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22/09/2006 De Algeciras a EstambulEl Mediterráneo en Estambul
"La escritura y sus consecuencias en las artes del libro Ibn Jaldún No sabemos a ciencia cierta si Abū Zayd Abdu l-Rahman ibn Muħammad ibn Jaldūn al-Hadramī (ابو زيد عبد الرحمن بن محمد بن خلدون الحضرمي. ¡si alguien puede leer esto por favor que deje un comentario!) pintó de azul alguno de sus inviernos, pero de lo que sí estamos seguros es que recorrió con holgura la distancia entre Algeciras y Estambul en una vida apasionante, y en un siglo, el XIV, no menos apasionante. Esta centuria, que vería el nacimiento de algunos de los grandes imperios como el turco otomano y el ocaso de otros con mas de dos mil años de historia como el bizantino, que asistiría a los primero vagidos de los estados modernos en España, Francia o Inglaterra y al apogeo de las ciudades estado italianas, fue en el que alcanzó mayor esplendor la cultura y la ciencia musulmana. En una frenética actividad cultural, traductora, viajera y docente, como suele ocurrir en las naciones o imperios que están próximos al comienzo de su declive, los hombres de ciencia, escritores, juristas, médicos y filósofos árabes consiguieron transmitir durante este siglo el gigantesco corpus del conocimiento antiguo greco-romano y parte del oriental, a las emergentes culturas europeas que tomarían, en poco tiempo, el relevo en el avance del conocimiento. Ibn Jaldún o Khaldun, según las distintas transcripciones, nació en 1332 en lo que hoy es el actual Túnez, avanzado ya por tanto el siglo XIV. Su familia, noble y del alto funcionariado, procedía de Al.Andalus cerca de la actual Carmona, donde uno de sus antepasados fue el médico y geómetra Abu Muslim Ibn Jaldun corriendo el año 1050. De allí hubieron de huir tras la conquista del reino sevillano por Fernando III. Sus estudios iniciales fueron de índole filosófica y legal, por lo que su campo de actuación lógico fue el de la política y la diplomacia. Efectivamente, Ibn Jaldún con su aguda inteligencia y sus dotes de escritor y orador, pronto pasó a prestar sus servicios en la corte Hafsí de Túnez y posteriormente en la Meriní del actual Marruecos. Allí vivió de primera mano las complejas intrigas de las cortes islámicas y, tras una revuelta contra el sultán de turno, en 1357 fue encarcelado en Fez durante dos años. Buscando una salida a su situación, pronto conocerá, como no podía ser de otra manera, a otra de las grandes estrellas del siglo: el poderoso visir de la corte nazarí granadina, nuestro viejo amigo Lisan Al-din Ibn Al-Jatib. El flechazo fue mutuo y deslumbrante, ambos hombres fueron amigos íntimos y compañeros de trabajos legales y literarios a partir de que Al-Jatib le acogiera en la corte granadina. Fue nombrado embajador de Granada en la corte de Pedro I, en los Alcazares sevillanos, donde vivió con intensa emoción el reencuentro con la tierra de sus antepasados y donde su habilidad y buenos oficios diplomáticos fueron una de las causas de los casi 100 años de prorroga que la historia concedió al reino nazarí. Cuando Al-Jatib se exilió definitivamente al magreb, Ibn Jaldún le siguió y vivió con gran angustia su persecución, cárcel y finalmente su asesinato. Este último y su propia impotencia para salvar a su amigo le impresionó tan vivamente, que decidió retirarse de la política activa y dedicarse por completo a la vida científica y literaria, estableciéndose en la actual Argelia donde, influido por las situaciones que había vivido, comenzó un estudio sistemático de la historia y sus causas. Tras una breve estancia en su tierra natal de Túnez, de nuevo las revueltas políticas le obligaron a viajar lejos, esta vez a El Cairo donde se asentó como Gran Cadí de la corte mameluca. La difícil situación en que la invasión de los mongoles puso al estado otomano hizo que este requiriera sus servicios, pasando a residir en Estambul y posteriormente en Damasco, donde adquirieron gran fama sus negociaciones con el mongol Timur Lang las cuales, haciendo uso de su prestigio personal y científico, consiguieron retrasar unos años el saqueo del imperio otomano. Una vez destruida Damasco y respetada su vida por expreso deseo de Timur Lang, volvió a El Cairo donde ejerció de profesor de la prestigiosa universidad Al-Azhar hasta su muerte acontecida en 1406. Fue en su etapa de Argelia donde comenzaría la redacción de su obra magna el Kitab al-‘ibar o Historia Universal, con su libro estrella: Al-Muqaddima o Prolegómenos. Esta obra dada a conocer en Europa a partir del siglo XIX es reconocida como el acto inaugural de disciplinas tales como la Filosofía de la Historia o de la Sociología. En ellas Ibn Jaldún da uno de esos saltos de gigante en el pensamiento que reconocemos como hitos significativos en la historia de la humanidad. Momentos en los que un nuevo sendero se abre, y un nuevo paradigma (en la nomenclatura actual de Khun) viene a iluminar el inicio del rumbo que otras mentes seguirán durante siglos. Por fin con Ibn Jaldún la historia deja de concebirse como un mero relato de hechos mágicos, de los deseos de los dioses o de las glorias de los conquistadores, y pasa a ser un intento serio de comprender las causas de cambio en las sociedades humanas. Lo radicalmente nuevo en Ibn Jaldún, y que nos deja atónitos dada la época en que fue escrito, es la ambición de delimitar las causas externas objetivas de tipo económico, natural, sociológico, o demográfico, que provocan los grandes movimientos sociales, las grandes olas cíclicas de la historia que son causa del ascenso y caída de los imperios, del avance y retroceso de civilizaciones enteras. Al fin y a la postre, lo mas fascinante de toda la gran obra de Ibn Jaldún: la confianza radical en que podemos a llegar a comprender racionalmente el mundo, el devenir histórico del hombre y sus sociedades, la convicción de que hay una razón que dicta lo que solo es un aparente caos de sucesos inconexos, la necesidad de establecer unas reglas rigurosas de actuación y clasificación que permitan fijar la certeza y objetividad de los hechos históricos. La esperanza, en fin, de que el ser humano es, en esencia, el dueño de su propio destino. ¡Que otra cosa podíamos esperar de un hombre que nació en el Mediterráneo y allí, de Algeciras a Estambul, se empapó del mas puro azul del Renacimiento!
“Ibn Jaldún concibió y formuló una filosofía de la historia Arnold Toynbee, A study of history
15/09/2006 25 años, 30 díasDora Maar. Picasso pintando el Guernica. Mayo 1937. Museo Picasso. París ¡Veinticinco años ya....! Una de las frases mas célebres en la historia vital, íntima, de cualquier persona. Cuando se cae en la cuenta de que han transcurrido veinticinco años (porque veinte todos sabemos que no son nada...) de cualquier suceso importante que pueda recordar, uno comprende finalmente que bastantes ciclos personales se han cumplido, que ciertos aspectos de tu andadura vital son ya definitivos, y que al menos aquellos recuerdos que promueven la reflexión forman parte ya, irreversiblemente, de la historia, mas grande o mas pequeña, individual o colectiva, que te ha tocado vivir. Así, en esta bochornosa mañana del verano madrileño, apoyado en la blanca pared de la sala del Reina Sofía, y sumergido en la inmensidad del Guernica desplegado frente a mí, el recuerdo retrocedía con una mezcla de añoranza y satisfacción hacia aquellos todavía ajetreados y compulsivos días de septiembre de 1981, cuando las noticias de los telediarios sobre la llegada del Guernica desde el MOMA de Nueva York se entremezclaban con la incertidumbre de los duros inicios de mi carrera profesional. Cuando los últimos coletazos informativos de la intentona golpista del 23 de Febrero de ese año, convivían con la íntima emoción de los titubeantes pasos de mi primer hijo. Fueron especialmente intensas las experiencias de aquellos días, íntimamente satisfactorias, la primera confirmación de que la dura apuesta personal efectuada casi 10 años antes por una sociedad diferente, por un mundo en el que cupieran todas las ideas, habían comenzado por fin a asentarse en esta tierra convulsa, y de que podríamos conseguir un mundo de bendita normalidad. Aquel símbolo del dolor primero, y de la rabia y de la rebeldía después, colgaba al fin de las paredes de nuestro museo como un cuadro mas, que podía visitarse en una tarde cualquiera de un día corriente de paseo. Hoy, que cumpliendo con una deuda largamente pospuesta, lo contemplaba al natural por primera vez, curiosamente no sentía una excesiva emoción al verlo. Quizá en parte por la intensa familiaridad con sus formas, con sus torturadas figuras, que me hacia reconocer al instante cada trazo, cada volumen... No en vano lleva presidiendo casi esos mismos veinticinco años la biblioteca donde ahora escribo, y aún mucho antes otros lugares de nuestra casa (gracias a ti por ese bellísimo regalo... ¡eso también forma parte de esta historia!). Quizá porque el austero blanco y negro elimina ese resto de sorpresa que los matices del color aportan a los originales sobre las reproducciones en la mayoría de las obras pictóricas que uno conoce. Quizá también porque la enorme carga personal, vital, que para mi es inseparable del cuadro, atempera su impacto estético puro. Pero la emoción o el placer acechan en cualquier rincón, y para mí en aquella luminosa mañana, ese rincón estaba al volver el acceso a la sala contigua del museo, allí donde se expone la colección de bocetos preliminares sobre los que Picasso preparó la ejecución de la obra. Fue todo un asombroso descubrimiento la aventura de seguir el proceso creativo del autor. Aunque Picasso había recibido varios meses antes el encargo del gobierno español de un mural para la exposición de París de 1937, bien por no sentirse atraído por la idea, bien por las compleja situación emotiva y personal que atravesaba en esas fechas, no había comenzado ningún boceto al menos de que se tenga noticia. El 26 de abril de 1937, la aviación alemana bombardea Guernica y el 1 de mayo de ese año las manifestaciones del día del trabajo en París fueron un reflejo del clamor mundial contra esa acción miserable. Las noticias de España, y sobre todo esas manifestaciones, parecen haber constituido el disparo del acto creativo del pintor. El mismo día 2 de mayo comienza a efectuar los primeros bocetos y estos se suceden con pasión hasta el 11 de mayo en que comienza la ejecución del cuadro. A partir de ahí, simultanea la pintura definitiva con el estudio de mas bocetos casi hasta el mismo 4 de junio, fecha en la que parece ser que lo da por concluido. Así pues, en poco mas de 30 días, se gestó una de las obras de arte emblemáticas del siglo XX y como en un mágico túnel del tiempo, seguimos minuciosamente el detalle de las ideas de su autor casi día por día. Podemos ver como desde el día 2 de Mayo hasta el día 5 trabaja obsesivamente sobre el tema del caballo moribundo y el guerrero muerto a sus pies. A partir de esta fecha elabora el primer boceto general de cuadro y desde ahí hasta el mismo día 10 comienza el trabajo intenso sobre los rostros femeninos aterrados y sobre todo en la figura de la mujer con el niño muerto. Es fascinante observar como difieren ambos procesos creativos. Mientras que en el caso del caballo y el guerrero explora numerosos enfoques y encuadres distintos, con multitud de diferentes orientaciones y expresiones, al final podemos observar con sorpresa como ninguno de los bocetos resulta ser demasiado parecido a la figura final: esta parece mas bien el resultado de una intuición última, repentina, basada en el trabajo realizado, por supuesto, pero que rompe bruscamente con la dirección que tan ardua elaboración había llevado. Por el contrario en el caso de la mujer con el niño, el proceso es mas gradual: durante varios días va elaborando cada detalle del rostro, de la postura, de la composición de ambas figuras hasta llegar a una síntesis de imágenes muy complejas, cargadas de multitud de ínfimos detalles, expresiones y símbolos. La figura plasmada finalmente en el cuadro es, en efecto, muy similar a la de los últimos bocetos, aunque simplificada en sus trazos para adecuarla al tono general de la obra. De esta manera ante mis atónitos ojos se transformaba el acto de creación en algo humano, familiar, algo próximo a nuestra comprensión, casi podía sentir al creador luchando con sus propias ideas, puliendo y refinando sus intuiciones, encontrando bruscamente soluciones definitivas o desechando al final, casi a regañadientes, ideas que se llevaron horas y horas de trabajo. ¿Cuánto tiene el genio de chispazo creador y cuanto de paciente trabajo de elaboración? Pues lo que nos salta a la vista desde los bocetos de Picasso en servilletas, trozos de papel de envolver, hojas sueltas, laminas, es que ambos aspectos son absolutamente necesarios y complementarios. Para mí, esa fue el placer y la emoción de esta muestra: sentir con hondura lo que de genial tiene el sufrido trabajo de refinado tanto como lo que de paciente tiene la búsqueda del brillante chispazo creador. Quizá el genio no sea sino dar con la óptima sintonía de ambos procesos y tener la capacidad , o el don, de poder fluir con soltura de uno a otro, de brillar en ambos con igual eficiencia, de tener la intuición de involucrarse en un proceso auto acelerado que desde múltiples creaciones brillantes pero difusas, nos lleva mediante un trabajo intenso de elaboración a una obra final acabada, única, coherente, equilibrada y que plasma con nitidez una idea propia. No, no sentí una gran emoción estética al contemplar aquel día, apoyado en la blanca pared del Reina Sofía, la magnificencia del Guernica desplegada ante mí. Pero sé que no podré evitar nunca mas sentir una densa e intima emoción, cada vez que deslice mi mirada por la humilde reproducción colgada en mi biblioteca. Sé que esas figuras traerán sin duda a mi mente aquellos trazos de lápiz, rápidos y nerviosos, sobre la hoja azul de un libro de notas, con los que un hombre luchaba por hacer aflorar y transmitir la belleza escondida en lo mas profundo de su intuición. ¡Que más podemos pedir a cualquier obra de arte!
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