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9/23/2007 ¡Vincerò!Luciano Pavarotti interpreta "Nessun dorma" (Turandot. Puccini). Turín. 2006
Lo voy a hacer otra vez. Lo confieso. Pero en esta ocasión será,al menos, de forma consciente. Así que sepan Vds. que le voy a “robar” la entrada a Maria Romanov por todo el careto. Aunque solo conceptualmente, espero, ya que la verdad es que su último post sobre la muerte de Luciano Pavarotti, sobrio donde los haya, fue el disparador de una serie de coincidencias que me hicieron reflexionar sobre el luctuoso evento. Verán: ni soy demasiado dado a los loores post mortem de nadie, ni Luciano Pavarotti era un santo de mi devota bendición, vayan ambas cosas por delante.
Lo primero, porque me rechinchan un poco esas melifluas alabanzas de los muertos famosos (iba a escribir “ilustres” pero no hace falta ni que lleguen a ese nivel) por parte de gentes, entre las que me incluyo por supuesto, a las que quince días antes del óbito le preguntas por el nombre del tal personaje y con suerte te dirían el campo al que se dedica y nada mas, pero que al día siguiente de aparecer la noticia en todos los telediarios, se deshacen en sentidas líneas de despedida al “excelso músico”, “maestro de tenores” o incluso dan “gracias s Dios por habernos permitido tenerle entre nosotros”. Y en eso sí que ya no me incluyo. Véanse a modo de ejemplo los comments de cualquier video, de entre los cientos de Pavarotti depositados por estas fechas en los YouTube y similares.
Lo segundo porque Luciano siempre me pareció un músico más escorado, al menos en los últimos tiempos, a la grandilocuencia del espectáculo de masas (y de dólares), que a un desarrollo profesional comedido y centrado en el aspecto artístico. Si bien es verdad que muchas de estas “actuaciones” acabaron teniendo fines benéficos, actitud por la que fue internacionalmente reconocido, también es cierto que a veces nos hacia soportar penosos espectáculos como sus actuaciones, “cantando” (¿?) junto a individuos de la talla musicológica de Michael Jackson o Eros Ramazzoti. En fin, parece que su declive natural resultó mas pronunciado que en otros tenores como Domingo o Kraus, y en los últimos tiempos fue perdiendo el favor de la crítica musical que siempre le reprochó un excesivo apego a la electrónica amplificadora, poco compatible con las esencias del bel canto.
¿Y entonces...? Pues la verdad es que al escuchar el fragmento elegido por Elena para homenajear a nuestro difunto, me intrigó el que hubiera seleccionado ese precisamente en lugar del mas obvio a mi parecer, el aria más querida por Pavarotti y posiblemente la que más veces interpretó: el Nessun dorma (nadie duerma) del último acto de “Turandot” la opera de Giacomo Puccini. Cuando intenté buscar esta obra en los podcast habituales me encontré, entre otras muchas, con la versión que encabeza este post y que constituye la última actuación conocida del tenor en público, el 10 de febrero de 2006, en la inauguración de los juegos olímpicos de invierno de Turín. En ella un Pavarotti ya claramente tocado tanto física como vocalmente por la enfermedad, hace una sentida interpretación del aria ante la que, a la vista de los acontecimientos posteriores, es difícil no sobrecogerse.
Máxime cuando leía yo, a la sazón, la última obra de Fernando Savater “La vida eterna”, en la que nuestro sesudo pero afable filósofo, últimamente metido a martillo de nacionalistas, hace una sucinta recopilación personal de razones racionalmente razonables para el descreimiento en una vida eterna posterior a esta mortal, y por ende en el de cualquier postura religiosa basada en un “mas allá” o un Dios omnipotente. En la estela de ese nuevo ateismo científico militante de Dawkins o Crick, probable reacción a los rebrotados fundamentalismos islámicos o cristianos, Savater propone que la fe en la existencia de una vida posterior a la mortal y su derivada en la existencia de un Dios piadoso y paternal, no es sino un bálsamo elaborado desde los albores de la conciencia de la especie, para enfrentarse a la angustia insoportable que provoca en todo ser consciente saberse abocado a la desaparición irremediable. Pero, claro, a la naturaleza se la traen al pairo nuestras angustias, y cualquier pensamiento mínimamente riguroso no puede sino descartar por absolutamente apriorística y sin fundamento, toda exposición que intente dar fundamento mítico a la existencia de una vida ultraterrena que vaya más allá de un convencimiento personal, emotivo e irrazonado (o sea, una fe religiosa). A esta ancestral querencia por evitar el horror vacui que nos provoca la muerte es a lo que atribuye Savater esa sorprendente “inversión” lógica, por la que parece que son siempre los ateos (que no creen), los que están obligados a demostrar su postura, en lugar de ser los religiosos (que si creen) los que deberían intentar probar o justificar de alguna manera sus curiosas propuestas.
A pesar de todo esto, Savater concluye con un mensaje positivo y de esperanza: aunque nada nos rescatará nunca de esa angustia vital, las herramientas que la humanidad ha ido construyendo penosamente a lo largo del tiempo y que sí responden a la racionalidad como la filosofía, la ética, el arte, la ciencia, la justicia y tantas otras, pueden aliviarla y contenerla. Al menos en pie de igualdad con irracionales creencias injustificadas. En último extremo siempre persistirá ese indomable pulso del ser humano contra la ciega naturaleza, en el que aun sabiéndose ínfimo y mortal, se atreve a levantarse por un segundo y desafiarla: “no se cómo..., no se cuando..., pero ten cuidado conmigo, porque en algún momento ¡venceré!”.
Y este mismo, mágicamente expresado en unos minutos de música bellísima, es el simbolismo intenso que me erizó los cabellos cuando escuchaba el aria de Puccini cantada por Pavarotti: aún al filo de una muerte anunciada, contra toda esperanza, aún a sabiendas de lo inútil de mi empeño ¡Venceré! Con esa singular capacidad del arte para hacernos emocionalmente entendibles complejas relaciones entre las cosas o las ideas, con su potencia para conseguir que resulte intuitivo lo que requiere prolijas explicaciones para hacerse racionalmente entendible, en el desgarrado grito final del ¡Vincerò! se condensa esa abismal contradicción del ser humano que aspira a saberlo todo, a comprenderlo todo, pero está fatalmente enfrentado a su condición frágil y mortal, a su debilidad y su desaparición. No importa. No necesitamos bálsamos adormecedores. Podemos hacer nuestras las últimas palabras del aria y también, claro, las últimas de Luciano cantadas en público:
9/7/2007 Ana y los círculos-"¡Carlos, vamos...!”- me dijiste suavemente. Miré a mi alrededor sobresaltado y caí en la cuenta de que, salvo las señoras de la limpieza que esperaban abajo, y aquella pareja que descendía de las últimas filas, estábamos ya prácticamente solos en la sala. -"Si, si, vamos. Perdona..."- te contesté abstraído al tiempo que me levantaba de la butaca cogiéndote por la cintura. Sin darme cuenta me había ensimismado mientras pasaban los títulos de crédito, y seguía en cierta manera ensimismado, o más bien perplejo conmigo mismo, debatiendo mis sentimientos hacia la película que acababa de ver. Vaya por delante que Julio Medem es uno de mis directores favoritos, casi el único del que conozco prácticamente toda su filmografía (solo me falta por ver "La pelota vasca", pero ese film no se puede considerar propiamente una obra de ficción) y que por tanto posiblemente no sea imparcial a la hora de juzgar su obra. Ni en el aspecto positivo, ni en el negativo. Creo que una vez que alguien te ha cautivado en algún momento con una de sus obras, ya es difícil sustraerse al embrujo de su nombre y tiende uno a aferrarse en cada nueva obra a los sentimientos que nos despertó en aquella ocasión feliz en que te sentiste en comunión con él. Supongo que es algo común a todas las artes y a la mayoría de las personas, y algo que explica, en cierto modo, la persistencia del éxito de muchos artistas tras una obra acertada y también, cómo no, la tolerancia que se tiene hacia obras mediocres de creadores que, en el resto de las ocasiones, podemos considerar geniales.
Quizá por esa razón, en la oscuridad de la sala, no podía parar de comparar en una especie de borrachera visual, esta "Caótica Ana" que acababa de ver, con las obras anteriores de Medem, y muy especialmente con "Los amantes del Círculo Polar". Quizá solo porque esta es, sin duda, una de mis favoritas del cine español reciente, o quizá por la obvia razón de que sus dos protagonistas se llaman Ana. La primera semejanza, feliz, es la constatación de que estos filmes de Medem son autenticas "criaturas de cine", es decir obras surgidas por y para el regocijo de la vista, para el disfrute de las imágenes, historias contadas desde una faceta eminentemente visual. Ahora que tanto abundan las adaptaciones, más o menos logradas, de historias literarias o reales, se agradecen las obras nacidas en exclusiva para el cine. De la misma forma que siempre tenemos la sensación de que se pierde algo al ver una obra literaria que nos gustó adaptada al cine, también uno siente que estas obras de Medem perderían gran parte de su fuerza en cualquier medio que no fuera intensamente visual.
Otra semejanza que me cautiva es esa fascinación, compartida, de Medem por el universo femenino, por esa forma diferente que tienen las mujeres de interpretar el mundo: vital, positiva, pegada a la realidad, emocionalmente inteligente y muy, muy efectiva para lograr instaurar un equilibrio a su alrededor. Universo que el director capta en los diálogos o en las actitudes de sus protagonistas, donde la presencia femenina plantea siempre una salida posible, una opción de vida, frente a la inflexibilidad masculina, pero también y de forma apasionante, en la minuciosidad de una mirada, en la expresividad de un silencio, en la belleza de un movimiento suavemente armónico. También ambas películas se plantean con una estructura narrativa muy semejante, casi mimética, (que en “Los amantes…” llega a hacerse obsesiva), desarrollándose en forma circular y recursiva, en una madeja temporal que anticipa, de forma previa e incompleta, imágenes que solo adquieren sentido por las que vendrán después, y estas a su vez se explican por las que vimos antes aun sin entenderlas. Medem es un maestro en este “juego temporal circular” que a mí, personalmente, me subyuga. No recuerdo ahora quien dijo que todas las buenas historias deben terminar igual que empiezan: quizá por eso en ambas películas las primeras y las últimas imágenes están intensamente relacionadas, y si en “Los amantes…” son físicamente las mismas, en “Caótica Ana” lo son conceptualmente, pues aquellos círculos que en la primera son más explícitos: temporales, históricos, emocionales, (e incluso lingüísticos: los protagonistas son AnA y OttO que, como se ve, son nombres “circulares”), en esta son más metafísicos, interiorizados, comenzando por el leitmotiv de la reencarnación que al fin y al cabo no es sino el circulo supremo, en el que hacemos y rehacemos continuamente distintas vidas en busca de un mismo objetivo. Ese “mito del eterno retorno” que señala Mircea Eliade como común a todas las civilizaciones humanas.
Pero, desgraciadamente, aquí se acaban todas las semejanzas pues, en mi modesta opinión, “Caótica Ana” no alcanza, ni de lejos, la perfección narrativa y estilística de “Los amantes…”. Da la impresión de que el director hubiera querido dar otra “vuelta de tuerca” a los temas o los conceptos expuestos en aquella, resultando como era de esperar, un intento fallido, en tanto en cuanto “Los amantes…” es una obra cerrada y conclusa y todo intento de ampliación o revisión, degenera en un burdo remedo. Pero es que incluso la historia en si misma mantiene incongruencias lógicas o simplificaciones éticas muy groseras a mi entender que, aun aceptando lo que de fantástico o fabulístico tiene una obra cinematográfica, rompen el ritmo narrativo sacándonos del mundo de la ficción por el brusco choque con la lógica, rozando la artificiosidad o, peor aún, la pretenciosidad. No me importan las inverosimilitudes físicas, temporales o históricas en una obra cinematográfica, pero no soporto las inverosimilitudes lógicas, éticas o emocionales y siempre me producen un rechazo visceral (¿Cómo diablos hace un polizón para aparecer después de tres días en un barco de 5x2 m. sin ser visto hasta ese momento? ¿Qué satisfacción puede producir ensuciar el ojo de alguien para “reparar” todos los males del mundo? ¿No resulta un tanto simple la plasmación del “bien y el mal” absolutos tomando para ello clichés tan recientes como la guerra de Irak o los políticos estadounidenses? ¿No es un pastiche algo pretenciosos eso de “la madre de todos los hombre buenos”?).
En fin... que así se debatían en mi cabeza todos estos pensamientos mientras pasaban los títulos de crédito con la suave voz de Pedro Guerra, en una completa confusión entre mi fe en la capacidad de Medem como cineasta, y la insatisfacción íntima que me produjo esta última, y a mi entender, un poco decepcionante película suya. Solo salí, y muy dulcemente además, de mi malestar cuando al cogerte de la cintura -"Si, si, vamos. Perdona..."- mi mano pasó brevemente por el vuelo de tu falda… sin sentir lo que allí debería haber sentido, al tiempo que suavemente me decías: -“¡Carlos, vamos…!”-
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