas partes de la colección previamente elegida y que al final, después de mil rodeos y perdidas, encontramos. Eso, mis queridos e improbables lectores, es lo que primero me vino a la cabeza: “el anti-síndrome de Stendhal”.

Y ni siquiera es lo más grave de este asunto, ya que a semejanza del “síndrome” positivo, este negativo también tiene numerosas variedades, capaces de hacernos sentir una amplia gama de dolores estéticos. Uno muy especial, y que abunda este museo, es el hecho de tener que acercarse, en uno u otro momento, a las salas dedicadas a esos iconos del turismo de masas, del estilo de la Gioconda o la Venus de Milo. Es realmente insoportable. La vergüenza ajena, el dolor estético y la rabia contenida que me produce ver esas masas vociferantes de personas amontonadas delante de las obras, abrasándolas con los flashes de los centenares de estúpidos móviles, con el único objeto de obtener una deleznable fotografía (Sí: el Louvre permite la libre filmación y fotografiado en todas las salas).”¿Pero para qué...?” me pregunto continuamente: ¡Si son las imágenes más reproducidas del mundo, y puede uno encontrar sin el menor esfuerzo y de forma prácticamente gratuita millones de reproducciones de excelente calidad de todas las formas, tamaños y resoluciones!! Asombra observar desde fuera como la inmensa mayoría de las personas allí congregadas apenas si dedica una ojeada de compromiso a la obra en cuestión (salvo a través del visor de la cámara, claro). ¡Y eso sin hablar de otras obras tan excelentes o más que las “celebres”, y cuya presencia pasa en la más insultante de las indiferencias! Que yo recuerde, apenas dos o tres personas contemplábamos la bellísima Coronación de Fra Angélico, los impactantes frescos de Boticelli e incluso, ya puestos a “celebridades”, la Virgen y Sta Ana de Leonardo da Vinci y a cuya extraordinaria composición y emotividad merece la pena dedicar bastante más tiempo, en mi opinión, que a la traída y llevada Gioconda. Pues allí estaba: absolutamente desierta ¡¡a pesar de que apenas las separan 30 metros en salas contiguas!!

“¿Y a ti que te importa? Pues así las puedes ver con menos estorbos..” dicen mis sensatos acompañantes cuando la desazón de esta variedad del anti-síndrome de Stendhal me atenaza haciéndome despotricar en alta voz de semejante despropósito. Pues sí: no deja de ser cierto, pero a mí me duele, y mucho, el sentir de una forma tan lacerante esa dramática falta de sensibilidad estética, ese desprecio tan absoluto e insultante por la belleza, ese sonrojante catetismo consumista de estar allí solo por decir que he estado, sin comprender nada y lo que es más grave: sin interesar en modo alguno comprender nada (es frecuente que dos o tres individuos o individuas de tal ralea, después de haberse acercado a codazos para fotografiar la obra, se alejen de ella sin dedicarle ni una sola mirada, discutiendo de las bondades fotográficas de sus respectivos móviles). En fin. Dejémoslo estar. Pero recuerden: la próxima vez que se acerquen al Louvre, dispongan al menos de un día entero. De lo contrario el anti-síndrome de Stendhal les acecha. El que avisa no es traidor.

10/24/2008

La importancia de encontrarse a Ernesto


Poesia concreta. Marcelo Aurelio
Poesía concreta. Nocturama Fotoblog. Marcelo Aurelio

Siempre he sentido una profunda, aunque sana y admirativa, envidia por aquellos que poseen el extraño don de la poesía: esa mágica capacidad de hacer surgir en el lector un intenso destello emocional “solamente” con juntar una cuantas (pocas) palabras. Porque humildemente creo que en la poesía, más aún que en el cuento que decía Cortázar, no se puede ganar de otra manera más que por K.O. y además por K.O. fulminante. Y eso, mis absolutamente improbables lectores, es muy, muy, difícil. Verán: yo creo que a la poesía no le es imprescindible un significado (aunque pueda tenerlo), ni una historia (que a veces, no obstante, cuenta), ni siquiera que lleguemos a entender del todo de que nos está hablando (aunque el saberlo, en ocasiones, ayuda), pero lo que sí le es absolutamente necesario, es hacernos sentir con nitidez su impacto, un nítido punch emocional ya desde la primera lectura. Tenemos que acabar de leer y poder decir: “¡Joder, que bonito es esto…!!” Luego pueden venir otras apreciaciones más pausadas, (y desde luego más elegantemente expresadas) o podemos descubrir nuevos matices, e incluso desmenuzar sus ritmos, sus trucos, sus razones, y que incluso nos hagan acrecentar ese inicial placer, pero todo ello no será, al fin y al cabo, sino una mera confirmación de que hemos dado con un efectivo “hálito” poético. Si eso falla, el texto caerá, para nosotros, en la pesadez o en la cursilería, esos dos estados carenciales entre los que la buena poesía mantiene un equilibrio harto delicado.

Puede que por esta dificultad intrínseca que impone la desnudez de la poesía, por su imposibilidad de camuflar la falta impacto con historias, significados o conocimientos; es por lo que a veces tengo la perturbadora tentación de pensar que la poesía es algo, por así decir, “fuera” de la literatura, algo que no comparte con total exactitud las características de los otros géneros literarios más convencionales como la narración, el ensayo, la crítica, o la opinión, algo mas dirigido a la emoción que al intelecto, como si solo tuviera en común con todos ellos, el hecho tangencial (pero a la vez mágicamente imprescindible) de utilizar las palabras como vehículo, como armazón expresivo, algo así como si la poesía fuera uno de los dos polos opuestos de la expresión oral, o escrita, aquel en el que las palabras transportan hacia nosotros pura emoción, por contraposición a aquel otro en el que nos proporcionan puro conocimiento. Mucho se ha escrito, por supuesto, sobre este tema, que otros prefieren expresar diciendo que la poesía supone una forma especial, diferente de conocimiento: algo distinto del racional, pero muy definido y tan revelador como él del aspecto humano de las cosas. ¿Quién podría decir, después de leer la primera de las poesías de más abajo, que no ha captado con precisión el estado anímico del narrador, incluso mejor que con quince folios de prolijas explicaciones?

Quizá a causa de este rollo de arriba, es evidente que no abunda entre los blog el género poético (el original, por supuesto: del copiado rebosa por todos lados), y mucho menos el material del que puedan leerse algunos versos seguidos sin que la vergüenza ajena nos obligue a darle apresuradamente al ratón. Así que me van a permitir la veleidad de compartir con Vds. uno de esos raros ejemplares que uno, en sus andanzas bloguiles, va conociendo. Aunque Ernesto forma parte desde casi siempre del “núcleo duro” que nuestra querida Sardinilla reúne a su alrededor, mi conocimiento de sus escritos era solo tangencial cuando no inexistente. Quiso la fortuna, no obstante, que en uno de esos frecuentes ”encontronazos” virtuales que a veces sin saber cómo tenemos por ahí, que lo que empezara con no muy buen pie, como un conato de enemistad, se fuese transformado en un asombrado conocimiento de sus textos, que a poco de iniciado, me dejo bastante deslumbrado por su intensidad, su expresividad y sus arriesgadas incursiones en muy resbaladizos terrenos literarios: el “dadaísmo” de su esquiador, la tierna poesía burlesca, o los crípticos microrrelatos tirando a surrealistas. La wilderiana importancia de conocer a Ernesto en la vida real, además de permitirme disfrutar de su acentillo malagueño, me confirmó la subyugante sensación de estar presencia de una personalidad muy especial: tierna y compleja, idealista e incisiva, recia y candorosa. Un gran tipo, vaya…

Bueno, basta ya: les invito, por supuesto, a conocer su “Generación perdida”, pero no solo el último post: aunque no sea muy frecuente en la blogsfera tan urgida por lo inmediato, lo reciente, y lo efímero, les animo a sumergirse en él y buscar textos, poemas y dibujos pretéritos (es también fascinante su capacidad de expresión gráfica), en la completa seguridad de que, si de verdad les gusta la lectura y el descubrimiento de cosas nuevas, disfrutarán de unos asombrados buenos ratos. De todas formas, por si no quisieran, o no pudieran, hacer ese esfuerzo, aquí les copio (con el generoso consentimiento de Ernesto) unas cosillas poéticas que a mí me han gustado, pero que no necesariamente tiene que ser lo que les guste a Vds. (se chinchan que para eso es mi espacio). Otro día, si eso, ya ponemos algo suyo en prosa. Ahí va:

 

Lo que tengo y lo que no

Tengo algunas cosas, no lo he perdido todo,
me quedan dos palabras, abrazo y destrozo,
tres recibos del VIP´s, la complicidad con los locos,
un par de libros regalados, una pizca de odio,
algunas evidencias y pocos testimonios:
nunca te dejaba que me sacaras fotos.
Tengo algunas cosas, no lo he perdido todo,
me acompaña la canción que escuchamos en agosto,
silencio, silencio, sin sorpresas, pero absortos,
en los cuadros de la colcha que tendimos nosotros,
en la cama que nunca más será nuestro reposo,
sino la tumba dulce donde escribo este responso.
Tengo algunas cosas, no lo he perdido todo,
tu mirada de perfil, las cosquillas y el co-co-co,
el gintonic junto al río bautizado por los moros,
una tarde en Portugal con el atlántico de fondo,
y una forma de fregar imposible los recodos
de los suelos que ya no pisaré con tal decoro.
Tengo algunas cosas, no lo he perdido todo,
guardo los pañuelos donde unimos nuestros mocos,
tus dibujos distraídos en papeles entre el polvo,
los mensajes caducados, nuestra pólvora en remojo,
tus recetas de cocina y los calcetines rotos
por haberte andado tanto y haber visto tan poco.

Ernesto García. Una generación perdida. Agosto de 2008

Es lástima que este blog carezca de un nutrida colección de lectores (serán pocos, pero escogidos: eso sí…) porque sería muy divertido realizar un concurso de ingenio para intentar pescar cual es la carga de profundidad que lleva oculta el siguiente poema de Ernesto. Aunque es bello de por sí, su significado “subliminal” dice mucho del ingenio y la “capacidad versificadora” de nuestro personaje. Como pista vale su propio título, claro, pero ya que no es muy reveladora, ahí va otra: aunque a mí no me gusta poner los versos en alineación centrada, en este caso todo tiene sus razones: hasta las faltas de ortografía. 

 

A 59 segundos del final

Quiero y no puedo, mas
una vez pude odiarte,
ingenuo, nadie,
en el momento de decir que
rara vez conocí
otra como tú.

Fríamente lo espero,
oradando la pared,
las palabras muertas,
los enigmas, los silencios
asumidos sin modestia,
recogiendo en una muestra
mis mentiras bien contadas,
escondidas como restos.

Alguna vez te sentí.

Mi angustia me recuerda,
al vuelo de un insecto,
mareando un suicidio
en el cristal imposible;
nunca es imposible.

Mirándote la boca,
el sexo dibujado en
nupcias estrenadas,
días entregados a lo
irrelevante,
zarpando a otro abismo
a bordo de un papel vacío,
buscando en el cielo
abierto y cerrado, de tus
labios.

Ernesto García. Una generación perdida. Julio de 2008

 

9/15/2008

Sinusoides


Festival de Música Antigua de Sajazarra
Intérpretes en el Festival de Música Antigua de Sajazarra

-“¿Se imaginan como sería, grosso modo, la línea temporal de la vida de la mayoría de nosotros?”-

Creo que fue en alguna clase de física, ya remota. El profesor intentaba explicarnos los fundamentos de la teoría de la relatividad, y para dar una idea del concepto de espacio-tiempo, nos pidió que imaginásemos una gráfica en la que en el eje vertical se representaba la posición en el espacio, mientras que en la horizontal se representaba el transcurrir del tiempo. Así, como el tiempo no para nunca, nos explicaba, si uno se estaba quietecico en el mismo sitio, sin moverse, la "línea del tiempo" resultante sería una larga y monótona horizontal. Pero si uno empezaba a desplazarse de acá para allá, la línea empezaría a animarse: a subir, a bajar, a curvarse, a brincar. Lo único “prohibido” era que la línea alcanzara o superara la vertical: tal cosa implicaría retroceder en el tiempo. La imagen era muy sugerente y rápidamente nos atrapó a todos. Después de explicar varios conceptos teóricos con ese modelo, y a punto de finalizar la clase, nos hizo la pregunta aquella.

Quedamos un tanto perplejos, pues a nadie se le había ocurrido semejante cosa: ¡una vida entera moviéndose! La mayoría creo que nos imaginamos una especie de ovillo tremendamente enmarañado y caótico. El profesor nos miró unos segundos, se acercó a la pizarra y dibujó sobre los ejes una perfecta y sencilla sinusoide que partía de un extremo y llegaba, sin más, con sus limpias ondulaciones hasta el opuesto. Allí se hacía horizontal y luego bajaba hasta el eje inferior. “¿Se han fijado –comentó sin volverse, mirando la línea que acababa de dibujar- en que casi siempre acudimos a los mismos lugares una y otra vez, casi siempre con los mismos intervalos, casi siempre siguiendo los mismos caminos, casi siempre haciendo las mismas cosas?” “Una sinusoide casi perfecta –dijo siguiendo con el dedo la forma en la pizarra- arriba y abajo, arriba y abajo”. Cuando su dedo llegó al tramo horizontal, lo siguió unos milímetros más, suspiró, tomó el borrador, limpió la pizarra y volviéndose hacia la mesa solo comentó: “Bien: mañana corregiremos los problemas de este tema. No olviden repasar los formularios”.

Hoy no he podido por menos que acordarme de aquel día lejano, mientras me disponía a apilar en el cajón de las cosas a conservar, el bonito programa del XIX Festival de Música Antigua de Sajazarra: el FMAS para los amigos. Siempre me da mucha pena este momento, porque viene a significar, dada la peculiar climatología de este umbrío norte burgalés, el final práctico del verano y quizá sea por eso por lo que el bendito programa se pasa veinte días dando remolonas vueltas por mesas, sillas y montones varios antes de desaparecer en esa pequeña tumba en la que al final hoy descansa acompañando a los doce o trece que le precedieron. El festival de la villa riojana es, para mí, uno de los más nítidos picos de esa sinusoide que, como muy bien sabía mi clarividente profesor, la mayoría de nosotros no hacemos sino remontar y ascender como un tobogán maniático. Pero al menos este pico en concreto encierra dentro de sí algunos de los más hermosos momentos del año, desde el punto de vista musical, y también desde el humano.

En esta edición nos fue posible acudir a cuatro de los conciertos, lo que sobre el total de seis de la programación en días de laborables, no está nada mal. La música, aceptable y ajustada en líneas generales al objeto del evento, aunque confirmando esa leve tendencia que parece imponerse en ciertos festivales, y organizadores, de reservar siempre alguno de los actos para ese supuesto público que no se siente atraído por la “seriedad” de la música clásica y al que hay que “captar” con algo menos serio o presuntamente más ligero, o llevadero, según otros. A mí francamente todo eso me suena un tanto a música celestial, porque modestamente opino que aquellos oyentes que no han adquirido una receptividad para la música clásica en determinado momento de su vida, va a ser muy difícil que se sientan entusiasmados por un concierto de la escuela alemana de tecla del s. XV (pongamos por caso…). Y oído en boca de los políticos subvenciondores de los eventos, casi suena a disculpa avergonzada frente a unos supuestos numerosos votantes que piensan que sus dineros estarían mejor invertidos en un torneo de furbito. Algo así imagino es lo que se pretendía con la programación del concierto del día 20 a cargo de Rafaele Bonnavita y Antonio Carrilho con su “Del barroco a la bossa nova”. Si bien no hay nada que objetar a la maestría de los intérpretes, sobre todo la de Carrilho con sus flautas, resulta un tanto paradójica la inclusión de piezas de bossanova en un evento de este tipo. Pero en fin… todo sea por atraer a esos “nuevos públicos” que, a lo que se ve, sienten una atracción irresistible por la música de Villa-Lobos o Piazzolla (y eligen, además, un festival de música antigua (¡!) para escucharlos).

Para el resto de los días, afortunadamente, una programación mejor estructurada: desde el “Tasto Solo” de Guillermo Pérez y su deliciosa recreación de los instrumentos tardo medievales con los que ejecutaron el dia 17 las tablaturas góticas de Conrad Paunman, que tan difíciles son de transcribir a nuestros modos interpretativos actuales, hasta la deliciosa joya del “Hommage a Baccus” de Joseph Bodin de Boismortier que nos ofreció el dia 21 Josep Cabré y su “Compañía Musical”. La vitalidad de Cabré en el escenario, (¡encantadora su interpretación en el atrio de la iglesia, durante el intermedio, del “puisque vous voulez que je chante…”!), su frescura y desenfado, para nada reñida ni con la seriedad del trabajo musicológico, ni con los fines de un festival de música antigua, sí que pueden contribuir, esta vez de verdad, a captar nuevos públicos para un festival que, dicho sea de paso, apenas los necesita pues en casi todos los actos se agotan las plazas disponibles. Y, claro, dejo para el final la maravillosa actuación el dia 19 de “Dialogos Ensemble” con su programa “Abbo Abbas”, bajo la dirección de Katarina Livjanic.

Durante dos horas mágicas escuchamos sus impresionantes reconstrucciones de las polifonías altomedievales de las abadías de Winchester en Inglaterra y Fleury en Francia, hilvanadas ambas por la tortuosa historia de Abbon, abad de Fleury, muerto en extrañas circunstancias en 1004 y reputado como uno de los hombres más sabios de su tiempo. Como en una de aquellas prohibidas líneas del tiempo de las que nos hablaba mi profesor de física, los siglos parecieron desprenderse de las muros románicos de la iglesia de Sajazarra y envolvernos en esa gigantesca onda emocional que construye la música, para depositarnos en el centro del turbulento año mil. No sé si fue la perfecta comunión de continente y contenido, o la exacta sincronía de las voces femeninas de “Dialogos”, o quizá solo la fresca penumbra de la iglesia frente al fuego del agosto riojano, pero por unos minutos todos los allí presentes, sentimos con toda claridad el paso de esa gigantesca sinusoide que acarrea a la humanidad a través de los milenios, subiendo y bajando, recorriendo las mismas emociones, idénticas pasiones, análogos temores; abocados siempre a reiterar las mismas cosas una y otra vez. Puede que solo la irrepetible belleza de algunas obras de arte, como estos cánticos de los monjes de Fleury quede, en algunas ocasiones y por unos pocos minutos, al margen de semejante sinsentido.

FMAS_2008

9/5/2008

El final del verano


Leyendo

Hoy, como muchos días de este verano, me he quedado mirando un tanto melancólicamente, y desde luego con bastante remordimiento, esa fecha del 13 de mayo que se exhibe impúdicamente ahí, al frente de este blog cuasi abandonado, como esas casas de los pueblos que poco a poco van viendo como se desvencijan sus ventanas y se caen sus tejas. No acabo de entender muy bien la razón de esta travesía del desierto bloguil, porque no será por falta de acontecimientos (algunos de jugoso lustre narrativo, como la caminata jacobea entre Pamplona y Logroño), ni por falta de ganas, que algunas veces incluso se han hecho angustiosas. Pero ya se sabe que en ciertas ocasiones y sobre todo en el verano, las cosas se confabulan para transcurrir un poco al margen de nuestra voluntad. Algo, como decía mi querido Laporte, como si esas cosas retornaran un tanto a la infancia y a un ritmo distinto: menos dependiente de nuestra voluntad y más ligado a los deseos emotivos e impredecibles.

Pero todo tiene un fin, y el de este verano ya está muy cercano astronómicamente hablando y desde luego ya bien sobrepasado desde el punto de vista vital. Septiembre tiene siempre ese aire de fin de fiesta, de retorno a la obligación pura y dura, que nos hace mirar hacia esos días transcurridos con un poco de nostalgia y un mucho de pesar. Y me resulta chocante que lo que más vivamente acude a mi memoria de este verano, está más relacionados con experiencias subjetivas, que con grandes viajes (que los ha habido, y preciosos) o carnales placeres (que también los ha habido, y deliciosos): una de las cosas mas curiosas en el recuerdo ha sido la experiencia lectora que he tenido prácticamente desde las fechas en que se detuvo este reloj bloguiano: hacía muchos, muchos, años que no atravesaba un periodo de tan voraz apetencia literaria y tendría que remontarme a tiempos juveniles para encontrar otro periodo tan intenso volumétricamente hablando.

En este verano lo anómalo ha sido, creo, la acumulación de lecturas de longitud inusual, quizá como una inconsciente reacción personal a esta ubicuo aluvión de minihistorias, microrelatos, nanocuentos, haikus y demás epítomes de la brevedad literaria últimamente tan de moda: casi sin solución de continuidad me he ido sumergiendo de mamotreto en mamotreto en los que las mil páginas quedaban superadas con holgura, con una satisfacción e impulso, que hacía tiempo que no me reconocía. Empezamos el buen tiempo (aun no verano astronómicamente hablando) con “Las Benévolas” de Jonathan Littell, reseñado unos pocos post antes que este, tremebunda historia de la Segunda Guerra Mundial desarrollada en 1000 páginas de un tamaño notable, que te arrastra desde Berlín a través de los devastados campos húngaros hasta las gélidas llanuras de Stalingrado en pos del horror más absoluto. Pero en fin: se ve que las fauces lectoras me quedaron chorreantes, pero todavía ansiosas con este pantagruélico aperitivo, y el azar quiso poner a mi provinciano alcance el polimórfico y enigmático “2666” de Roberto Bolaño cuyas 1200 páginas no le andan a la zaga al tocho del Littell (Por cierto si alguno de mis cuasi inexistentes lectores ha leído ambas obras ¿no ha notado una escalofriante concomitancia en ciertos pasajes que transcurren en la Rusia de la II Guerra Mundial hasta el punto de parecer algunos fragmentos de la novela casi una transcripción de la otra?).

Pero por lo que se ve, el complejo edificio de Bolaño tampoco fue suficiente para calmar los ardores lectores que me insufló este inusual verano, y así me vi compelido a atacar la trilogía “Tu rostro mañana” del pulcro académico de la lengua Javier Marías. Entre los tres tomos (y eso si no contamos “Todas las almas” como prólogo) se nos pone la cosa en 1250 páginas de ese estilo tan subjetivo y digresivo de Marías que, la verdad sea dicha, me encanta y me sorprende simultáneamente (el que un personaje levante una espada sobre la cabeza de otro, y entre ese acto y su descenso vertiginoso, transcurran diez páginas de pensamientos, disquisiciones y meditaciones, no deja de ser toda una hazaña narrativa). A caballo de unos y otros, algunas piezas de menor calibre, como el desternillante “Pomponio Flato” de Mendoza o el reencuentro (¡después de tantos años!) con el añorado Montalbán y el bueno de Pepe Carvalho en sus “Mares del Sur”, una lectura ideal para las dietas estivales bajas en calorías. Tendría que remontarme a los veranos casi infantiles de “Lo que el viento se llevó” o los juveniles de los tres tomos de “El señor de los anillos” (antes de su explosión mediática, cuando Tolkien era un autor para “raritos”) o a los más maduros, pero ya lejanos, siete tomos proustianos de “La búsqueda del tiempo perdido”, para reencontrarme con el cuasi olvidado placer de las lecturas oceánicas, que ha llenado este verano.

Decía Rosa Montero, en un artículo reciente, que no hay cosa más deliciosa para un lector, que sumergirse en una novela que le apasione y que esta supere las mil páginas. Eso es lo que más nos acerca a la ilusión de que las historias que nos gustan no se acaben nunca, y que pasen a formar parte perenne de nuestra vida cotidiana. Es cierto, desde luego, que una obra de arte no está determinada por su tamaño, y tan atrayente y subyugante puede ser un poema de cinco versos, como un micro relato de siete líneas o un cuento de veinte páginas (¡quien olvidaría, después de haberlos leído, “El Aleph” borgiano o “La pata de mono” de Jacobs!) pero a veces, y dando por supuesto un comparable nivel artístico, creo que el tamaño nos hace como dar un salto cualitativo a otro nivel de expresión: una ermita, un minueto, un cuento, pueden ser muy bellos en sí mismos, pero el complejo constructo de una sinfonía, el apabullante despliegue de formas de una catedral, o el mundo condensado en una gran novela suponen, además de una expresión de belleza, un reto fascinante a la capacidad humana para concebir, para ordenar, para (re)crear el mundo, para dotar a una idea surgida en la mente de una estructura tan compleja, extensa y pormenorizada que aspire a representar una imagen convincente del universo real.

Acabado el verano, no sé en qué parará esta extraña pasión mía por los textos hipertróficos, sobre todo ahora que parece que el darle a la tecla vuelve por sus cauces para desesperación de mis educados comentaristas (¡Dios les premie sus buenas acciones!). De momento desde la estantería, donde esperan pacientemente desde hace unos meses, me miran enigmáticamente los tres gigantescos tomos de “Verdes valles, colinas rojas” de Ramiro Pinilla. Os confieso que, aun en plena euforia macrolectora, me acobarda mirar de reojo el mareante grosor de cada uno de los libracos… no sé, no sé… quizá habrá que esperar al verano que viene…

 

5/13/2008

A solas con Amedeo


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Acceso a la exposición "Modigliani y su tiempo". Museo Thyssen-Bornemisza. Madrid

La verdad es que entré un poco cohibido al enorme vestíbulo del palacio de Villahermosa. Me notaba raro porque hacía mucho tiempo que no acudía completamente solo a una exposición, y si digo que “hacía mucho tiempo”, es porque últimamente parece que los recuerdos me traicionan un tanto y entra dentro de lo posible que así sea, aunque de primera intención, iba a poner “nunca había entrado solo”, que es lo que mi memoria me dicta. Al menos en una exposición de relumbrón mediático como esta. En mi descargo he de decir que hasta el último día posible luché por evitarlo, pero en fin… Al pronto se siente uno un tanto bicho raro y algo tristón, rodeado por doquier de todo tipo de grupos humanos: desde acarameladas parejas juveniles hasta las inevitables hordas japonesas en pos de su cansino guía, pero luego, poco a poco, se le va sacando algún pequeño jugo al asunto.

Así, en primer lugar, aparece una trivial pero inesperada cuestión motora: uno puede pararse o pasar de largo de aquellas obras que realmente le interesen, o se la traen al pairo, respectivamente; sin tener que verse forzado a acompasar interés y recorrido con los de ningún acompañante, o dicho de otra manera, sin tener que estar vigilando todo el rato por el rabillo del ojo, ese casi imperceptible gesto de disgusto o de impaciencia del otro, cuando no comparte nuestra distribución temporal frente a las telas. Se nota uno mucho más sueltecico, y esto te produce una especie de relajación física que, según pude constatar, alivia en muchos puntos el cansancio que los recorridos museísticos causan (o me causan… no sé). En segundo lugar una cuestión mental: también queda uno liberado de tener que estar constantemente ideando comentarios ingeniosos y/o eruditos sobre los objetos artichticos expuestos, cuyo único y peregrino fin, es según los casos, el de impresionar, instruir o distraer a nuestros sufridos acompañantes (los cuales, por supuesto, la mayoría de las veces maldicen por lo bajini tan desinteresado esfuerzo) y que a la postre pueden llegar a producir un estrés mental considerable.

En fin: que el que no se consuela es porque no quiere, y allí estaba yo, como decía, entrando más solo que la una a la exposición de Amedeo Modigliani que esta semana se clausura en el museo Thyssen-Bornemisza. La muestra está fraccionada en dos ubicaciones: además de esta del museo Thyssen, otra en los salones de la fundación Caja Madrid unas manzanas más abajo por la carrera de San Jerónimo. En conjunto, una magnifica recopilación de la obra de Modigliani desde sus comienzos bajo la influencia de Paul Cézanne (¡soberbia ocasión la de poder comparar, en vivo y en directo, su obra temprana con el impresionante, y mítico para los modiglianistas, “muchacho del chaleco rojo” de Cézanne!!) hasta las obras de “madurez”, si es que puede hablarse de tal cosa para alguien que murió a los 35 años.

A destacar personalmente del conjunto de la exposición, el descubrimiento asombrado de la superior expresividad y emoción de sus retratos sobre la de los desnudos, más conocidos pero en cierto modo trivializados en demasía por el merchandising, que aunque es rigurosamente cierto, por supuesto, que destilan una potentísima carga erótica cuando uno se planta delante de ellos, acusan un tanto la impersonalización de su elaboración alimenticia bajo encargo de su amigo Leopold Zborowsky y el marchante Paul Guillaume. Por el contrario, para mí, como espectador, los retratos emiten de inmediato una más rotunda sensación de vida y alma, de personas reales, de seres de carne y hueso, y podría uno  pasarse las horas muertas plantado delante del retrato de Mme. Zborowska, el de Anna Zborowska, o mi preferido de entre los expuestos “la mujer polaca”, extasiado ante la minuciosidad de los finísimos matices en el dibujo del rostro, el delicado equilibrio cromático de entre fondo y figura, o el alarde de composición de las ondulantes e imposibles figuras, a mitad de camino entre las máscaras africanas y los rostros angelicales de Boticelli, y que, a pesar de todo, uno acaba viendo como absolutamente naturales; detalles todos ellos que ofrecen, además, la peculiar característica de que siendo completamente evidentes en la contemplación directa del cuadro, resultan imposibles, o casi, de apreciar en las reproducciones convencionales de papel o pantalla que estamos acostumbrados a manejar. No puede uno evitar acordarse de la frase de Paolo Giovio sobre el portentoso retrato del cardenal Francesco Alidosi de Rafael, del cual afirmaba “que se parecía más al retratado que el propio cardenal” (si tenéis ocasión, no dejéis de ver este retrato de Rafael en la planta baja del Prado: es una experiencia única. Garantizado).

Y así, al salir en aquella fresca tarde primaveral al paseo del Prado, verde y reluciente por la lluvia recién caída, solo el recuerdo en la retina de esos indescriptibles matices de los rostros de Amedeo, me consolaban, un tanto melancólicamente, de la perdida, irreversible ya, del placer de haberlos podido compartir contigo. Otro día, otro cuadro, otra emoción serán. O eso espero.

ModiglianiFolleto

 

5/8/2008

Luz y sombra


No todo va a ser destrozar el idioma con textos plastas. También otros medios tienen derecho a sufrir nuestros desmanes, y como muestra aquí os dejo este vídeo que pergeñé hace algunas semanas en un arrebato pictórico, inspirado (de una forma bastante trivial, todo hay que decirlo) por la canción "Tríptico de luces y sombras". Este tema se publicó recientemente en el último álbum de Luis Eduardo Aute titulado "A día de hoy" (Sony BMG, 2007). Las pinturas son, obviamente, de Velázquez, Goya y Picasso y aunque la calidad de reproducción es deleznable, a mí me sirvió para entretenerme un buen rato barajándolas. Dependiendo de la máquina que tengáis a veces se ve mejor a pantalla completa. ¡Jope..!! Ya tengo mono del Prado, aunque hoy he estado cerquita, cerquita... pero eso ya lo contaremos en otra ocasión. Besillos a mis improbables lectores, convertidos hoy en espectadores (por esta vez y sin que sirva de precedente).

  

 

 

4/21/2008

El Horror


Orestes y las Furias
William-Adolphe Bouguereau. Orestes persegido por las Furias (fragmento)

Recuerdo aquella vez que vi tan cerca la imagen del horror: eran los años noventaytantos y el televisor mostraba las imágenes de alguna olvidada guerra balcánica. Se veía la perspectiva de una calle y a gente aterrorizada que corría encogida por las aceras. La imagen temblaba y se agitaba con las carreras del cámara que también corría porque, según explicaba entre jadeos, varios francotiradores estaban disparando al azar a los transeúntes que circulaban por ellas. La cámara enfocó a unas jóvenes que avanzaban en cuclillas por el borde de la acera buscando algún objeto donde parapetarse. Se detuvieron un momento desconcertadas, dieron una última carrera… y entonces lo vi: allí, en medio de la imagen del televisor, las chicas se hicieron un ovillo al costado de un contenedor metálico de basura, escondiendo la cabeza entre los brazos presas del pánico. Recuerdo que sentí un vacio en la boca del estómago mientras contemplaba, hipnotizado, la imagen de aquel contenedor: era absolutamente idéntico en todos sus detalles al que, por aquel entonces, estaba en la acera de mi calle, justo frente a mi portal.

Sin pensarlo, no pude dominar el reflejo de volver la cabeza hacia la ventana del salón: era como si, en cualquier momento, los gritos de la gente o el chasquido seco de los disparos que se oían, fueran a venir de aquellos cristales y no de la pantalla. Por unos instantes mientras me levantaba acongojado y apagaba el televisor, la fría indiferencia con la que contemplamos esas imágenes mil veces repetidas, se disipó para dejarme entrever el abismo de horror que supone la violencia desbocada. El terror de esas muchachas encogidas debajo de aquel contenedor de basuras, al que yo veía todas las mañanas al salir hacia el trabajo, me hizo palpar mejor que mil razonamientos, cuan frágil es la frontera que separa nuestra vida segura y apacible del horror mas arbitrario.

Algo parecido he sentido esta vez cuando volvía la última página de “Las Benévolas” la novela de Jonathan Littell recientemente publicada en España y ganadora del premio Goncourt de 2006. La empecé al hilo de su fama, pero con un cierra reticencia por el tema. Los horrores nazis, como materia recurrente de novelas y películas, ha llegado a saturar de tal manera nuestra sensibilidad que difícilmente me resulta ya atractiva a priori como temática. Pero he de reconocer que la obra de Littell te atrapa: a pesar de sus casi mil páginas a tamaño holandesa, la mortífera carrera del jurista Doktor Maximilian Aue desde su puesto burocrático en las SS hitlerianas, hasta las progrom de Ucrania, el infierno de Stalingrado o la muerte industrial de los campos de exterminio, te deja una intensa sensación de horror, quizá no tanto (o no solo) por los hechos, inhumanos hasta la nausea, que allí se narran, como por la percepción de la “normalidad” o mejor la inevitabilidad de su comportamiento, la angustiosa sensación o la dolorosa sospecha, de que cada uno de nosotros puesto en aquellas circunstancias, pudiera haber actuado igual.

Frente a la despiadada narración en primera persona del Obersturmbannführer Aue, no caben subterfugios o reservas mentales: él también es una persona culta y sensible, él también se horroriza frente a lo que hace o ve hacer, él también siente piedad mientras remata a un agonizante en una zanja de Rusia, él también se le revuelve el estómago, o se le saltan las lágrimas, pero cumple sin vacilar y con la máxima pulcritud las ordenes que recibe, procura redactar con la mayor eficacia los informes o recolectar puntualmente las estadísticas que le solicitan sus superiores. Los estremecedores retratos que Litell hace de un Eichmann familiar y trabajador, con mas apariencia de gris funcionario que de carnicero sanguinario, o de un Höss, eficiente administrador, preocupado porque no le terminan las obras del Krema IV justo ahora que tiene que atender los “envíos “ de Hungría, tienen en mí el mismo efecto devastador que aquel contenedor de basura en las imágenes del telediario: me evidencian lo cerca que se encuentra el horror más absoluto de la normalidad más corriente. La mayoría de los personajes de Littell, reales o imaginarios, no perpetran aquellos horrores por maldad o por sadismo, sino simple y llanamente porque era un trabajo que se les había encomendado y querían hacerlo lo mejor posible. Algunos porque deseaban medrar en sus carreras, otros por creerlo un deber doloroso, otros por pensar sinceramente que aquello no iba con ellos. Ni más ni menos que lo que podríamos hacer cualquiera a los que nos arrollaran las circunstancias históricas de esa manera.

No sé si los libros que uno lee, como este de “Las Benévolas” (cuyo título quizá hubiera sido más acertado traducir por “Las Furias” o “Las Euménides” en referencia al mito de Orestes) sirven para algo fuera del propio pensamiento, o si tiene sentido andar sacando “moralejas” de cada lectura: probablemente el mundo es como es, independientemente de mi voluntad, o mi creencia, o mis ideas, pero cada vez estoy más convencido de que cuanto más apacible, prospera y segura se siente una sociedad, mas necesario es mantener una auto-vigilancia sobre las propias convicciones: ignoro la razón, pero en esas circunstancias, más se afina esa línea de separación entre la normalidad y el horror o más tendemos a justificar cualquier horror ajeno para mantener la normalidad propia. Debemos aguzar los sentidos para desconfiar de cualquier Endlössung zafia o científicamente presentada, cualquier indicio de cargar culpas a colectivos, cualquier cesión a lisonjear el lado salvaje y destructivo de la masa, la más mínima tendencia a encarnizar odios entre etnias, países o regiones, cualquier absurdo encumbramiento de la propia identidad a la cima de los valores éticos, cualquier tentación, en suma, de imponer, avalar o consentir el odio, el desprecio y la violencia desde el poder o el estado. En esas circunstancias, y en una sociedad acomodada, el horror está servido.

Porque, mis queridos e improbables lectores: ese horror que “Las Benévolas” destila consiste sobre todo en que después de leerlo, en el fondo de tu alma, no te atreverías a tirar la primera piedra.

3/29/2008

Divagaciones


Juan Gelman
Las manos de Juan Gelman. Fotografía de Daniel Mordzinski

Hay veces en que las divagaciones que se nos vienen a la cabeza parecen encadenarse de una forma casual, casi aleatoria, llevándonos como sin querer de una cosa a la otra, de una palabra a una imagen, y de esa imagen a un recuerdo. Fingimos maravillarnos por ello, pero en el fondo sabemos que no es casualidad (casi nada es pura casualidad, ya se sabe…) y que, al fin y al cabo, suele ser un estado emocional bien determinado, el que provoca que seamos nosotros mismos los que seleccionemos de nuestra memoria esas sensaciones, ideas o sentimientos que tienen un fondo común. Es extraño que la mayor parte de las veces, no sepamos, o no queramos, ver ese hilo conductor de las aparentes divagaciones y prefiramos percibirlas como una “casualidad”.

Esta vez todo empezó con la reseña de la concesión del premio Cervantes 2007 al poeta argentino Juan Gelman y cuyo acto de entrega se realizará por estos días primaverales. Al leer su azarosa vida personal y política, la durísima historia de los sufrimientos de su familia durante la dictadura argentina, sentía una extraña sensación de “deja vu” desacoplado. Y me explico: estaba casi seguro que había tenido alguna relación con Juan Gelman, (de ahí el deja vu), pero no era capaz de descubrir ningún recuerdo reciente de esa poesía de carácter social y político que, a tenor de los textos y reseñas del artículo, yo le atribuía (de ahí el desacople). Después de darle unas cuantas vueltas a la mollera, y divagando con el pensamiento de acá para allá, me asaltó de pronto la imagen que, como la chispa que prende el fuego, desencadenó la catarata de recuerdos: “Maríabadgirl, las versos esdrújulos, las desapariciones”. Ahora ya estaba claro para mí la relación de Gelman con esa vaga y melancólica sensación de pérdida que me embargaba desde que empecé a leer la reseña.

Como supongo que ni por asomo esté tan claro para Vds., mis cuasiinexistentes lectores, les explico: "Mariabadgirl" era el nick de una chica bloguera, una de las primeras adolescentes que conocí en la red allá por el año 2005, en pleno furor expansivo del fenómeno Spaces de MSN. Como siempre suele pasar en este mundo virtual, no tengo demasiados datos de ella: Se llamaba María, debía tener alrededor de 20 años, vivía en Barcelona y estudiaba los primeros cursos de una carrera que nunca supe muy bien cual era. Fin de los datos. El blog de María era del tipo tardo-adolescente y nivel medio, o sea: no totalmente lleno de xq, kes y kas, corazones chispeantes y letras de canciones pop, pero tampoco de la altura literaria y/o emotiva de otros, de edades comparables, y de auténtico lujo, que vendrían después. Intercambiamos varios comentarios en nuestros respectivos espacios, y justo cuando mi interés empezaba levemente a superar el nivel de la amabilidad bloguera… ¡plaf! ¡María desapareció! Total y absolutamente. Su blog, cuyas entradas llegaban con facilidad a los 80, 90 comentarios (recuerdo una muy especial para mí con 178) se esfumó un día sin más. Nunca supe de ella, ni volví a leer ningún escrito suyo. Tuve una pequeña referencia posterior, por la que conocí que su abandono se debió exclusivamente a que “se aburrió” del asunto del espacio. Ella fue mi primera desaparición bloguera y la he recordado por ello muchas veces con una cierta melancolía.

Pero tenía algunos destellos la chica, y mi recuerdo esta vez se centró en un pequeño poema original que publicó en una de sus entradas. El poemilla producía una impresión muy sensual, o siendo sinceros… ¡era bastante tórrido! Jajaja. Mostraba muy bien esa peculiar mezcla de descaro, emotividad a flor de piel y nivel hormonal desmadrado tan característica de la adolescencia y recuerdo que me gustó por la forma vehemente, pero al mismo tiempo elegante, de expresar un deseo erótico. Ahora siento profundamente no haber tenido la previsión de conservarlo, porque nada exacto recuerdo de él, así que tendréis que fiaros de mi criterio de que era interesante. Parte de su magia consistía en una curiosa peculiaridad formal: expresaba sus deseos a un presunto amante exponiéndolos en modo imperativo y con formas esdrújulas muy bien repartidas por el texto: “ámame”, “bésame”, “tómame”… y así “in crescendo” con otras que…, ejem…, no reproduciré aquí. La acumulación de esdrújulas, el ritmo sincopado y acelerado de su intensidad semántica, junto a su acumulación física, ofrecía una preciosa metáfora de una oleada creciente de arrebato erótico que me resultó muy atractivo y así se lo expresé en un comentario a su post.

Hasta aquí todo normal, pero lo más curioso del caso fue que solo unos pocos días mas tarde, leyendo casi al azar una antología poética sudamericana me encontré, de pasada, con un poema titulado “Oración” y que para sorpresa mía, utilizaba la misma técnica de la acumulación de esdrújulas y con el mismo objetivo de sensualidad. Obviamente no había comparación con el poemita de María: esta era una obra casi perfecta, un poema de plena madurez, con una construcción sintáctica impecable y que, ofrecía un universo entero de sensaciones, matices e inflexiones en torno al anhelo de una presencia ajena, al deseo del otro. Sensaciones capaces, además, de cambiar como un caleidoscopio con cada relectura o con la propia situación anímica del que lee. Incluso podría admitir segundas lecturas no eróticas sin merma alguna de su efectividad. Quedé fascinado con su belleza, y también ¡cómo no! con la percepción de la intuición de mi joven amiga al elegir una técnica tan sofisticada en sintonía con este autor. Recuerdo que no pude aguantar el deseo de comunicarle mi descubrimiento y en un segundo comentario se lo transcribí, contándole mis impresiones y acabando con la frase: “… el autor, al que no conozco de nada, es un tal Juan Gelman, argentino, creo…

Finalmente para cerrar el bucle, os comentaré que aquella entrada de María con 178 comentarios, llevaba para mí una pequeña carga de profundidad: una descarada observación de uno de los comentaristas hacia ese abultado número y su poca correspondencia con la calidad del texto, despertó mi curiosidad y abrió las puertas a una de las amistades virtuales más interesantes, largas y emotivas que he tenido en este ciberespacio que Dios confunda y que, para mi congoja, parece seguir un camino paralelo al de Maríabadgirl en su súbita desaparición. Eso duele, y quizá ese difuso sentimiento de pérdida que atravieso estos días, sea el sustrato común de toda esta cadena de recuerdos que la reseña del premio Cervantes de este año avivó en mí. Y bueno... pues ya está: fin de la historia. Como entiendo que esto no les haya interesado un rábano, y dado que se han tomado la molestia de llegar hasta aquí, vamos a terminar con algo productivo: disfrutemos un poco con la emocionante poesía de Juan Gelman y, ¡cómo no…!, he elegido el poema “Oración” con el cual descubrí a este extraordinario poeta argentino. Otro día buscaremos más cosillas de él y quizá podamos irlas comentando. Un beso.

 

Oración.

Habítame, penétrame.
Sea tu sangre una con mi sangre.
Tu boca entre a mi boca.
Tu corazón agrande el mío hasta estallar.
Desgárrame.
Caigas entera en mis entrañas.
Anden tus manos en mis manos.
Tus pies caminen en mis pies, tus pies.
Árdeme, árdeme.
Cólmeme tu dulzura.
Báñeme tu saliva el paladar.
Estés en mí como está la madera en el palito.
Que ya no puedo así, con esta sed
quemándome.

Con esta sed quemándome.

La soledad, sus cuervos, sus perros, sus pedazos.

 

Juan Gelman. "Violín y otras cuestiones".  1956


 

3/21/2008

La pasión perdida


La Pasión segun San Marcos

Y hacia la hora sexta, la oscuridad
cubrió la tierra hasta la hora nona;
y hacia la hora nona Jesús gritó:
“¡Eli, Elí, lama asbthaní"

Marcos 15,33

La impecable azafata nos miró sonriendo y abrió la puerta con un estereotipado aunque elegante gesto. Devolviéndole la sonrisa, pasamos al interior y al entrar lo primero que me impactó fue el tamaño de la estancia: era enorme, descomunal, abrumadora para mis estándares pueblerinos. Sorprendido, abrí los ojos de par en par para intentar abarcar todo aquel espacio, pero a pesar del esfuerzo, enseguida el olfato tomó el relevo de mi atención. Un cálido aroma a madera nueva, como de mueble recién comprado, se extendía por toda la impresionante sala, completamente revestida de planchas de cerezo desde el techo hasta el suelo, sin un adorno, ni un color, ni siquiera un saliente, con ese minimalismo casi zen tan en boga en la nueva arquitectura. La estancia refulgía con un difuso resplandor ámbar que parecía resbalar suavemente por las inmensas paredes de madera desde los focos escamoteados tras enormes paneles deflectores del sonido que, como únicos adornos, colgaban con tecnológica funcionalidad del altísimo techo. Allí, al fondo, el escenario de este nuevo y flamante auditorio Riojaforum, se sucedía sin solución de continuidad con el patio de butacas en el que poco a poco, con silencio casi religioso, íbamos tomando asiento los asistentes al evento

Y lo de religioso no iba del todo desencaminado en este día, aunque aquel sin duda era el lugar más alejado que cabria imaginar del que el autor concibió para la obra que hoy nos disponíamos a escuchar, porque la verdad es que la música sacra de Johann Sebastian Bach poco tiene en común con este ultramoderno auditorio, al que parecía sobrar un cierto elitismo snob y faltar quizá, esa recogida y sobria atmosfera espiritual de las congregaciones luteranas, para cuyos templos Bach escribía esta música. Pero la obra de este año tenía otro encanto añadido: no era una de las dos pasiones “oficiales” de Bach (la de San Juan o la grandiosa de San Mateo), sino una “rara avis”, una singular pieza musical de coleccionista: una de las dos “pasiones perdidas”: concretamente la de San Marcos (la restante, de San Lucas, se da definitivamente por desaparecida).

De la “Pasión según San Marcos” de J.S. Bach estrenada el Viernes Santo de 1713, sabemos que los manuscritos originales, vendidos por su hijo a la editorial Breitkpof, se perdieron definitivamente, en los bombardeos de Dresde durante la Segunda Guerra Mundial. Por fortuna se conservaron numerosas pistas bibliográficas y documentales sobre el “aspecto” musical y las partes de que constaba este oratorio, así como el libreto original del texto del poeta Christian Friedrich Henrici (Picander) que han podido dar lugar a varias reconstrucciones probables de su contenido. El musicólogo Wilhem Rust identificó con bastante certeza tres de las seis arias de la obra así como las corales iníciales y finales. El resto de las corales surgió de forma sencilla de la colección de corales que Bach empleaba habitualmente para este tipo de obras y sobre las tres arias restantes existen diversidad de opiniones, todas ellas igualmente válidas, sobre cuáles, de las recopiladas en las múltiples colecciones bachianas, encajarían mejor en la estructura de la obra. Pero lo que parece definitivamente perdido, es la música que acompañaba a los recitativos del evangelio. Ante esto los musicólogos A. Gomme y F. Clin optaron por adaptar los recitativos de la “Pasion según San Marcos” del compositor Reinhard Keiser, contemporáneo de Bach, y que este mismo dirigió al menos en tres ocasiones. Esta versión Bach – Keiser de Gomme y Clin es la que el "Conductus Ensemble" dirigido por Andoni Sierra iba a ofrecernos esta noche, que solo Dios sabe lo parecida que podría ser a aquella que sonó en el viernes santo de 1713, y cuyo decurso podíamos seguir perfectamente en todo su desarrollo, gracias al magnífico programa de mano con el texto bilingüe completo de la obra. Estos detalles no se dejan al azar en un sitio así, claro.

Puedo aseguraros que fue una experiencia fascinante: mientras escuchaba con el ánimo encogido el ¡Crucifícale! del coro 36, pensaba en lo poco que tenemos ya en común con el ambiente espiritual en el que esta obra se creó: entre aquel tiempo y nosotros se interponen varios siglos de Ilustración, racionalismo, empirismo, materialismo, laicismo y cientos de otros “ismos” que arrumbaron con aquel mundo aún recién salido del Medievo y en el que el relato religioso de estas obras no era sentido, u oído, como un acto cultural, o un refinamiento estético, sino como una genuina comunión espiritual con la divinidad. Como apunta Eugenio Trías en su monumental “Canto de las sirenas”, Bach fue prácticamente el último representante musical del “ancienne regime”. Pero esta idea no hacía sino aumentar la poderosa admiración que sentía por aquella música que me estaba emocionando hasta el punto de seguir con la sensibilidad a flor de piel, ese relato mil veces oído, mil veces repetido. Aunque no sentía ningún éxtasis religioso, el poderoso vendaval emocional que desataba en mí la música de Bach, aún era capaz de hacerme vibrar con intensa compasión por las negaciones de Pedro, con ira y frustración por el beso de Judas, con desolada amargura por el que muere sin entender el sentido de su muerte: “¡Eli, Elí, lama asbthaní!”. La indescriptible sensación de que aquel bellísimo sonido era un invisible hilo de pura emoción humana, que unía dos siglos, dos mentes, tan separados entre sí, como dos mundos en universos paralelos.

Quizá por ello, al finalizar el concierto, volvió a invadirme casi como cada año por esta época, una extraña fascinación por ese aspecto introspectivo de la experiencia religiosa. Una y otra vez durante estos días de la incipiente primavera, añoro ese retorno contemplativo hacia el propio interior quizá con la secreta, y probablemente vana, esperanza de descubrir allí algo que dé algún sentido al mundo exterior, que lo convierta en algo personalmente trascendente. Los desencadenantes siempre son diversos: algunos años han sido los susurrantes ritos benedictinos de algún monasterio remoto, otros el amanecer en el denso silencio de un profundo bosque aún invernal y otros, como este, el recogimiento en el abstracto recinto de una música intensamente espiritual. Pero siempre un mismo deseo, un mismo anhelo repetido: quizá poder reflejar en uno mismo el primaveral despertar a la vida, recuperar de alguna manera esa pasión perdida en algún rutinario bombardeo de alguna olvidada guerra cotidiana.

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SanMarcosRiojaforum


3/10/2008

Lo útil


¿Será mi voto inútil?

Comentaba Javier Cercas hace unos meses en su artículo semanal de EPS, lo curiosamente denigrado que está el concepto de “voto útil” y cómo, en la mayoría de los casos, se lo suele tratar como un efecto perverso de la mecánica electoral, que fuerza a acumular votos en unas pocas candidaturas, hundiendo otras que quizá tendrían también mucho que aportar. Razonaba el bueno de Cercas, que a él por el contrario, tal cosa no le parecía nada del otro mundo, ya que en el fondo el concepto de “voto útil” no deja de ser un pleonasmo, pues ¿qué otra cosa podemos desear de un voto sino que nos sea útil? Así el sentido profundo de un voto “útil” vendría a ser, más que el deseo de que gane la candidatura que tú votas, el anhelo de que no gane la que detestas.

Y al hilo de esta reflexión, no puedo tampoco dejar de acordarme de otro artículo del EPS, esta vez de Javier Marías, hace un par de semanas, que se mostraba asombrado de que en una de las múltiples encuestas preelectorales de aquellos días, se hacía la siguiente pregunta: “¿A qué partido no votaría usted nunca?” Y resultaba claro “ganador” el PP casi con un 40% de las respuestas frente a un 14% del PSOE. Se escandalizaba Marías de que, ante un resultado así, los dirigentes de tal partido no se echaran las manos a la cabeza, pues no se trataba de una condena puntual, o circunstancial, sino de un rechazo tan visceral que los encuestados declaraban que no le votarían “nunca”, pasase lo que pasase. ¡Ahí es nada! Aunque el propio Marías hacía tema de su artículo el hecho de que la mayoría de los “nunca”, que pronunciamos en nuestra vida, suelen ser mas retóricos que reales, no dejaba de pensar yo en esta noche electoral, que en ese cupo de “antivotantes” de este o aquel partido, se encuentra la principal cantera del voto útil. Y es que, en el fondo, siempre nos es más fácil identificar con sinceridad lo que detestamos que lo que deseamos, ya que esto suele ser algo amplio, difuso y cambiante, mientas que de lo primero solemos tener una más firme y mejor opinión.

Recordaba esos artículos casi clarividentes y las reflexiones que en su día me provocaron, según iban desgranándose los resultados de una jornada, en la que resulta palmario y manifiesto que el voto útil había sido llevado al paroxismo, hasta formar ese famoso “tsunami” de Gaspar Llamazares que, como primera consecuencia, se lo ha llevado por delante a él y a buena parte de su formación política. Y lo recordaba porque pese a lo que diga Cercas el voto útil, como el mío de esta vez, y tantas otras anteriores, siempre me produce una íntima desazón, una insatisfacción difusa. A pesar de que pueda suceder, como ahora, que el resultado en general, concuerde con mis expectativas “utilitaristas”, me deja con el regusto de que no he hecho lo que de verdad deseaba, o lo que realmente debía hacer, lo cual como todos mis improbables lectores sabrán, es una de las sensaciones más desagradables con las que uno pueda irse a la cama.

No. No me gustan los bipartidismos; creo que son perniciosos para la vida política y empobrecedores para la sociedad en general. Algo así como pueda serlo la biodiversidad para la naturaleza, y además exactamente por el mismo motivo: si en una de estas, las cosas vienen mal dadas, nos cae un meteorito, y nadie es capaz de dar con la respuesta de supervivencia, ¿a dónde iremos a buscar soluciones alternativas? No es que sea yo defensor de un sistema “a la italiana” en el que la atomización partidista de las instituciones las hace ingobernables y por tanto proclives a toda suerte de mafias, pero es que esta hosca bipolarización de la política a muchas personas de mi generación nos levanta los pitorros de alarma: demasiadas similitudes semánticas e ideológicas con aquellas tristemente celebres “dos Españas” que ya creíamos (¡bendita inocencia de la juventud…!) muertas y enterradas.

Poco a poco, vemos con tristeza como se agosta el campo fértil en ideas del pluralismo político de la transición, para quedar reducido a un secarral en el que continuamente se repiten hasta la saciedad dos discursos siempre idénticos a sí mismos (hasta el propio doble debate electoral televisivo parecía una burla por su idéntica repetición) y llegamos al extremo de que se reproche el diálogo o la negociación política como si de vergonzosas actividades se tratara, o se denigre el hecho de ceder en las propias posiciones como si tal cosa fuera una infamia indigna del “honor patrio”. Se nos olvida que el consenso, la negociación, el mutuo abandono de intransigencias, fue el alma de la transición y lo que nos salvó (¡por una vez en la historia…!) de una debacle anunciada.

¡Y para colmo de males, el único partido que aparece nuevo en el panorama, es anunciado a bombo y platillo por sus líderes como un partido anti-algo en lugar de pro-algo, como habría de ser para considerarlo un rayito de esperanza..! En fin… que me da la impresión que no vamos a ver, al menos en esta legislatura, nada muy interesante, ni muy ameno en el debate político que se aleje de dos loros repitiendo ciegamente el mismo discurso una y otra vez. ¡Dichosos (políticamente) los que vivís en Madrid o Barcelona ya que al menos os libráis, en parte, de la tiranía del “voto útil” (o más bien de la del “voto inútil”) y podéis dedicarlo a promocionar aquellas opciones que mas os convenzan de verdad! Como decía en sus debates el señor ZP: “Adiós y ¡suerte!”. Lo cual oído decir de un candidato hacia sus electores (aunque sea el tuyo por reducción al absurdo) , no deja de ponerle a uno los pelos como escarpias…

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2/26/2008

Vulnerables


Anamaría Marinca y Laura Vassiliu
Anamaría Marinca y Laura Vassiliu en "4 meses, 3 semanas y 2 días". Cristian Mungiu. 2007

La verdad es que si tuviera que describir la sensación que tenía cuando se encendieron las luces de la sala, la compararía a la que se tiene después de haber recibido un puñetazo en el estómago: dolor, sensación de falta de aliento, deseo de escapar. También, al igual que con el puñetazo, una sensación de conmoción o confundida sorpresa que te impide razonar al detalle las causas de lo que estás sintiendo. ¿De qué habla esta película? Debo confesar que entraba a ver 4 meses, 3 semanas, 2 días la película del rumano Cristian Mungiu, con un poco de escepticismo: siempre me han disgustado los planteamientos que van demasiado a tiro hecho, como si el espectador fuera un poco tonto: si quieres despertar compasión, habla de un parapléjico, si quieres levantar polémica, habla del aborto, si quieres concitar simpatías progres denigra a las dictaduras. Es la misma técnica utilizada hasta el hartazgo por programas de debate, filmes “de culto” o tertulianos de todos los pelajes.

Y por esto creo que me hallaba tan conmocionado al terminar la película: sí, se hablaba del aborto con todo su drama, y además en un país inmerso en una dictadura delirante y opresiva, y sin embargo, en lugar de inspirarme intensos juicios de valor respecto a esos temas, me dejaba una desconcertante sensación de “planitud moral”: el film no juzga en absoluto a la muchacha que aborta (ni siquiera discute en ningún momento si cree hacer bien o mal), ni hace un juicio moral alguno sobre el aborto (al que se trata solo como un problema a solucionar por los protagonistas), ni explicita ninguna acción concreta de la dictadura (de hecho, solo se ven unos pocos policías borrachines), ni hace ninguna culpabilizacion a la triste realidad económica o social en que se desenvuelve.

Por supuesto que la habilidad del director hace que todo eso se manifieste en la historia nítidamente, con crudeza incluso, pero se plantea como una absoluta realidad externa, como algo que está ahí, una especie de telón de fondo, independiente de nuestra voluntad y deseo, algo que ni el director, ni el espectador podrían evitar, ni modificar y a lo que, por tanto es inútil o indiferente juzgar: es solo el “marco” en el que transcurren los hechos. Es, respecto a ellos, moralmente neutra. Y sin duda es una neutralidad que se busca (y consigue) transmitir a base de sobriedad de medios, (sin fondo musical, podría transcurrir en solo dos interiores: un cuarto de estudiantes en la primera parte y una habitación de hotel en la segunda), y una calculadísima proporción de tonos neutros en la fotografía, inundada de grises, tejidos apagados, días brumosos, y colores desvaídos, (he leído que se llegó a manipular el color original para reducir su intensidad en un 30%) y, como no: por la emocionante interpretación de Anamaria Marinca, que sin duda sostiene sobre sí el peso de buena parte de las película.

Por ello mientras salía meditabundo de la sala, una idea rondaba mi cabeza: si no tengo la sensación de que se juzgue al aborto, ni a la dictadura, ni el comportamiento de sus personajes… ¿Por qué me impacta de esta manera? ¿De qué diablos trata esta película? Pues yo creo que trata sobre todo de la vulnerabilidad. De cómo un contexto exterior hostil puede llegar a hacernos terriblemente vulnerables, de cómo los seres humanos privados de un soporte social, librados a un poder arbitrario, dominados por un miedo difuso, se vuelven extraordinariamente vulnerables. Incluso un acierto magnífico de la historia es hacernos ver un doble aspecto de la vulnerabilidad: una palpable, obvia, brutal: la de las dos amigas frente a la agresión externa, abandonadas a sus propias fuerzas, en un medio en el que no pueden espera ayuda alguna, ni familiar, ni social, ni institucional. Pero también una segunda vulnerabilidad más sutil: la que adquiere el que asume la responsabilidad de constituir el soporte de otro y desde ese momento atrae sobre sí, como un poderoso pararrayos, toda la indefensión de ese otro.

Todo un maravilloso acierto el plasmar esa situación en la que el protegido, consciente o inconscientemente, impone al protector la tiranía de su desamparo, desencadenando así su propia indefensión. Creo que esa terrible sensación de incapacidad de evitar el daño, esa atmósfera de injusta y desproporcionada vulnerabilidad que adquieren sus protagonistas, es la que evoca la desconcertante angustia que te hace estar clavado al asiento, casi sin aliento, durante toda la película. Porque pocas cosas habrá más angustiosas que observar a alguien definitivamente indefenso, atacado y golpeado ya sea con indiferencia, con hipocresía o con deliberada maldad. Al acabar de ver la película, dan ganas de decir con una de las protagonistas: “nunca más volveremos a hablar de este día”.

Una historia por tanto intensa, diferente, que no sé si llegará a la clasificación de “gran película”, pero sobre la que se puede asegurar, sin duda, que captará el sentimiento del espectador y sobre la que es muy difícil que nadie quede indiferente. Y de las que además, lo puedo asegurar, no te dejan la sensación de haber tirado a la basura los 7 euracos de la entrada. Detalle importante este, oiga.

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2/21/2008

Las "portuguesas" (y II)


Alcoforado1

En verdad, en verdad de la buena, no puedo decir yo que, (por suerte o por desgracia, eso creo nunca lo sabré) tenga demasiadas experiencias amorosas dignas de haber escrito “portuguesas”. Conozco la sensación, por supuesto, pero solo la he sentido en un par de ocasiones tan diametralmente opuestas, tan alejadas en el tiempo y en la vivencia, que resulta (me resulta, pues a nadie más interesan obviamente) hasta absurda su comparación. La una, en un pasado remoto apenas iniciada la adolescencia y debida a los avatares inevitables de las novietas incipientes que van y vienen. La otra en un pasado demasiado reciente, debido a circunstancias emocionales tan complejas que aun, hoy por hoy, no puedo manejarlas sin cierta dificultad.

A renglón seguido debo advertir que en ninguna de las dos existe ese componente desgarrado que implicaría el cese de un amor auténtico, apasionado, más o menos maduro y bruscamente interrumpido por un abandono o una felonía. En el primer caso porque apenas llegó a manifestarse, fuera de un casi infantil deseo, y fue más una indiferencia que un abandono, y en el segundo porque no sé hasta qué punto su propio atipismo hace difícil su clasificación en algún apartado “amoroso” convencional. Entre ambas, y tras ambas, un océano vital libre de sobresaltos de abandonos o traiciones, dedicado más bien al cultivo minucioso, casi con fervor artesanal, de una relación que si bien no exenta de problemas, como cualquiera que se precie, estuvo siempre alejada de las situaciones dignas de plasmarse en una “portuguesa”, ¡Dios (y tu paciencia, amor) sean loados..! Como decía esa canción de Sabina que glosamos hace poco: “si dos no se engañan, mal pueden tener desengaños…”

Pero, sea como sea, aquellas experiencias tan diametrales en mi vida emocional, me permitieron reconocer con agrado ciertos elementos intemporales en las presuntas cartas de Mariana Alcoforado, y fueron sobre todo dos: el primero de ellos, esa invencible sensación, casi masoquista, de “celebrar” tu propio dolor como si su existencia “dignificara” una pasión que se extingue o como si fuera el último recurso para tener en la memoria al objeto de nuestros pesares de forma que, en un ciclo infernal, cuanto más se sufre, más presente se tiene al deseado y, por ende, mas se complace uno en ese mismo dolor, lo que acrecienta a su vez la pesadumbre en una especie de demoledor “síndrome de Estocolmo” amoroso. Así, nuestra atribulada Mariana, traducida por Carmen Martín Gaite, decía en su Primera Carta:

“… Y sin embargo, me parece que incluso a este sufrir, del que solo a ti te culpo, le voy tomando cierta querencia. Desde que te vi por primera vez, te di mi vida entera y he llegado a encontrar una especie de placer en sacrificártela […] Tan hechizada me dejaste bajo el influjo de ese desvelo, que negra ingratitud sería no seguir amándote con el mismo desvarío a que me condujo mi pasión cuando me dabas pie con la tuya.”

En la Segunda Carta vuelve a aparecer de nuevo, en una de las frases más celebres y reproducidas de la obra, ("prefiero mil veces la desdicha de seguirte amando...") esa sensación de “querencia por el sufrimiento” como única prenda que, tras su marcha, nos deja el otro:

Adiós. Ojalá no te hubiera conocido nunca. ¡Pero, ay, cuan vivamente experimento la falsedad de lo que digo, como siento, al escribirlo, que prefiero mil veces la desdicha de seguirte amando a la de no haberte encontrado! Me resigno, pues, sin rechistar a mi mala estrella, ya que tu no quisiste convertirla en buena.[…] Conozco bien el remedio de mis males, y se que solamente con dejar de amar me vería libre de ellos. Pero ¡que triste remedio!, mejor seguir sufriendo que olvidarte. Y además ¡ay de mí!, ¿acaso está en mi mano?”

Y en la Cuarta, nos muestra que este sentimiento no tiene nada que ver con la irracionalidad: cuando lo sentimos, somos perfectamente conscientes de lo absurdo y delirante que resulta, sobre todo visto desde el exterior, pero no podemos (o no queremos) prescindir de él:

“Me doy perfecta cuenta de la demencia de mi amor, y sin embargo no me quejo de sus turbulentos latidos; me he acostumbrado a la tiranía de mi corazón, y ya no sería capaz de vivir sin este deleite que descubro amándote en medio de mil dolores […] Estoy tan celosa de mi pasión que me parece que todos mis actos y obligaciones tienen que ver contigo. De hecho me remuerde la conciencia de no dedicarte uno por uno todos los instantes de mi vida”

El segundo sentimiento que evocaron en mí estas "lettres portugaises", tiene que ver con la demoledora sensación de verse violentamente empujado o zarandeado del amor al odio, de la veneración a la ira, del insulto procaz a la suplica vehemente, como si hubiéramos perdido nuestro control emocional y fuera el otro, el ausente, el que gobierna sin rumbo nuestras emociones: ahora le odiamos intensamente y tres minutos después tecleamos esperanzados un mensaje en nuestro móvil, poco después borramos con desprecio todos sus email recibidos, para acto seguido sentarnos a repasar compungidos las fotos en las que estamos juntos.

Zarpaba un barco ¿y qué?, ¿no pudiste dejarlo irse? Tu familia te había escrito, ¿y la vejaciones a que me ha sometido la mía? Tu honor te requería. ¿y el mío qué, he tenido miramientos yo con él? Aunque pasar toda la vida junto a ti se me antoja una felicidad inmensa, estoy satisfecha al menos de no haberte traicionado; por nada del mundo hubiera cometido tan negra ingratitud.

Cualquier situación en la que sentimos que perdemos el control de nuestros actos o sentimientos nos resulta odiosa, pero esta, en medio de una tempestad emocional, nos desarma por completo. Dice en la Quinta (y última) carta:

No te mezcles por tanto en mi vida. No quiero saber nada del efecto que esta carta te pueda producir, no alteres el estado de ánimo a que me dispongo. Creo que ya puedes estar contento del mal que has causado. Pero fueran cuales fueran las intenciones que te movieron a hacerme desgraciada, no me saques de una incertidumbre que espero convertir en sosiego. Te prometo no odiarte, demasiado escarmentada estoy de los sentimientos exaltados como para atreverme a intentarlo

Finalmente a trancas y barrancas la rabia, el odio, el sufrimiento, van dejando paso a ese desolador vacío de la ausencia pura y dura. Al fin caemos en la cuenta de lo inane de nuestro sufrir y lo estéril de nuestra pena: es esa gris ausencia la que poco a poco (muy poco a poco) va cediendo el paso al olvido y quién sabe si, algún día, a la calma. Mariana Alcoforado termina de este modo la última carta a su ingrato amante a quien, al fin, se convence de que nunca volverá a ver:

“No quiero saber nada mas de ti. Es una demencia seguir repitiendo lo mismo tantas veces; lo que tengo que hacer es dejarte en paz y no volver a pensar en ti. Incluso creo que no voy a volver a escribirte nunca. ¿Quién me obliga a estarte dando minuciosa cuenta de mis distintos estados de ánimo?”

Y así, sin tan siquiera un “adiós”, Mariana Alcoforado y Nöel Bouton terminaron su apasionada ( y probablemente falsa) historia de amor. Sic transit gloria mundi.

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2/13/2008

Las "portuguesas" (I)

 Portada de la edición Barbín de 1669

Pues no, no se trata de de ninguna técnica erótica, ni un estudio sobre nuestras vecinas las lusas, ni siquiera de un nuevo grupo musical pop, así que ya lo siento por las expectativas que despierta el titulillo, pero la cruda realidad es que tan curioso nombre hace referencia a un subgénero literario dentro del género epistolar, y cuya gracia consiste en ser una carta, o mejor una serie de cartas, de temática amorosa, en la que una amante abandonada (mujer, esto es importante para la clasificación), escribe a su pareja reprochándole vehementemente tal comportamiento, pero al mismo tiempo expresando la permanencia de su amor así como su desconsuelo por la traición. ¡Ahí es nada…! Pero en realidad tampoco es para tanto: como todo en el mundo del arte o la literatura, también este género está basado en algo casi cotidiano: ¿Quién de nosotros (mujer u hombre), impelido por esa angustiosa zozobra del fin abrupto de una relación amorosa, no ha deseado poner por escrito para su amante ese sentimiento de abandono e incomprensión? Son casi siempre textos desgarrados, en los cuales las aguas bravas del deseo nos empujan de forma violenta de la orilla del amor a la del odio, de la de la súplica al a la del rechazo, del recuerdo dulce al reproche dolorido.

"Vale, lo que tú quieras colega, pero ¿nos vas a contar de una maldita vez de dónde diablos viene ese nombre de “portuguesa” para semejante cosa? “ –Ustedes se dirán, muy probablemente- A lo que yo podría contestar poniendo cara de interesante: “ Emmmm… Pues de una polémica histórico - literaria nacida allá por 1669 nada menos”. En efecto: por aquel año el editor parisino Claude Barbín, presentó en la tertulia literaria de la marquesa de Rambouillet un librito que acababa de imprimir (en lo que hoy llamaríamos una excelente operación de marketing) y que transcribía, en francés, cinco cartas amorosas muy breves dirigidas por una presunta monja portuguesa a su amante galo, al que conoció durante las guerras hispanicas de la época. Para aumentar convenientemente el misterio, Barbín se cuidó muy bien de identificar a los protagonistas (en el texto solo se cita que la amante tenia por nombre Mariana), y dejó dar por supuesto que las cartas eran reales y su autora la citada Mariana.

El texto, por su vehemencia y emotividad, causó furor en la época, hasta el punto de que la edición de Barbín se agotó en pocos días y fue sucedida poco después por otras, tanto de él mismo como de otros editores. Una de esas ediciones posteriores (la de Pierre Marteau en Colonia), se precede de un prólogo anónimo, aclarando que la monja en cuestión era Sor Mariana de Alcoforado y el pérfido amante el Capitán Nöel Bouton de Chamilly, a la sazón conde de Saint-Léger, por lo que hay que reconocer, que si el osado capitán era tan bello de planta como de nombre, no nos extrañan los arrebatos pasionales de la buena de Sor Mariana. También se cita en el mismo prólogo que el traductor de las cartas del portugués al francés era un tal Cuilleraque. Al parecer esta denominación errónea se refería al funcionario Gabriel-Joseph Lavergne, vizconde de Guilleragues, director por entonces de la “Gazette de France”. Como puede verse en tal época hasta los gatos (franceses) parecían tener nombre rimbombante y/o título nobiliario

Algunos siglos han transcurrido desde entonces y ha habido opiniones para todos los gustos sobre la autenticidad de las “cartas portuguesas”. Cabe decir que jamás han aparecido los originales en portugués, ni aún de forma presunta, por lo que el texto más antiguo conocido es el de Guillerages / Barbin de 1669. Desde muy poco después de publicadas, ya empezaron a aparecer dudas sobre su autenticidad, que han continuado a lo largo de casi tres siglos, todas ellas basadas, sobre todo, en la calidad del discurso y su planteamiento escrupulosamente “literario”, de forma que parece poco espontaneo, o como diría el filólogo austriaco Leo Spitzer, que les dedicó varios trabajos: “demasiado hábil para ser sincero”. En la misma línea nuestra filóloga y novelista Carmen Martin Gaite que efectuó una bella traducción al español, indica que el estilo retórico y galante del texto concuerda mal con el previsible en una mujer recluida en una celda desde niña y casi iletrada. Hoy en día la tendencia más aceptada entre los especialistas es la de atribuir la autoría del texto a Guilleragues, aunque probablemente se inspirara en un collage de cartas amorosas femeninas de las que circulaban por los salones galantes de la época y entre las que, como no, muy bien pudiera estar alguna real de nuestra atribulada Mariana Alcoforado, de la que pudo tomar el nombre y ubicación por exotismo y sentido comercial.

A pesar de todo, justo es decirlo, no puede haber ninguna prueba irrefutable de tal atribución y, por tanto, entra dentro de lo posible como señalan muchísimos defensores de la autoría portuguesa, que estas sean la traducción literal de un texto compuesto íntegramente por Mariana Alcoforado. Y de estos defensores hay entre nosotros gentes de tanto peso como Emilia Pardo Bazán o José Ortega y Gasset. Pero de todos modos, esta intriga erudita en torno a la autoría no debe impedirnos disfrutar de estos textos lejanos ya en los años y en los usos sociales, pero que, a poco que profundicemos en ellos, los sentimos cercanos en sensiblidad humana intemporal. Como expresaba Carmen Martin Gaite en el prólogo a su traducción:

“¿Qué mujer realmente enamorada no ha escrito o deseado, al menos, escribir “una portuguesa”? Lo que pasa es que suele haberla roto después de escrita o haberla guardado algunas veces sin enviar […] Sin duda que la forma epistolar ha debido ser para las mujeres la primera y más idónea de sus capacidades literarias. Con quien más me gusta hablar de las tribulaciones del alma es con el causante de esas tribulaciones, a quien se supone interesado en recibir una respuesta más florida que la del rechazo o un conciso “amén”. Pero si desaparece o no ha existido nunca ese “tu” ideal receptor del mensaje, la necesidad de interlocución lleva a inventarlo. O, dicho con otras palabras, es la búsqueda apasionada de ese “tu” el hilo conductor del discurso femenino. Las “cartas portuguesas” [de Mariana Alcoforado] siguen todavía hoy arrojando una piedra de emoción sobre la estancada laguna de las pasiones mediocres”

Bueno… pues quedándonos un poco con la miel en los labios, y dado lo largo que se ha puesto esto, otro día copiamos algunos textos de las cartas y disfrutamos comentándolos. De todas formas… ¡no creo que nadie nos denuncie por violar los derechos de autor…!!

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1/29/2008

Negra sombra

Rosalía de Castro y Luz Casal

Releia yo mi entrada "Rebajas de enero" de hace unos días, cuando me topé con esa frase mía, un tanto presuntuosa, sobre lo pueril de insertar letras de canciones en los blog, lo cual tuvo la virtud de producirme dos curiosas sensaciones, a saber: una, el intenso sentimiento de vergüenza por escribir pontificando sobre semejantes cosas, y dos la evocación de la inmensa cantidad de poemas que han sido, andando el tiempo, adaptados a letras de canciones. Respecto a lo primero nada puedo añadir, salvo pedir disculpas a mis escasos, heroicos y apreciadísimos lectores, y respecto a lo segundo, caer en la cuenta de que tal cosa no tiene nada de extraño, pues el concepto de poesía ya conlleva en si mismo el de musicalidad y ritmo, por lo que de ahí a su plasmación en notas solo va un pequeño paso que, por supuesto, numerosos compositores dan.

No siempre ese paso es afortunado, claro, como todo en esta vida, pero hay que reconocer que algunas de las adaptaciones han sido memorables. Por mi recuerdo (y seguro que por el de todos vosotros) desfilan gloriosas versiones de Machado, Hernández, Neruda, Lorca o de otros menos conocidos como Goytisolo, Espriu, Blas de Otero y tantos y tantos otros.También, a veces, clásicos como Manrique o Quevedo e incluso algunas casi increíbles desde el punto de vista comercial: ¿Conocéis las adaptaciones de algunos poemas de Góngora por Paco Ibañez o de San Juan de la Cruz por Amancio Prada? La verdad es que hay que tener moral para acometer algo así. Pero bueno... lo cierto es que el resultado no está nada mal, e igual algún día podemos rebuscar alguna de ellas para echarlas un vistazo.

Pero no se por qué, lo mismo entonces que ahora, si intento rememorar una asociación lo más íntima posible entre un poema y una música, no puedo evitar el acordarme de una de las mas famosas y antiguas: se trata de "Negra sombra", basada en el melancólico poema homónimo de Rosalía de Castro. El texto se publicó en La Habana en 1880 dentro del libro "Follas Novas", uno de los poemarios más conocidos de Rosalía y el último que publicó en lengua gallega (aunque más tarde publicaría "En las orillas del Sar", ya en castellano). No mucho después, en 1890, el compositor gallego Xoan Montes Capón lo musicó utilizando la forma del "alalá", un aire tradicional gallego cuyos orígenes, dicen, se remontan casi hasta el canto gregoriano eclesiástico, del que tomaría ese ritmo tan característico, monocorde, lento y cadencioso. La composición se estrenó en el Gran Teatro de La Habana en 1892.

Desde ese momento, la unión entre "Negra sombra" poema y su música ha sido tan íntima, que casi no parece posible imaginar al uno sin la otra.  Basta comenzar a leer el texto para que de inmediato suene en nuestra cabeza la melodía, o viceversa. Como podéis suponer las versiones que desde 1892 se han hecho de "Negra sombra" son casi infinitas, convirtiéndose de facto en una especie de himno oficioso de Galicia. Pero como uno no puede por menos que ser hijo de su tiempo, yo prefiero sobre todas, la que realizaron Luz Casal y Carlos Nuñez para la banda sonora de "Mar adentro". En mi opinión es todo un hallazgo utilizar aquí el delicado timbre melancólico que Nuñez da a todas sus interpretaciones con instrumentos de viento, que a mí siempre me sugiere un toque de lejanía marinera, como de gris día norteño ("o vento que zoa...") en esos pequeños puertos rodeados de verdes montañas brumosas. Eso, unido a la desgarrada pero potente y pulida voz de Casal, pone el contrapunto perfecto a la expresión de suave tristeza añorante que tanto Rosalía como Montes Capón imagino que quisieron expresar en esta obra. Sirva también, ya de paso, para dedicar un pequeño recuerdo a Luz, que atraviesa uno de los peores trances que puede afrontar en la vida en general cualquier persona y en particular una mujer. Esperemos que la ciencia consiga un día alejar para siempre esa negra sombra que sobre ellas se cierne. Leamos y escuchemos... o las dos cosas a la vez:

 Negra sombra

 

Cando penso que te fuches,
negra sombra que me asombras,
ó pé dos meus cabezales
tornas facéndome mofa.

Cando maxino que es ida,
no mesmo sol te me amostras,
i eres a estrela que brila,
i eres o vento que zoa.

Si cantan, es ti que cantas,
si choran, es ti que choras,
i es o marmurio do río
i es a noite i es a aurora.

En todo estás e ti es todo,
pra min i en min mesma moras,
nin me abandonarás nunca,
sombra que sempre me asombras.

Cuando pienso que te fuiste,
negra sombra que me asombras,
a los pies de mis cabezales,
tornas haciéndome mofa.

Cuando imagino que te has ido,
en el mismo sol te me muestras,
y eres la estrella que brilla,
y eres el viento que zumba.

Si cantan, eres tú que cantas,
si lloran, eres tú que lloras,
y eres el murmullo del río
y eres la noche y eres la aurora.

En todo estás y tú eres todo,
para mí y en m misma moras,
ni me abandonarás nunca,
sombra que siempre me asombras.

 

     

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1/21/2008

Iker y lo sobrenatural


El manuscrito Voynich
Páginas del manuscrito Voynich. Biblioteca Beinecke. Univ.de Yale. EE.UU. 

No podía dar crédito a mis oídos. “¡Pero qué coño dice este tío..!” bramé, en un acceso de santa cólera científica, extendiendo los brazos hacia el televisor. Mi hija me miró de reojo indignada: “’Déjame oír lo que hablan, anda, que no me entero con tanto grito..!” Rezongando, volví a prestar atención a la pantalla, en la que un invitado al programa “Cuarto Milenio” del periodista Iker Jiménez, peroraba sobre los misterios del manuscrito Voynich. El invitado había sido presentado como experto en el tema por el director del espacio, aduciendo haber escrito una novela (si, si: una “novela”) sobre el tema de los misterios del manuscrito. Disculpareis que no aporte nombres ni palabras exactas, pues la emisión fue ayer mismo y en aquel momento no estaba mi humor para andar tomando notas, pero una transcripción más o menos próxima a lo que me sacó de mis casillas, sería la siguiente:

-Iker Jiménez: “O sea Sr. Fulano, que se ha podido demostrar que los textos del manuscrito cumplen la ley de Zipf”.

-Sr. Fulano: “Exactamente Iker: esta ley establece que la frecuencia con que las palabras cortas y largas parecen en cualquier lengua escrita es constante, y se puede ver que se cumple exactamente en el manuscrito”

-Iker Jiménez: “Luego el manuscrito tiene sentido".

Aquella ya fue la gota que colmó el vaso, ya bastante llenito tras el visionado de unos cuantos programas, en los que varias afirmaciones de este tenor me habían ido creando un cierto malestar. Porque digo yo, en mis cortas entendederas, que el que un escrito cumpla la famosa ley de Zipf, que atiende solo a la estadística de los tamaños de las “palabras”, garantizará, como mucho, que no se trata de una combinación de caracteres al azar, pero de ahí a deducir que el texto tenga sentido, es decir: significado, va un mundo mundial. En otras ocasiones, tanto en esta como en anteriores emisiones, observé que se forzaban de manera un tanto abusiva, desde el punto de vista lógico, las deducciones o las concordancias, y siempre en el mismo sentido: en el de primar descaradamente una explicación sobrenatural o paranormal de los temas tratados.

En muchas ocasiones, en el transcurso de debates de este tenor, me ha resultado llamativo que a aquellos que defienden una postura que prime las interpretaciones racionales o al menos una que no introduzca, sin ton ni son, interpretaciones ilógicas o incomprobables, se les (nos) acusa ora de “prepotencia”, ora de “estrechez” o “rigidez” intelectual o incluso, ¡paradoja de las paradojas…!, de estar cerrados a interpretaciones novedosas de los hechos y adoptar una postura “acientífica”. Y yo creo que no hay tal cosa. Lo racional no es opuesto a lo misterioso: si no hubiera misterios (es decir vacíos en nuestro saber) no habría afán de conocer ni, por tanto, ciencia ni racionalismo. No desdeño los misterios. Está claro que los misterios están ahí: que no conocemos, o no conocemos cabalmente, las causas o los antecedentes de gran cantidad de cosas que existen (por ejemplo, el manuscrito Voynich) pero va un mundo de racionalidad, entre intentar establecer la datación o la trayectoria exacta de unos manuscritos, y tratar de dilucidar si provienen de un origen extraterrestre o de una revelación gnóstica.

Como muy bien indica Fernando Savater, para conocer la verdad en el ámbito de lo físico se desarrolló lo racional, para el ámbito de lo moral, lo razonable, pero, añado yo,  tanto lo racional como lo razonable se basan en la aceptación de que cualquier evento material o moral de nuestro mundo tiene una explicación dentro de un marco de causas y efectos naturales y entendibles. En el convencimiento de que no existen causas sobrenaturales, inexplicables, sobrehumanas o incognoscibles para los fenómenos que nos rodean. Y esto no elimina el misterio, sino que lo hace interesante: ¿Qué sentido tendría luchar para desentrañar una resolución de un Dios omnipotente, o la acción de un extraterrestre ultra evolucionado? Sería mortalmente aburrido, a fuer de inutil. Mejor dediquemos esfuerzo, tesón y paciencia a ordenar y desentrañar las leyes y hechos reales de nuestro mundo. De acuerdo en que esto puede ser muy laborioso y requerir mucho esfuerzo, amén de no producir siempre los resultados que nos gustaría: Ernest Gellner venía a decir que “los sistemas de creencias sobrenaturales son técnicamente falsos y moralmente consoladores. La ciencia es lo contrario”.

Estoy convencido de que la creencia en poderes y actos sobrenaturales o es un efecto de la ignorancia, o una consecuencia de la indolencia intelectual. Y creo que la extensión y auge de dichas creencias en la sociedad actual, tan bien formada e informada, es básicamente debida a la segunda causa. Por eso odio este tipo de programas, casi tanto como a los reality show: porque en unos se trata de vender el camelo de que se puede alcanzar la fama sin ningún mérito ni esfuerzo personal, y en otros el de que se puede alcanzar un conocimiento superior sin los lentos y sacrificados métodos del estudio racional. Me repugna que ambos errores se potencien descaradamente y se adule hasta la vergüenza a las personas que los padecen, solo por un afán de aumentar las audiencias, vender panfletos o sonsacar dinero, a sabiendas del daño moral y social que provocan.

Estos “profesionales periodísticos del misterio” han sido pillados varias veces en renuncios embarazosos (caras de Bélmez, astronauta Istochnikov, alunizajes Apollo), que hubieran puesto en entredicho (o directamente hundido) a cualquier estudioso medianamente serio. Sin embargo, puesto que el periodismo parece inmune a tales pequeñeces (siempre hay otro que tiene la culpa), tal cosa no parece mermar su audiencia, sino más bien al contrario, se dirían más jaleados por la legión de seguidores de “mente abierta” o “intelectualmente flexibles” o quizá “poco presuntuosos” a los que, para desgracia suya, venden toda suerte de esclarecedores misterios del pasado y el presente. Acabo citando de nuevo a Savater, cuando este cuenta cómo, en una firma de libros, una amable señora le preguntó: -"¿Es usted creyente?" - "Creyente... ¿en qué?"- respondió el filósofo, y la mujer prosigue: "Bueno, no sé... en lo corriente". Y concluye Savater: "Desde luego, señora, claro que creo en lo corriente. En lo que no creo es en lo sobrenatural". Y yo, tampoco.

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1/14/2008

Muerte en el olvido

Yo sé que existo
Porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.
                Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
—oscuro, torpe, malo- el que la habita...

Ángel González y Luis García Montero. UCM. Agosto 2007

Dice Sánchez Carrón que Alarcos, en su estudio sobre la poesía de Ángel González, señala como en este poema aparecen dos planos de contraste: la realidad gozosa del amor y la entrevista posibilidad de su acabamiento. Estos planos se oponen también en la temporalidad verbal, con el uso del presente para expresar el momento actual de felicidad amorosa (sé, existo, imaginas, soy, crees, miras, etc.) frente al futuro que introduce el sentimiento de temor (me quedaré, verán, será). Alarcos califica las formas de presente de este poema de “remansadas” porque quieren perpetuar un momento feliz, sensación apoyada también con una adjetivación que transmite claridad y pureza. A este momento se contrapone ese futuro amenazador, acompañado por un léxico de tintes negativos que se acumula en el verso final en una enumeración muy típica de la poesía del autor: oscuro, torpe, malo.

Es posible que tenga razón Alarcos, sí. Pero yo, que apenas sé de tiempos verbales, sé con absoluta certeza, que solo existo porque tú, mi amor, me imaginas. Y ambos sabemos que solo la magia de seres bondadosos como Ángel González es capaz de rescatar esa oscura verdad del fondo de nuestra alma y ponérnosla en los labios. Jamás habrá dádiva capaz de saldar tan perentoria deuda y por ello nunca, nunca, habrá olvido en su muerte

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1/12/2008

Rebajas de enero


ActuacionVivo

Hacía tiempo que no tenía la oportunidad de acudir a un local con actuaciones de música en vivo. Ya sabéis a que me refiero: esos bares de mesitas con lámpara y humo de tabaco, donde canta bajito un chico con guitarra o un grupito de jazz. Los pueblos de provincias (y pequeños, encima) no dan para tantas alegrías. Pero ayer fue un día de aquellos raros, en los que no solo por fin llega eso que te gusta, sino que para más inri, te ves obligado a elegir, mascullando maldiciones, entre los cuatro sitios que, por algún azar del marketing provinciano, programan precisamente ese tipo de actuación. Descartados los que ofrecían la nueva moda de los monólogos, a veces divertidos, pero siempre un poco atosigantes por la excesiva atención que precisan, elegimos esa taberna en la cual nunca habíamos estado, y en la que dos cantautores locales (mas cantantes que autores, dicho sea de paso, lo cual dado el carácter de sus composiciones, casi se agradecía) ofrecían una actuación conjunta.

Fue una noche bonita, así como de rebajas de enero, saboreando el placer de la música y el compartir calor, risas, y aplausos mientras en el exterior la llovizna helada barría los cristales de la taberna. Noche también de pequeñas sorpresas o descubrimientos. De esos levemente intranscendentes, pero que nos hacen disfrutar suavemente de las curiosas revueltas que da el mundo. La primera cuando al acercarme a la barra a solicitar los primeros cafés para encarrilar la noche, una sonriente presentadora de telediario local, a la que horas antes había estado votando por internet, con radiante sonrisa (y perfecta dicción, por supuesto) me pregunta “Hola, buenas noches. ¿Qué vais a tomar…”. La sorpresa solo me permitió abrir un 40% más los ojos y tartamudear ligeramente: -“Emmmmm…. Pueeeees… Esteeeee… Do… Dos cafés con leche y una copa de…”- en lugar de : -“¡Caray, Laurita…! ¿Pero qué haces aquí...? Oye: ¡que me ha gustado mucho tu video de TVE!”- que sería lo que me hubiera gustado decir. En fin, cosas de la timidez compulsiva. Al menos que quede constancia.

Después, ya metidos en la actuación, una segunda sorpresilla: la cálida voz y el perfecto ambiente que conseguía Pedro Zamorano en sus canciones. No conocía a Zamorano, ni le había oído nunca cantar (al contrario que al otro protagonista del evento Pedro Estébanez), pero su estilo, semejante en timbre y tono al de Ismael Serrano, eran perfectos para bordar los temas del propio Serrano, así como los de Aute, Serrat,Sabina, Fito y demás con los que el ambiente se fue caldeando a medida que la noche iba dando paso a la madrugada. Por su edad, obviamente el repertorio se centraba en los últimos ochenta y primeros noventa, pero los carrocillas agradecimos sus logradas incursiones en la selva setentesca, con una casi perfecta “Mauvaise reputation” de Brassens (en traducción de Paco Ibáñez) y una emocionante “Al alba” de Aute, cantada a dúo con Estébanez. A veces es muy, muy, agradable disfrutar de la creatividad artística de las personas cuando las sientes reales, cercanas y físicas, fuera de los circuitos comerciales y la barahúnda mediática. Pequeños momentos que te reconcilian con el mundo. Imagino que nunca saldrá Zamorano de las actuaciones en nuestra mínima ciudad, ni llegará a rozar ese mundo vertiginoso del estrellato, pero seguro que tendrá un espectador más en su próximo concierto (espero que en solitario, con mil disculpas para el bueno de Estébanez).

Y un tercer pequeño hallazgo: un “inédito” de Sabina. Y cuando digo inédito me refiero obviamente a inédito para mí. La verdad es que me emocioné con la versión de Zamorano del tema “Rebajas de Enero”, que nunca antes había escuchado. Después, investigando, he sabido que pertenece al álbum “Juez y parte” de 1985, e incluso he escuchado la versión del propio Sabina en ese disco. Y por paradójico que resulte, me gusta infinitamente más la versión intimista, sencilla y tierna que nos ofreció Zamorano, que la excesivamente orquestada y lejana de Sabina, que le hace perder, en mi opinión, gran parte de la magia que el tema destila. No soy nada partidario de poner letras de canciones en el blog, que siempre me ha parecido una cosa un tanto infantil. Solo habrá habido, imagino, alguna excepción con este o aquel poema que luego ha acabado siendo, malgré lui, letra de canción, pero hoy voy a hacer una salvedad con un fragmento de la canción de Sabina, aunque me cabe la disculpa de que esta vez ha seguido el camino inverso: de letra de canción ha pasado a estar publicada en una de las recopilaciones de poéticas de Sabina (“Con buena letra II”. Ed. Temas de Hoy. Madrid. 2002). Pero doctas excusas aparte, lo pongo básicamente porque me gusta. Mucho. Por razones obvias. Besitos.

 

Como otras parejas tuvimos historias de celos,
historias de gritos y besos, de azúcar y sal,
un piso en Atocha no queda tan cerca del cielo
y yo, la verdad, nunca he sido un amante ideal.
Y contra pronóstico han ido pasando los años,
Tenemos estufa, dos gatos y tele en color.
Si dos no se engañan, mal pueden tener desengaños…
¿Emociones fuertes? Buscadlas en otra canción.

Apenas llegó
se instaló para siempre en mi vida,
no hay nada mejor
que encontrar un amor a medida.

De “Rebajas de Enero”. Joaquín Sabina. 1985

 

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12/20/2007

Feliz Navidad


Los que hablan de la eterna polémica sobre si les gusta o no les gusta la navidad, dicen que esto no tiene términos medios, ni siquiera razones lógicas: o te gusta o no te gusta (o significa algo emocionalmente para ti, o no lo significa, traducido a términos un poco más "psicológicos"). Yo soy de los que sí les gusta. Y mucho. Soy de los que siempre la espero con impaciencia, e ilusionado por volver a tener la familia junta, o por subirme de nuevo a los taburetes para adornar la casa con espumillón,  e incluso de los que les gustaría (si tuviera sitio para ello) el poner un belén con pastorcillos en el musgo y bombillita en el pesebre. No soy creyente y por tanto la navidad no tiene para mí ninguna connotación religiosa, pero sí creo que es una fiesta ligada a los ciclos naturales de la tierra, al solsticio, y que por tanto tiene profundas raíces en prácticamente todas las culturas humanas desarrolladas en las zonas que sufren el invierno.

El festejar la luz, el calor, la unión frente a la adversidad, y sobre todo el nacimiento como fuente de vida, en el punto más profundo y oscuro del invierno, es un acto de esperanza y autoafirmación que nos han transmitido pegado a los genes los seres humanos que habitaron estas inhóspitas latitudes cuando salieron de la cálida África original. Este sentimiento de aguda conciencia de nuestra propia fragilidad frente a la agresión exterior, contrapuesto a nuestro convencimiento de que podemos superar esa fragilidad mediante la unión con nuestros semejantes y nuestra capacidad de crear y extender la vida,  creo yo que es el "duende" que late en el fondo del "espíritu navideño".

Dicen que en la Tierra nace un niño cada tres segundos. Esa es nuestra mayor riqueza como especie. La ciencia aséptica de la combinatoria nos asegura que la creatividad, el ingenio, las respuestas a los mas arduos problemas, están ahí, en alguno de esos millones y millones de intelectos, esperando a ser despertados. Nunca podremos saber donde va a brillar esa chispa, y por tanto cada niño o niña que nace, cada mente que viene al mundo, es irreemplazable y debería ser tratada y cultivada como el mayor tesoro de que disponemos. Quien destruye, física o intelectualmente, una de esas pequeñas llamas vacilantes, comete el mayor de los crímenes de lesa humanidad concebible.

Nuestros ancestros equipados solo con la sabiduría del instinto, al enfrentarse cada año al momento mas duro de su existencia, cuando el frío y la oscuridad cubrían la tierra, no lo dudaban: se unían bien apretados alrededor del fuego y celebraban la fertilidad y el nacimiento de la nueva vida. Por nuestro propio bien, deberíamos procurar no olvidar su enseñanza.

 Bueno, pues nada más: ¡¡Feliz navidad a todos!!!  Ahí os dejo una postalilla de felicitación y perdonad si me ha salido pelín sensiblera... pero en fin... que queréis... ¡en estas fechas...!!

 

   

Fondo musical: Stille Nacht (Austria)
Letra: Joseph Mohr (1817)
Música: Franz Gruber (1818)
Interprete: Nana Mouskouri.

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12/16/2007

De plata y oro



Federico García Lorca. Obras Completas. Ed. Aguilar 1960

Esta tarde invernal, al levantar los ojos del periódico, mis ojos se han dirigido casi sin pensarlo al sitio exacto de la biblioteca donde reposa ese libro. Como sin quererlo también, aun antes de acercarme a él, me ha invadido ese olor tan peculiar del cuero de sus cubiertas y sin tan siquiera llegar a tocarlo, he podido sentir en mis dedos el tacto sedoso y leve, como de delicada fragilidad, de sus hojas de papel biblia. Está ahí, conmigo, casi desde siempre, desde aquella vez hace tantos años ya, en que lo saque con mis manos de las estanterías de mi abuelo y sentí por vez primera ese olor y ese tacto. Pero de aquella ocasión, recuerdo sobre todo la luz: una luz dorada y suave que provenía de la lámpara de pie, con tulipa amarilla, situada detrás del sillón en el que mi abuelo, envuelto en su resplandor, leía inclinado sobre un pequeño atril, como casi todas las tardes de las que yo tenga memoria. A mí me gustaba mucho estar allí, a su lado, con aquella luz, hojeando algún libro de grandes ilustraciones de animales, exóticos viajes o antiguas civilizaciones.

Ignoro porque aquel día cogí este libro precisamente. Quizá me atrajo lo dorado de las letras brillando sobre el marrón oscuro de su lomo, o quizá solo por su grosor, que doblaba con holgura al de todos los demás que le rodeaban, puede que por lo manejable de su formato, tamaño cuartilla. No lo sé. Imagino ahora que mi abuelo me vería hacerlo y se fijaría en el libro que cogía, pero en aquel momento no dijo nada. Siguió leyendo silenciosamente sobre su atril y yo, ignorándolo, me senté con el libro entre las manos como tantas tardes, a la luz de la lámpara, en el sillón frente al suyo. Lo abrí por el centro, al azar, y comencé a leer:

"No te conoce el toro ni la higuera,
ni caballos ni hormigas de tu casa.
No te conoce el niño ni la tarde
porque te has muerto para siempre.

No te conoce el lomo de la piedra,
ni el raso negro donde te destrozas.
No te conoce tu recuerdo mudo
porque te has muerto para siempre.

El otoño vendrá con caracolas,
uva de niebla y montes agrupados,
pero nadie querrá mirar tus ojos
porque te has muerto para siempre.

Porque te has muerto para siempre,
como todos los muertos de la Tierra,
como todos los muertos que se olvidan
en un montón de perros apagados.

No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.
Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.
La madurez insigne de tu conocimiento.
Tu apetencia de muerte y el gusto de su boca.
La tristeza que tuvo tu valiente alegría.

Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,
un andaluz tan claro, tan rico de aventura
Yo canto su elegancia con palabras que gimen
y recuerdo una brisa triste por los olivos."

- Fin de “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías” -

Cerré el libro y volví a mirar el lomo: “Federico García Lorca. Obras Completas”. Después lo abrí de nuevo y durante mucho rato fui hojeando despacio los nombres de sus capítulos: “Poema del cante jondo”, “Romancero gitano”, “Poeta en Nueva York”, “Diván del Tamarit”, “Yerma”, “La casa de Bernarda Alba”… y así cientos y cientos de páginas… hasta la 1900, en que comenzaba el índice. Volví a cerrar el libro y me quede mirando fijamente la cubierta donde brillaba el facsímil dorado de la firma de Federico. Era muy bonita, con sus iniciales surgiendo como larguísimas flores del diminuto césped de las letras de su nombre. Recuerdo que un intenso deseo se apoderó de mí, eché una rápida ojeada a mi abuelo que seguía concentrado en su lectura y, sin pensarlo dos veces, salté del sillón sujetando el libro entre mis manos y diciendo con juvenil aplomo: “Abuelo, me lo llevo para leer esta noche”. Mi abuelo levantó despacio los ojos de su lectura, miró brevemente el libro, luego me miró a mí, y después de un segundo, con una leve sonrisa, dijo escuetamente: “bien”. A continuación bajó los ojos y siguió leyendo. Nunca volvió aquel libro a sus estantes y jamás mi abuelo me preguntó, ni siquiera veladamente, que había sido de él. La transmisión se había efectuado tácita pero irreversiblemente. Fue, en la práctica, mi primer libro “serio”, y desde entonces me ha acompañado en todos los sitios en los que yo he vivido, mientras el resto de la biblioteca ha ido creciendo lentamente a su alrededor, como esas capas que van formando las perlas de los moluscos alrededor de un pequeño núcleo incrustado en su manto.

Hoy he buscado y disfrutado, esta vez con toda intención, de ese último poema del “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías” al acabar de leer la reseña del 80 aniversario del que es considerado el acto fundacional de esa increíble explosión de creatividad que fue la generación del 27. Efectivamente: tal día como hoy, un 16 de diciembre de 1927 se reunían en el ateneo de Sevilla un grupo de poetas y profesores para conmemorar el 300 aniversario de la muerte de Luis de Góngora y poco después, invitados por el mecenas del acto, el torero Ignacio Sánchez Mejías, se reunieron de forma mucho menos académica en su finca sevillana, a correrse una buena juerga. Impresiona realmente leer la nómina de asistentes a aquel evento: ¡Benditos tiempos aquellos en que los toreros se dedicaban a apadrinar artistas en lugar de decir estupideces rosas en las televisiones!

Pensaba, al sentarme a escribir hoy, reflexionar un poco sobre esas súbitas eclosiones de gente brillante en determinados momentos históricos, esa especie de “efervescencia creativa” que de tanto en tanto parece extenderse como una ola sobre la sociedad entera. La de la generación del 27 fue especialmente deslumbrante. Tanto, que ha hecho fortuna en los últimos tiempos el apelativo de “edad de plata de la literatura española" que acuñó José Carlos Mainer para referirse a aquellos años prodigiosos. Pero esa reflexión tendrá que esperar. Hoy mi emoción, que raras veces sigue los caminos de la cabeza, ha preferido acariciar el lomo de este libro querido y evocar, ahora que la entiendo cabalmente, aquella mirada que mi abuelo nos dedicó, una lejana tarde perdida en el recuerdo, antes de despedirse de él.

Solo quisiera expresar mi absoluta confianza en que puede que tarde mucho en nacer, pero seguro que nacerá, otra generación de tan clara mirada y limpia palabra como aquella cuyo 80 aniversario hemos celebrado hoy, por mucho que ningún telediario le haya dedicado ni un solo comentario de cortesía. Que ustedes, y si es posible también yo, lo veamos. Amén.

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 Ateneo de Sevilla. 16 de diciembre de 1927

12/13/2007

En blanco



¿Que diablos pongo...?Quizá se deba a la gris cortedad de este lento atardecer de Diciembre, pero lo cierto es que hoy, como desde hace muchos días ya, miro con aprensión la fecha que encabeza la última entrada de este blog (la penúltima, si es que estás leyendo esto): un lejano 2 de noviembre. Más de un mes y medio ya, por tanto. Un mes y medio en el que se me ha hecho dolorosamente patente esa absurda sensación de “flojedad mental “ que, de tanto en cuanto, me impide sentarme ante una hoja en blanco a contar cosas, o más bien a contarme cosas a mí mismo, que al fin y al cabo es lo que cuenta. Durante los breves días otoñales de este mes y medio transcurrido leía con meditabundo asombro la explosión creativa de mi jovencísima amiga, vivaracha sardina que de pronto perdió la pereza, en una suerte de proceso contrario al mío: ¿Por qué escribes tanto ahora… así, de repente…? le pregunto -“No lo sé… quizá es que he concluido una etapa de acumulación y he llegado ahora a la de expulsión…”- Obviando la juvenil querencia por lo escatológico, sigo preguntando: ¿Hace falta tener penas para escribir…?, (aunque no escribas propiamente sobre tus penas) ¿Acaso no se escribe cuando se es feliz..? –“No sé... no creo… creo que más bien está relacionado con vivir algo intensamente, no necesariamente desgraciado”- Pero entonces, insisto, ¿Cómo hace un escritor profesional? ¡No va a estar todo los días viviendo cosas intensas! -“Los escritores profesionales son todos unos amargados… jajajaja. Además quizá es que esa gente tiene una capacidad especial para vivir cosas intensas. Muchos artistas viven intensamente hasta el vuelo de una mosca…”- .Mmmmm… Fascinante mi joven amiga… ¿a que sí..?

Interesante idea: para escribir es necesario (o al menos viene bien) tener vivencias intensas, aunque, claro, ¡tampoco es imprescindible tenerlas en el momento mismo de sentarse al teclado!, incluso está bien que pasen por un proceso de amasado y recocido. Viene a ser algo así como la vieja receta de los talleres de escritura y análogos: lo primero para escribir (bien o mal) es tener algo que contar. ¿Pero siempre se tiene algo que contar? Pues no. Ni de coña. Es curiosa la idea del escritor Álvaro Mutis expresada en una reciente entrevista de Cristina Rivera: La escritura es un hecho natural. No es un deber. No es una profesión. No es, ni siquiera, un destino. Tengo cinco años sin escribir y no me ha pasado nada […] Es que es parte del cuerpo. Uno lo acepta y sigue respirando. No es para tanto escribir. Uno le sigue cambiando el agua al canario. Y se puede ser feliz sin eso, sin escribir”. Simplemente. Es decir, que el hecho de escribir es quizá algo más sutil que tener o no algo que contar. Yo no sé vosotros, pero a mí cuando estoy en un periodo locuaz, se me ocurren mil cosas para escribir, incluso tengo que decidir sobre qué cosas lo hago y sobre cuáles no, por falta material de tiempo. Pero, para mi desgracia, en un periodo de sequía, ¡ni siquiera consigo acordarme cuales eran aquellos maravillosos temas descartados sobre los que no tuve tiempo de escribir en su día!! En este sentido decir que no escribes porque no encuentras sobre qué, es enunciar el mismo problema con otras palabras.

Al final creo que nadie sabría decir exactamente por qué tiene o no ganas de escribir. Imagino que como muchas de las cosas creativas que hacemos, es una mezcla de intuición y disciplina. Intuición para destacar un tema especifico entre la maraña inmensa de acontecimientos que se va desenvolviendo frente a nosotros en cualquier momento. Ahí es donde ayuda, evidentemente el tener experiencias intensas que destaquen sobre el panorama: bien por sí mismas, bien porque nuestra sensibilidad contribuya a hacérnoslas sentir así. Pero también disciplina para sentarse a estrujarse un poquillo el cerebro (o la sensibilidad... vaya Vd. a saber) y empezar a plasmar cosas una tras otra en el papel. Imagino que a todos nos ha pasado sentarnos a escribir sobre algún tema poco perfilado y en el medio del texto “pescar” casi al vuelo una idea interesante y al final acabar dando todo el peso a esa idea abandonado en la practica el tema original. Personalmente este hecho, cuando ocurre, es uno de los que más placenteros me resulta de la actividad de escribir. Como si en ese momento “la inspiración” (sea eso lo que fuere) se hubiera apropiado de ti para hacer su propia voluntad. Pero tal cosa siempre sucede cuando previamente te has sentado a pulsar una tecla tras otra.

Es probable que la mayoría de las veces, sí no todas, uno necesite escribir ciertas cosas para “contárselas a sí mismo” es decir para encajarlas en un “orden” personal que te permita entenderlas con más nitidez, como un entomólogo toma un insecto del campo para estudiarlo en su mesa. Me recuerda esto a lo que me sucede con las imágenes de los viajes que realizo: hoy día los medios digitales de imagen nos permiten capturar un aluvión visual tan enorme que después, vistos así en montón, me producen una abrumadora sensación de caos. No solo no consigo recordar nada del viaje, sino que, para más inri, me crea una indomable pereza solo el hecho de pensar en mirarlas. Afortunadamente el descubrir los programas de presentación audiovisual, tipo Movie Maker y demás, me permitió trabajar sobre ese ingente material en bruto, casi inútil de tan bruto. El hecho de ordenar las imágenes en un conjunto de narración coherente, con su secuencia temporal, con fondos musicales, narraciones, etiquetas e incluso el mismo trabajo de selección y documentación a que te obliga la organización razonable de una visualización, le da al conjunto un aspecto “entendible”, orgánico, emotivo incluso, de forma que en muchas ocasiones el propio trabajo de elaboración, acaba haciéndome entender y disfrutar de algunas de las cosas que vi mejor todavía que en el momento real del viaje. Casi parece como que uno “construyera” o “fijara” su propio recuerdo coherente del viaje, sacándolo así de la maraña de un recuerdo nebuloso de acontecimientos dispares llamado a desvanecerse en el tiempo.

Puede que poner en negro sobre blanco las vivencias, intensas o suaves, emotivas o racionales, divertidas o dolorosas que día a día soportamos, nos ayude también a entenderlas, a darles su justo valor o al menos a fijar su recuerdo de una forma más perdurable y definida en nuestra memoria. Como el extraer las mejores fotos de un excitante viaje. Es también por esto, imagino, por lo que nunca me ha preocupado gran cosa tener muchos lectores, (aunque me gusta mucho que me leáis, ¡por supuesto…!! La vanidad siempre esta presta a la hipertrofia… jajaja… ). La mayor parte de las veces yo soy mi lector más atento sobre todo de cara al pasado: releer pensamientos, reflexiones, sensaciones, de tus “otros yo” perdidos ya en el tiempo o en el recuerdo, me resulta tan fascinante como contemplar las imágenes congeladas que trabajosamente seleccionaste de aquel largo viaje que hiciste hace ya, tantos, tantos años…

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11/2/2007

La magdalena de Piotr


Piotr Ilich Tchaikovsky

No pude por menos de inspirar profundamente, con íntima satisfacción, al descorrer el cortinaje de acceso a la sala. Cual proustiana magdalena (que por cierto hace tanto que no las pruebo, que ni me acuerdo a que saben) me invadieron de nuevo este año los aromas de la madera y las tapicerías, los murmullos de la gente arremolinándose en los pasillos de acceso, los colores cálidos de las paredes, los telones, las cortinas, la pequeña galaxia de luces halógenas del alto techo, que hacía chisporrotear con mil fulgores hasta el más nimio objeto brillante que osara exhibirse allá abajo. Poco a poco fui notando como me invadía la satisfacción de retornar a esta pequeña rutina de los conciertos semanales, a este rato de desasimiento de las cosas cotidianas y de inmersión en los recovecos de la música.

Hoy, además, la sonrisa se me puso de oreja a oreja al levantar la vista hacia el escenario: allí ochenta atriles vacios pulcramente alineados sobre la tarima, llena hasta rebosar, auguraban un espléndido comienzo de la temporada, aunque realmente el contenido de esta velada inaugural estaba un tanto envuelto en el misterio de esas nieblas burocráticas de la reducción de costes, pues la notificación que nos había llegado anunciaba la actuación de la Orquesta Sinfónica de Kazajstán , pero justificaba la ausencia del programa del concierto en la necesaria economía en la distribución etc, etc. así que el menú musical de esta apertura de temporada era una pequeña incógnita. Pero, en fin… tal vez por la alegría del reencuentro, la cosa no me importó demasiado. Además, ya había recogido el programa de mano en la entrada, y, dado que no había sido posible anticipar la escucha de las obras, preferí dejarlo estar, e irlo leyendo según el transcurso del concierto.

El comienzo estuvo bien elegido, hay que reconocerlo: la suntuosidad de una orquesta sinfónica como la que delante nuestro dirigía Aidar Torybaev se presta de maravilla a brillantez de Borodin y sus danzas del príncipe Igor. Todo el fragor de los pasionales tutti, encendidos por los brillos de los metales, nos iban dejando en el oído ese poso metafísico de grandiosidad y en el diafragma ese estremecimiento, bien físico, que solo la fuerza de una gran orquesta con todos su potencia desplegada consigue igualar. Nada que ver con una grabación desde luego. Quizá solo he sentido algo similar alguna vez durante aquellas delirantes jornadas guerreras, estando cerca de las detonaciones de explosivos. No demasiado sonoras y poco espectaculares, (¡que distinta suele resultar la vida real de la de las películas…!!) pero que te producían una honda conmoción interna imposible de olvidar, muy similar a la de estos poderosos bríos orquestales de hoy.

Y así acometimos la segunda parte del concierto, que a tenor del buen resultado de la sorpresa en la primera parte, preferí no desvelar evitando mirar el programa que reposaba prácticamente intacto en el asiento de al lado. Tras ese silencio deliciosamente tenso que sucede al ademán de atención del director, comenzaron a sonar los primeros compases de la obra. De inmediato, como en un chispazo,  reconocí la frase de inicio… ¡Y sabía exactamente las notas que venían a continuación… y las siguientes… y las siguientes...!! ¡Una especie de certeza o de comprensión súbita de toda la obra que comenzaba y de la que apenas se habían sucedido unos pocos compases me invadió, dejándome clavado con asombro en el asiento…! Pocas veces he tenido una sensación así y lo más curioso es que no conseguía recordar el titulo de la obra (obviamente romántica, obviamente rusa…). Cuando tal “reconocimiento global” me sucede, es porque se trata de alguna de las pocas partituras que me es lo suficientemente familiar, como para que la memoria de su desarrollo vaya asociada de forma espontanea a su título, cosa que en este caso no sucedía.

Desconcertado por este conocimiento / desconocimiento simultaneo, dejé transcurrir todavía un rato, paladeando esta singular sensación, antes de tomar el programa de mano y comprobar de una ojeada el título: “Piotr Ilich Tchaikovsky. Sinfonía nº 5”. La visión de este título me trajo de inmediato a la memoria la portada de un disco de vinilo en color gris, con una imagen de un cuadro de mujer en el centro y las letras del título "Sinfonía nº 5" destacando nítidas encima suyo. Y entonces, de súbito, comprendí aquel extraño fenómeno: aquella obra (¡regalada al azar, hacia tantos años ya…!!) había sido la primera con la que me había debatido en un intento, casi desesperado, por entender cuál era la extraña magia que se atrapaba en la música clásica y que no estaba dispuesto a dejar escapar. Mil veces la había oído, una y otra vez, machaconamente, casi pasaje por pasaje, buscando su unidad, desmenuzando el enlace entre una melodía y la siguiente, buscando como resolvía el autor las situaciones, intentando identificar y evocar el sentimiento expresado en cada parte, acostumbrando mi oído adolescente a ese desarrollo metódico y planificado de la emoción plasmada en el sonido, tan distinto del de la música popular, y que solo después de largas horas frente al altavoz “luchando” con esta misma sinfonía, fui capaz de ir, poco a poco, haciendo aflorar.

Desde aquel entonces otros autores, otras obras, otros colores, fueron superponiéndose a aquella 5ª Sinfonía y así fui aprendiendo a apreciar las bellísimas construcciones teóricas de Bach, la vitalidad colorista de Vivaldi, el prodigioso sentido rítmico de Mozart, los exactos edificios de Haydn, la grandeza adusta de Beethoven, la sobria austeridad de Mahler, las poderosa fuerza de Stravinski, el surrealismo de Schoenberg, la sonidos abstractos de Boulez. Poco a poco me fui olvidando de aquel disco de portada gris y la llegada de los nuevos formatos tecnológicos hicieron el resto: creo que nunca más había vuelto a escuchar aquella obra. Quizá por eso el descubrimiento de que su recuerdo perdurase con tal exactitud, me permitió disfrutar de ella como si del reencuentro con un viejo amigo se tratara, me inundó de una satisfacción difícil de explicar, una especie de vuelta al pasado, a los orígenes de un aprendizaje iniciático, a la certeza de que pocos placeres auténticos se nos desvelan sin esfuerzo… En fin, para que seguir… ¡Que disfruté como pocas veces en un concierto!

    

Os dejo aquí un pequeño video del final de la 5ª Sinfonía de Tchaikovsky interpretada por el inefable Leonard Bernstein (aprox. la mitad del cuarto y último movimiento "andante maestoso"). Yo creo que podéis haceros una idea cabal de las sensaciones que tuve en este concierto, ¡más por las expresiones de Mr. Bernstein, que por la música en sí misma… jajajaja!! Aunque, obviamente, no tiene ni comparación a la música oída en vivo a una gran sinfónica, espero que os  divirtáis un ratito con él… un beso a todos.

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DiscoTchaikovsky1

10/21/2007

Joyce particular


Xmm-newton3
Telescopio de rayos X "Newton" (E.S.A.) perseguido por "Finnegans Wake" de James Joyce

 

Three quarks for Muster Mark!                     

Sure he hasn’t got much of a bark                

and sure any he has it’s all beside the mark

 

James Joyce
"Finnegans Wake"

 

 

Son extraños a veces los caprichos, o más bien las revueltas, del destino. Y eso vale también para las palabras, que como tantas otras cosas, sufren extrañas mutaciones y complejos derroteros que las pueden acabar conduciendo a lugares absurdos o inesperados, solo que en el mundo de los vocablos, estos “lugares” mas que sitios físicos, son idiomas, usos o significados ajenos por completo al inicial para el que nacieron. Y eso considerando que a veces su nacimiento ya es accidentado de por sí, cuando no puramente casual e inesperado, (lo que demuestra cuanto se parecen las palabras a los seres humanos), por lo que imagínense ustedes hasta donde nos puede conducir en ciertas ocasiones esta “vida secreta de las palabras” que diría Isabel Coixet. Este que me encontré, es un caso curioso:

 

Joyce. James Joyce, (pronúnciese vestido de smoking y con sonrisa seductora) fue un extraño personaje, un extraño escritor y un extraño ciudadano. Irlandés nativo que a contracorriente del apasionado nacionalismo de su época y su país natal, siempre manifestó su predilección por la lengua inglesa frente al vernáculo idioma gaélico, del que opinó que era una lengua recompuesta (e impuesta) de forma artificiosa y por razones ajenas a la lingüística. Quizá por esta esquizofrenia fonética fue un apasionado de las palabras, (hablaba ocho idiomas)  y todas sus obras están transidas de una especie de fervor por el uso experimental de las palabras e incluso de su invención pura y dura a poco que las circunstancias de la obra, a su juicio, lo requirieran lo cual, dicho sea de paso, era bastante a menudo.

 

La experimentación lingüística que constituye ya una característica predominante en su obra cumbre “Ulysses”, alcanza su paroxismo en su obra final “Finnegans Wake”, un autentico laberinto (por no decir galimatías) idiomático y conceptual  en la que el lector (inglés, of course) solo puede avanzar como en medio de una selva impenetrable de extraños “palabros” utilizados a veces en lugar de otros por su similitud semántica, o a veces solo por la semejanza fonética o a veces, francamente, sin ningún motivo. La obra, como es lógico, resulta casi intraducible a cualquier idioma y de hecho, en español, incluso Francisco García Tortosa para algunos el mayor experto en Joyce en nuestro idioma, solo se ha decidido a traducir un único capitulo del “Finnegans” y aún así existe consenso en que cualquier traducción de este texto es más una recreación del traductor, que una traslación del original. Pero aunque nos encante Joyce, debemos ahora tomar impulso y dar un amplio salto en el tiempo, en el espacio y en el concepto. Así que vamos allá.. ¡AleHop..!

 

Corría el año 1963 cuando el físico Murray Gell-Mann teorizaba sobre la posible estructura interior de algunas partículas consideradas hasta ese momento “elementales”, en el sentido de simples o indivisibles, y que eran esas que todos conocemos de los libros de la escuela: el protón, el neutrón y el electrón. El problema de Gell-Mann era explicar de donde procedía todo ese enorme “zoo” de extrañas partículas que se generan cuando dos de estas chocan y, como consecuencia inevitable, se espachurran. Además estaba la cuestión del por que unas partículas “elementales” como el protón y el neutrón se diferenciaban tanto en tamaño y masa de otras como el electrón, por lo que se hacia difícil pensar que unas y otras pudieran tener la misma naturaleza.

 

Gell-Mann teorizó, en unas disquisiciones matemáticas que ni por asomo intentaremos reproducir aquí, que todo este lío podría explicarse considerando que el electrón sería una partícula realmente elemental, mientras que el protón y el neutrón (y algunas más exóticas) no serian propiamente tales, sino que estarían compuestas, a su vez,  de otras verdaderamente simples, de naturaleza similar a las primeras solo que con algunas características físicas diferentes. Para que todo le encajase bien Gell-Mann necesitaba suponer que existirían tres tipos diferentes de estas nuevas (y teóricas) partículas elementales.

 

¿Qué tienen en común estas dos historias?: Pues una sola palabra, claro. No sabemos porque Gell-Mann, un amante de la literatura y de la ornitología, pensó en el Finnegans Wake cuando tuvo que dar nombre a su teórica (por aquel entonces) partícula y tampoco sabemos que quiso decir (si es que quiso decir algo) Joyce con los  casi intraducibles versos que dan comienzo al capitulo cinco de la segunda parte de la obra y que reproducimos allá arriba, como subtitulo de este post. En ellos unos borrachines entonan una canción tabernaria en alabanza de un tal Mark. La palabra quark del primer verso no existía en inglés (ni en ninguna lengua conocida), y la mayoría de los autores la creen un típico híbrido joyceano entre "quart" (pintas de cerveza de un cuarto de galón: ¡ahí es nada...!) y "croak" (graznido de los cuervos), quizá queriendo indicar las voces poco melodiosas de los cantores habituales de taberna. Pero el hecho es que Gell-Mann lo recordó, y estimulado quizá por el comienzo del verso “Three quarks...” y teniendo en cuenta los tres tipos de partículas que él proponía, denominó a estas precisamente así : “QUARKS”.

 

Y de esta manera, una palabra inexistente e insignificada, pasó a encontrar el objeto de su significado. Algo así como los “personajes en busca de autor” de Pirandello pero en versión lingüística. El nombre pronto hizo furor entre la comunidad científica y otras versiones de la misma teoría, como la del físico George Zweig que unos meses mas tarde y de forma independiente propuso su propia versión, dando a “sus” partículas el nombre de “ases” (como los de la baraja), quedaron rápidamente olvidadas, demostrando de paso que la ciencia (o al menos sus consecuencias de fama), tampoco son inmunes a una afortunada mercadotecnia. La existencia física de los quarks se probó unos años mas tarde y dio origen a una rama de la Física denominada Cromodinámica Cuántica. Incluso hoy se especula sobre la existencia de “estrellas de quarks”, que pudieran albergarse en los centros de las nebulosas surgidas de explosiones de supernovas y que se estudian con el gigantesco telescopio espacial de rayos X de la Agencia Espacial Europea (E.S.A.) "XMM- Newton", en orbita desde 1999.

 

Murray Gell-Mann recibió el premio Nobel de Física en el año 1969 por su predicción teórica de los quarks, mientras que  James Joyce... no lo recibió nunca, ni por la palabreja de marras, ni por nada, siendo este hecho, dicho sea de paso, uno de los baldones que siempre se suelen achacar a la un tanto caprichosa academia sueca. ¡Que le vamos a hacer...! Sic transit gloria mundi...

 

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James    MurrayGell-Mann

10/8/2007

Sobre la marcha...


XIII Marcha Hoyos de Iregua
XIII Marcha Hoyos de Iregua. 07/10/2007. Villoslada de Cameros. La Rioja.

Mi marcado carácter asocial me hace, por lo general, rehuir los eventos donde los aficionados a cualquier tema de los que por una u otra razón me interesan, tienen a bien reunirse para contarse mutuamente las cuitas que esa actividad les reporta. Mis aficiones, (que las tengo, no se vayan a pensar…) suelen desarrollarse, por tanto, en un ambiente más bien autista, en el que el único contacto con los demás amantes del asunto, de haber alguno, (algún contacto, digo… porque amantes hay para todos los temas imaginables e inimaginables…) se produce mediante libros, revistas o referencias indirectas. No obstante, dado que mi caso, de momento, aún no es de psiquiátrico, todavía conservo alguna excepción a tan altivo pero aburrido comportamiento y uno de los más espectaculares de mi calendario, es el que hace referencia a la afición por el senderismo y la orientación en montaña, que todos los octubres (en su primer domingo para ser exactos) me hace acudir como en un rito a la marcha de Hoyos de Iregua donde, en demoledores itinerarios que parten del noble pueblo de Villoslada de Cameros, se recorre el parque natural de Sierra Cebollera, en las estribaciones riojanas del Sistema Ibérico.

Los 30 Km de este año y su casi 900 m. de desnivel, además de una notable colección de agujetas en los más insólitos músculos de todas las extremidades, me han dejado como todos los anteriores, un regusto de sorpresa por mi persistencia en asistir a este evento que contradice de manera radical todo lo que yo espero encontrar en una salida a la alta montaña, y que desde luego no pasa por estar inmerso en una bullanga ensordecedora, o contemplar el mas colorista despliegue de moda fashion-montaña, o andar por estrechos senderos atrapado en fuego entrecruzado de tres conversaciones, que a pleno (aunque jadeante) pulmón, nos detallan interesantes fragmentos de la vida privada de los marchiles participantes:

- […] yo es que tuve que hacer una hipoteca ¿sabes? Pero como me interesaba tener cuotas bajas la he puesto a treinta años, una pasada… además he pillado las condiciones especiales que tiene la caja para funcionarios de la comunidad, y muy bien oye, así que estoy pensan […]

Este striptease financiero me obligó a pisotear dos setas y un charco de barro para esquivar la vergüenza ajena que me inundaba y sortear rápidamente este grupo. Trabajosamente pude volver al camino, pero no por esto duró demasiado mi tranquilidad:

- […] un gilipollas oye… ¡Es que no me lo explico..! Si yo tenía echada la inscripción desde marzo… no sé porque me han tenido que dar de los últimos números. Seguro que ha sido el Carlos… sí, mujer… el marido de la rubia esa… el que es conserje de la oficina… ¡un gilipollas, ya te digo…! Pero si el otro día le fui a pregun […]

Enrojecido solo de pensar que el Carlos este pudiera estar por allí escuchando los gritos estentóreos de aquella energúmena, tuve que galopar bosque arriba para dejarla atrás, desoyendo las airadas protestas de mis gemelos (los músculos), pero solo para alcanzar un estrecho desfiladero (nunca mejor dicho por la riada incesante de gente que de uno en uno lo atravesábamos) del que no había forma de huir:

- […]pues el finde que viene iría con estos... pero no puedo, que tenemos ya reserva para Futuroscope... ¿Desde Bilbao…? Cinco horas o así…. Pero llevar bocadillos ¿eh? Que los autoservicios de las autopistas francesas te clavan y son una mierda… ¡y ni se os ocurra coger hotel dentro, oye…! Es mejor coger los que hay a la salida del peaje y tienen serv […]

Y así, adecuadamente instruidos sobre las mejoras formas de economizar en los desplazamientos a parques temáticos europeos, nos fuimos aproximando a la hora de la comida, mágico momento en el que por una vez al año, al recoger el sempiterno bocadillo de lomo empanado con pimientos, no siento remordimiento alguno por quebrantar seriamente mi dieta baja en casi todo. Unas diez ediciones de esta marcha han pasado bajo mis botas y ni una vez siquiera, ha cambiado el menú de la comida: Bocadillo de lomo con pimientos, fruta y vaso de vino (de Rioja, obviamente). Así que situados disciplinadamente en la cola del reparto, tampoco era posible escapar:

- ¡Anda..! Mira Almu… que guay ¡Bocadillos…! (Al repartidor) Oye… ¿Y de que hay…?
- A ver, guapa. Tenemos: de lomo con pimientos, de pimientos con lomo, de lomo solo y de pimientos solos. Estos últimos te los has de preparar tú quitando lo que no te guste.
- ¡Ah…! Jo… Pues.. […]

Levanté la vista asombrado hacia el irónico y un tanto literario repartidor, el cual por toda explicación me pasó con un guiño una de las bolsas de comida. Le sonreí, arramplé con mi vasito de Rioja, y salí a escape a pillar sitio para sentarme en la poca tapia que ya iba quedando libre junto a la preciosa ermita de los Lomos de Orio (muy propio el nombre..!). Al finalizar, nueva sesión de caminata. Una empinadísima cuesta y el estómago lleno, me disuadieron de intentar toda huida acelerada, de modo que vuelta a empezar:

- […] pues que Fernando se ha tenido que marchar.. arf, arf,..! Joder que estaba muy mal el tío…!
- ¿Fernando…? ¿Marchar a donde….? Arf, arfffffffff…..
- Al autobús… que no podía casi ni respirar, oye…. Se ha puesto muy malo… ¡Pero cómo le habéis dejado subir…! ¡Si ya sabéis que no se mueve de casa….! Arf, arf, arf…
- Joder… mira que se lo dije… pero el tío es un cabezón… que si que podía… arf… ¡esperadme , hostia…! arf, arf, […]

Procuré no obstante acelerar algo el paso, pues no quería estar presente en el momento en que se desplomara el próximo del grupo, evento que a juzgar por lo convulso de los rostros y los jadeos asmáticos de todos ellos, era más bien inminente. Al fin los últimos kilómetros de marcha, ya sin cuestas y por amplios caminos, te permitían sobrevolar retazos de amenas y relajadas conversaciones:

- (Uno) -¡Hombre Rober…! ¿Qué tal por África…? ¿Al final subisteis al Kilimanjaro…?
- (Rober) -Sí, tío... ¡Bah…! Pero ya no es lo mismo… ya no hay nieve en la cumbre… un rollo… además tienes que levantarte a las 12 de la noche para empezar a subir y poder llegar antes del mediodía…
- (Otro…) -¡Anda…! ¡Por eso llevas esa camiseta que pone “Kilimanjaro”…! ¡Yo que creí que era el refresco ese que había salido ahora…!!
- (Otra) -¡Joder, Rober…! ¡Pasa al final de la fila, coño….! O si no, deja de contaminar el parque natural con tus gases, tío…! ¡Que nos estás atufando…![…]

En fin, como veis, nada más enternecedor y beneficioso para la vida social que compartir una sana jornada de monte por esas frondas de Dios, con otros 856 aficionados como tú a la tranquilidad y recogimiento de los paseos otoñales. Está bien. Creo que ya estoy deseando que llegue el primer domingo de octubre del año próximo, sobre todo pensando (¡cómo no…!) en ese delicioso bocadillo de lomo empanado con pimientos rojos… mmmmmm… ¡365 días aún…!

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Dixit...

Aelius Hadrianus
Animula vagula blandula
Hospes comesque corporis
quae nunc abibis in loca
pallidula, rigida, nudula
nec, ut solis, dabis iocos

Jean Cocteau
Le verbe aimer est difficile à conjuguer: son passé n'est pas simple, son présent n'est que indicatif, et son futur est toujours conditionel

Fernando Sabino
O valor das coisas não está no tempo que elas duram, mas na intensidade com que acontecem. Por isso, existem momentos inesquecíveis, coisas inexplicáveis e pessoas incomparáveis

Raoul Dufy
La nature, monsieur, aprés tout, ce n´est qu´une hypothèse

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Amparowrote:
 
 Llego a ti desde "Escucha abandonada" de Goytisolo y quedo impresionada de tu espacio, cuantos libros, cuanta pintura, cuantísima poesía...arte y belleza, emociones y sentimientos. Te felicito, es todo un agradable rincón para perderse en tardes y noches como ésta de final de verano...yo también "hago señales sobre tus ojos ausentes" 
Sept. 9
MARISOL ...wrote:

hola
Pasé por acá para dejarte un saludo.
Gracias por tus comentarios.

Feb. 14
Dana Enriquewrote:
Me gusta saber que has vuelto a pasar por mi casa. También me alegro de que me recuerdes, sinceramente. Sé que viniendo de ti he de ser un recuerdo encantador. Yo...  también te recuerdo a menudo: puede que sólo sea cibernética, cierto, pero tu compañía es tan grande, amable e interesante que no estoy preparada para prescindir de ella. Aunque, tranquilo, haré poco ruido cuando ande por aquí... Feliz vida. Besos.
Jan. 8
Teresa S.wrote:
Hola, vengo aquí desde el Blog de Juanjo y descubro con agrado entre tus visitas a Solvvinge, cuyas Callecitas Estrechas me engancharon cuando yo era una recién llegada a la Blogosfera.
Me ha gustado lo que he visto (leído) en tu Space.
Un saludo y Feliz Año
Jan. 4
Carmenwrote:
Con mis mejores deseos y mi constante recuerdo...
 
 
Un beso.
 
Dec. 22