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    8/31/2007

    La misma música de todos los veranos



    Iglesia de Sajazarra (La Rioja)

    Con este último día de Agosto, prácticamente finaliza también el verano, si no astronómicamente si en la práctica vacacional y festiva. A partir del lunes, todos volveremos a las caras serias y a las prisas por retomar todos esos trabajos pendientes que íbamos posponiendo de semana en semana un  tanto indolentemente (“Bueno… ahora en Agosto ya se sabe…”). Volverán a aparecer también las chaquetas que sustituirán a las camisetas y los zapatos a las deportivas. Incluso las odiadas corbatas volverán a ser de rigor en las sesudas reuniones, imprescindibles para marear esas perdices que casi nunca sirven para nada. Y llega así mismo el momento de hacer un personal balance de este Agosto que, por alguna razón, tiene en mi imaginario personal algo de culmen, de fin de etapa o de cierre anual, también a contrapelo de la astronomía o de la cronología oficial en este caso. Se ve que mis ciclos vitales no están demasiado sincronizados con los celestes.

    Y este Agosto no ha sido demasiado diferente del anterior. Las mismas situaciones un tanto depresivas por la añoranza o el desconcierto de una perdida nunca bien entendida, definitivamente mal asimilada (ya, ya… ya sé que por voluntad exclusivamente mía, lo sé, no hace falta que lo repitas… ¡Cómo si la atribución de culpas a este o al otro aliviara alguna vez la tristeza de una pérdida!) Quizá un poco mas atemperada esta vez por la paulatina lejanía en el tiempo, pero aún muy presente en mí ánimo en estas situaciones favorables al recuerdo y la añoranza. Cometí el error de ceder a la nostalgia y releer cartas, conversaciones, hasta discusiones y despropósitos. Mala idea definitivamente. Dolorosas recaídas en ese finale lento que desde entonces viene sonando con especial insistencia en estos largos días agosteños. Habrá que tener todavía un poco de paciencia, pero añoro aquellos agostos libres de lacerantes punzadas en el corazón, en los que los días corrían con apacible indolencia. De todos modos en estas jornadas postreras, algunas benditas manos, varias de ellas incluso virtuales, se dejaron asir para ayudarme a remontar esa melancolía. A todas ellas gracias, pero especialmente a ti, que me soportas día a día a tu lado, y sobre la que a veces descargo esa ira absurda que nos provoca nuestra propia incapacidad de entender las cosas. Tu presencia es ese inmutable referente de cordura y sosiego que siempre está ahí guiándome hasta el final de todas las tormentas. Ni siquiera sé si tiene sentido agradecer algo así. Pero lo hago. De todo corazón.

    Y como no, también recuerdos alegres. El mejor, sin duda alguna, y una de las estrellas de todos nuestros Agostos, el esperado Festival de Música Antigua de Sajazarra (FMAS), que este año cumplió ya su XVIII edición (¡Dios mío, y parece que fue ayer cuando empezamos este rito..!) A veces me hace hasta sonreír recordar la cantidad de veces que, durante las largas y grises mañanas de invierno de estas tierras norteñas, me quedo ensimismado frente a la ventana de mi despacho, mientras mis sueños me llevan en volandas hasta la bullanguera cola de entrada en la plaza del Ochabo, o a ese duro banco corrido de la iglesia de la Asunción, en el que esperamos con excitación el comienzo del concierto, o a sentir el denso calor que despiden las decenas de focos que alumbran, con brillo cegador, el magnífico retablo barroco bajo el que se sitúa el escenario. En pocas actividades siento esa peculiar combinación de placer estético, satisfacción personal y sentido del ritual como en estos conciertos del FMAS en la penúltima semana de Agosto.

    Este año dedicado monográficamente al canto, a la voz como instrumento musical, asistimos a cuatro jornadas, pues ni aún en el mismísimo Agosto se puede prescindir de todas las obligaciones que se acumulan en una semana completa. De las cuatro, dos más centrados en la “música culta” a cargo de los grupos Forma Antiqua (el día 21) y L’Albera (el día 22) y otros dos más en la “tradición popular” aportadas por Axivil Aljamía (el día 18) y Magios Ensemble (el día 23).

    Los dos primeros, imagino que por seguir alguna reciente moda en la organización concertista, ya que están todos ellos integrados por gente joven, estructuraron su actuación de forma muy similar: sobre una propuesta conceptual básica, a modo de hilo conductor, disponían piezas de los autores seleccionados que enlazaban unas a otras, casi sin solución de continuidad. Esto, unido al empleo de instrumentos replicas exactas de la época, y utilizando incluso de alguna veleidad escenográfica, (muy lograda O Morte Gradita de Stefano Landi interpretada por Forma Antiqua con la iglesia en penumbra, iluminada solo por unas pocas velas en el escenario) producen un impresionante efecto de “inmersión” en la música, que te deja casi sin respiración hasta el final del concierto. El primer grupo estructuró su selección de obras de Cazzatti. Monteverdi, Castello o Legrenzi hilvanándolos en la presunta evolución de un imaginario personaje que transita desde el galanteo cortés, al amor apasionado, al dolor del abandono y finalmente a la aceptación irónica y serena de su destino. El segundo, con música más antigua, casi exclusivamente del siglo XIV,  hacia uso de la tradición de los “bestiarios góticos” o recopilaciones zoológicas, a veces reales, las mas imaginarias, enhebrando piezas muy descriptivas de voces o sonidos animales de autores de la época, como “Tres doulz roussignolet” de Borlet, “Phyton le serpent” de Guillaume de Machaut o “Una Panthera” de Johanes Ciconia. Excelente interpretación en todos los casos y una refrescante forma de organizar y presentar los temas musicales.

    En los dos segundos también un tema dominante y omnipresente: la fértil amalgama cultural que las tres grandes culturas monoteístas: judaísmo, cristianismo e islam produjeron en la protoespaña del siglo XIV y XV. Y también aquí un hilo conductor: la bellísima tradición oral y musical sefardí como nexo de unión entre las tres culturas. De esta manera Axivil Aljamía ofreció una cuidadísima fusión, sin estridencias, entre la música andalusí y sefardí del Magreb y el cante jondo de este lado del estrecho que resaltaba la perfección con que ambos se engarzan, casi como dos piezas complementarias salidas del mismo molde.  Maravillosa la “versión jonda” de Pedro Sanz para un clásico sefardí como “Yo m´enamorí” o la adaptación andalusí de un “top” castellano como el romance de “La mañana de San Juan”. Digno de oírse. El segundo grupo, los canarios Magios Ensemble, presentó un diferente tipo de fusión: la producida entre la música tradicional sefardí de los judíos expulsados de la Península y asentados en las islas durante un siglo, del XV al XVI,  con la cultura propia de los isleños, entreviendo incluso como la tradición sefardí pudo influir en la aparición de algunos de los ritmos y formas musicales típicas de canarias. Muy curiosa su versión isleña de un clásico como “A la una nascí yo” en la que resultaban patentes, si se conoce algo el original sefardí, los equilibrios semánticos a que se veían obligados los judios  para no quebrar los preceptos censores de las autoridades eclesiásticas.

    Perfecta ejecución instrumental en todos los casos (soberbia la percusión arábigo-andalusí en especial la de Wafir S. Gibril y las interpretaciones de Marina Albero con el salterio y Jose Antonio Ramos con el timple) y rotundo éxito de público, como era de esperar, que aplaudió (aplaudimos) hasta rompernos las manos. Un año más, por tanto, recargadas a tope las baterías de ensoñación para los fríos inviernos que se avecinan. Que ustedes lo vean. 

     

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    8/24/2007

    Adio querida...


    Como sin duda la extensa marabunta de mis lectores saben, se celebra por estos días agostinos el XVIII Festival de Música Antigua de Sajazarra (FMAS) y con este motivo investigaba yo algunos romances musicados sefardíes, siguiendo la estela de mi apreciada Ms. Romanov, cuando me encontré con este “Adio querida”  (o "Adjo Kerida", en ladino normalizado) uno de los más populares entre la comunidad sefardita. Cuando lo escuché, la verdad es que me impresionó el directo y sobrio lenguaje, casi minimalista, con que expone la amargura del abandono por la persona amada, la rabia y la desesperación que inundan el alma en ese trance. Eso unido a su impactante música, la convierten para mí en una de las canciones de amor más tristes que haya escuchado.

    Me sorprendió también, investigando otro poquito, la curiosa polémica sobre si la melodía de esta canción sirvió, o no, de inspiración a Giuseppe Verdi para el aria “addio del passato” que canta Violeta, la protagonista de “La Traviata”. Según una difundida tesis, Verdi la conocería a través de una familia sefardí amiga suya, utilizandola para el tema central del aria. Pero la contraria arguye que la cosa no tiene sentido, pues un músico como Verdi nunca la copiaría tan directamente y que, en realidad, lo que sucedió fue lo contrario: algún cantante anónimo adaptó la música de Verdi a la letra del romance tradicional. O alguna, mas bien, porque ciertas especulaciones hablan de una tal Julie Cohen joven sefardí de Salónica, amante de la opera y partisana de vida aventurera durante la segunda guerra mundial, que pudiera haber cantado por primera vez el romance tradicional con la música de Verdi. Otro dato curioso es que esta romanza (en la versión serfardí) se utiliza también en una desgarrada escena de la película “The Governess” de Sandra Goldbacher (1998), una historia sobre una joven judía que abandona su hogar en el Londres novecentista. En fin… curiosidades sobre una melodía intensa, y que expresa bien el estado de ánimo, un tanto (bastante) depre, que arrastro por esos conciertos de Dios, en sintonía con este otoño adelantado que el cambio climático nos regala …

    Y para que podais terciar en la polémica, aquí os dejo la letra y unos cuantos enlaces con las músicas correspondientes: primero una versión muy ajustada (aunque incompleta, por la cosa comercial) al romance tradicional, de la cantante sefardí de Marruecos Françoise Atlan. Después una versión del aria "Addio del passato" da "La Traviata" de Verdi cantada apasionadamente por la bella soprano rumana Angela Gheorghiu y, para acabar, un pequeño trailer de la pelicula de Goldbacher con la escenita en cuestión. Pues eso... venga, a ver si me animo y escribo alguna letrilla sobre el FMAS de este año, que ya me vale la cosa. Besitos.

    Tu madre cuando te parió
    Y te quitó al mundo,
    Coraçon ella no te dió
    Para amar segundo.
    Coraçon ella no te dió
    Para amar segundo.

    Va, búxcate otro amor,
    Aharva otras puertas,
    Aspera otro ardor,
    Que para mi sos muerta.
    Aspera otro ardor,
    Que para mi sos muerta.

    Adío,
    Adío Querida,
    No quero la vida,
    Me l'amargates tu.
    Adío,
    Adío Querida,
    No quero la vida,
    Me l'amargates tú.

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    8/20/2007

    Tiempo de Cerezas

     
    Monserrat Roig 1946 - 1991 ...Moi qui ne crains pas les peines cruelles
    Je ne vivrai point sans souffrir un jour
    Quand vous en serez au temps des cerises
    Vous aurez aussi des chagrins d' amour...

    Le temps des cerises
    Jean Baptiste Clèment. 1867

    Vais a permitirme que comparta hoy con vosotros un pequeño ataque de nostalgia que me ha invadido esta mañana, silenciosa y traicioneramente como todos los de su especie, pero especialmente insidioso esta vez, quizá por lo inesperado de su aparición, o quizá por lo poco que tenía que ver con el aparente motivo de su despertar. Creo que ya he comentado en alguna ocasión el hecho de que una de las sorprendentes consecuencias de llegar a cierta edad, es constatar la frecuencia con la que los recuerdos, lo que hasta un determinado momento de tu vida son simples recuerdos, degeneran a veces en unos densos estados nostálgicos que te envuelven incluso días enteros. Es algo que puede suceder, y de hecho sucede esporádicamente, a cualquier edad, de acuerdo, pero asusta el imparable aumento de su repetición y cada vez con la más banal de las excusas. Veréis: todo ha surgido esta vez como consecuencia de una aparente minucia técnica relacionada con esos dibujillos de ahí arriba y que, en cierta medida, decoran (obviando mi proverbial mal gusto estético para estas cosas, claro) desde hace unos días este espacio. Por tal causa andaba yo, a la sazón, buscando algún motivo pictórico o alguna imagen curiosilla para colocar en el rotulín, cuando después de algunas pruebas, mas o menos satisfactorias pero algo grandilocuentes, (en una de ellas llegué a poner a Dios creador... pero se me antojaba un tanto excesivo...) pensé en incluir algún motivo floral o al menos vegetal, relacionado con la época del año en que nos encontráramos con la sana intención, además, de irlo renovando a medida que las estaciones cambiaran, pues tres meses parece un razonable equilibrio entre los cambios mareantes y el inmovilismo lapidario. Pensando, pues, en que motivo representaría con mayor justeza al verano, se me ocurrió que quizá las cerezas maduras, por ser una fruta casi exclusiva de esta época, unido a su indudable estética, serian algo adecuado al caso. Y ¡voilà! de esta manera surgió el rótulo de la cabecera.

    Pero los laberintos de la mente, esos “trous de la mémoire” que pintaba Magritte, son insondables y apenas eché un vistazo al banner terminado, me asalto de súbito esa frase que da título al post: “Tiempo de cerezas” y ya, sin poderlo evitar, el aluvión imparable del recuerdo de Montserrat Roig y su novela mas reputada: “El temps de les cireres”. Siempre me produce una intensa melancolía el recuerdo de Montserrat Roig. Imagino que por las circunstancias en que tuvo lugar para mí su descubrimiento: “Tiempo de Cerezas” fue la primera (y única, creo) obra suya que conocí y, a pesar de tratarse de un texto bastante anterior (esta firmado en 1976, año en que gano el premio Sant Jordi de las letras catalanas), yo lo leí sobre el año 89 o 90 con traducción al castellano de Enrique Sordo en una de aquellas ediciones baratas que por entonces solían publicar editoriales de tiradas masivas, para su venta en circuitos un tanto alejados de la librería clásica: quioscos de prensa, supermercados, etc.

    Quizá sería un tanto exagerado decir que la novela me impactó, pero al menos sí que sintonizó extraordinariamente en mi ánimo con los valores, anhelos, esperanzas y también, como no, con las desilusiones y amarguras que mi generación (que era la suya) arrastraba por aquella época de intensas transiciones políticas, sociales y personales que todos tuvimos que sufrir. Recuerdo que, al leer los datos de la autora en la contraportada del libro y ver que se trataba de una autora relativamente joven, (Montserrat nació en 1946 de forma que por aquel entonces tendría 43 o 44 años) efectué una de esas anotaciones mentales que los lectores solemos hacer con los escritores que nos interesan: “seguir trayectoria y publicaciones”. Pero las cosas no siempre toman el rumbo apacible que uno espera, y no había transcurrido ni un año escaso desde mi lectura de “Tiempo de Cerezas”, cuando en un rincón cualquiera de un diario matutino, me golpeó la noticia que aún hoy me produce un hondo sentimiento de tristeza: Monserrat Roig, “una de las firmes promesas de la literatura española”, había muerto en un balneario de Cataluña donde luchaba contra un despiadado cáncer de mama que le había sido diagnosticada apenas unos meses antes.

    No voy a llenar esto de datos biográficos que cualquiera puede obtener con un clic de Google, solo destacar que Roig fue una mujer que vivó intensa, apasionadamente apurando hasta el fondo, la vida y el tiempo que el toco vivir: feminista militante en una época en que la mujer no podía ni efectuar un alquiler sin consentimiento del padre o marido, nacionalista catalana y comunista del PSUC cuando tales cosas todavía podían ir unidas (o incluso separadas) con cierta dignidad, aunque te pudieran costar la vida, engañada y desengañada cuando los tiempos empezaron a mostrar que las utopías a la larga solo persisten para los que se sirven de ellas en su propio beneficio. Novelista, ensayista, guionista y presentadora de televisión, Montserrat representa, en mi bestiario particular, ese “tiempo de las cerezas” pleno, cálido y fecundo, en lo personal, en lo emocional, ese “tempo” vital ligado a la primera madurez, en el que has conseguido la mayor parte de tus anhelos, en el que sientes que empiezas a encajar, a encontrar tu sitio de verdad en el mundo, pero también en el que aun mantienes la juventud suficiente para poder ser (o para poder creerte a ti mismo, que al fin y al cabo es lo importante) una “promesa” en algo, para poder tener un íntimo convencimiento de que tus acciones van contribuir un día a cambiar o mejorar ese mundo del que empiezas a dominar los resortes. Uno de esos periodos (quizá el único, quien sabe) en el que puedes sentirte sereno y en equilibrio con una existencia que has ido construyendo en una trayectoria que, por vez primera, puedes contemplar como algo homogéneo y personal.

    Ese breve, muy breve, tiempo de cerezas que pronto caerán del árbol para anunciarnos el otoño inevitable, en el que tantas cosas cambiaran, desaparecerán o mudarán de aspecto. Tiempo, otra vez, de cambio y zozobra como la primavera, pero precursor esta vez del frío y final invierno. Fue ese tiempo de cerezas en el cual, por esos sin sentidos estúpidos que tiene la vida, se detuvo para siempre la trayectoria fecunda de Monserrat Roig, privándola a ella de conocer el mundo que empezaba a aflorar después de tanta lucha, y a nosotros de disfrutar la belleza que su especial sensibilidad y pasión era capaz de plasmar en las obras que salían de su pluma. A pesar de que “Tiempo de Cerezas” fue una de sus primeras novelas y después escribió al menos otras tres de importancia, nunca me he visto capaz de volver a leer cualquiera de ellas, aunque sí he releído esta. Supongo que el triste sentimiento de conclusión, de fin de una esperanza que me produjo su muerte, me ha mantenido en una especie de bloqueo emocional de lectura, como si la radical imposibilidad de esa espera de nuevas obras que me hice a mí mismo, se hubiera trasladado de forma absurda, pero emocionalmente intensa, al resto de sus libros publicados. Espero algún día salir de ese bloqueo y poder volver a dialogar con Montserrat. Será como un bello reencuentro pues, al fin y al cabo, ese es el privilegio del que disfrutan los buenos escritores: su voz puede permanecer por siempre hablándonos al oído, en ese suyo, personal, dulce e inmutable para siempre ya, “tiempo de las cerezas”.

     

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    8/13/2007

    Compromisos




    Leía con un cierto malestar esta mañana un artículo de Rosa Montero sobre la discriminación que imponen las empresas contra las mujeres que desean ser madres y compatibilizarlo con su trabajo. Relataba Rosa en su columna como había presenciado los consejos que una presuntas compañeras, en una conversación sorprendida por casualidad, daban a una joven mujer con aspecto ejecutivo sobre la inconveniencia de plantearse la maternidad en la situación laboral que ella (o todas…) atravesaban, y de cómo esto iba a afectar negativamente a su carrera profesional.  De este hecho deducía la articulista que este tipo de discriminación afecta muy gravemente a la mujer, como una persistencia importante de una marginación más propia de otro tiempo que del actual.

    Mi malestar surgía básicamente, no de la discrepancia con la autora sobre la injusticia de estos comportamientos empresariales, que pueden existir y son deleznables, o de la constatación de que la mujer ha debido luchar duramente por defender sus derechos en una lucha que todavía se ha de extender por una cuantas décadas más antes de alcanzar cotas razonables de equilibrio. No. Mi incomodidad nacía de la sensación de que la atribución básica del problema que se estaba comentando en la pequeña charla entre las compañeras de trabajo, se debiera en exclusiva o de forma preponderante, a la contraposición de su condición femenina y el mundo laboral. Es decir, que el artículo parecía desprender  la tesis de que tal discriminación se iba a producir por el mero hecho de ser mujer, más que por el de tener un hijo. Me repele un poco ese tipo de victimismos “a cosa hecha”. Creo que existen causas más complejas que una activa o deliberada marginación de la mujer para estos problemas. ¿Alguien se imagina a una empresa contratando a una joven ejecutiva con el plan preconcebido de marginarla luego, cuando quede embarazada…? Es difícil. Pero, a cambio, no me cuesta nada imaginar a una gran empresa marginando a cualquier ejecutivo, hombre o mujer, que no dedique el  130% de su tiempo a la empresa. Por la causa que sea.

    Creo que una de las causas de este equívoco se basa en esa especie de marasmo hedonista que ha invadido de cabo a rabo la sociedad y, en virtud del cual, toda actitud sacrificada o simplemente esforzada, es tenida por ridícula o cuando menos superflua. Es realmente sorprendente la poca cantidad de esfuerzo o molestia que la mayor parte de las personas, sobre todo jóvenes, están dispuestas a aportar a la consecución de cualquier logro personal por nimio que este sea. Se extiende por la sociedad la sensación de que todos tenemos “derecho” natural a la consecución de cualquier cosa que anhelemos, independientemente de su costo y por supuesto  del esfuerzo que estemos dispuestos a invertir, (a ser posible ninguno).  En general se piensa que son “el estado” o “la sociedad” quienes  tienen la obligación de proveer la consecución de estos deseos. Pareciera como que el abaratamiento que la sociedad de consumo genera en los bienes materiales, debería extenderse sin más a los bienes sociales o espirituales. Esta indolencia lleva a caer en extremos ridículos como a hablar de lo “difícil “ que está la adquisición de una vivienda propia (¿alguien ha preguntado a la generación de la posguerra en los años 40 o 50 del pasado siglo, que facilidad tenían para conseguir una vivienda en propiedad..?) o de la imprevisión del gobierno frente a las nevadas del invierno, o los calores del verano, como si estos fueran algo sorprendente o facultativo, o las demandas a la ciencia para encontrar una píldora para la obesidad (sin dejar de atiborrarse o de estar tumbado en el sofá, claro) o para dejar de fumar (sin tener que combatir el deseo a seguir haciéndolo, por supuesto) o el derecho a tener un empleo de calidad (pero mejor sin tener que tener que “perder” el tiempo o la juventud estudiando u opositando a ser posible .)

    Doy por supuesto que esa tendencia que comento es una cuestión de estadística social, y que por lo tanto, no tiene aplicación directa e inmediata a un individuo particular. Siempre será posible encontrar a una persona concreta que sea esforzada, voluntariosa y trabajadora, pero por desgracia opino firmemente que el ambiente social que se respira no va en ese sentido, y que los valores del esfuerzo personal están claramente a la baja.  En el caso que nos ocupaba al comienzo ¿Qué se supone que debería hacer la empresa de nuestras ejecutivas en este caso..? ¿Reservarle el puesto de trabajo e impedir el ascenso de todo el resto de sus compañeras durante los 5 o 6 años que dure la infancia de su hijo para no discriminarla? ¿Desdeñar la disponibilidad continua de una persona sin este deseo, frente a la intermitencia de la suya solo por haber optado por tener un hijo..? ¿Debería la empresa tener este mismo comportamiento con otro empleado o empleada que hubiera decidió hacer una carrera universitaria de 5 años, o dedicarse en profundidad al voluntariado social, pongamos por caso…? ¿Es que el hecho de tomar la decisión de dedicar esfuerzo y vida a la crianza de un hijo no ha de tener ninguna implicación…? ¿Realmente alguien cree que todo puede seguir igual…? ¿Qué no hay que renunciar a nada…? Es una injusticia  y una inmoralidad expulsar a alguien de su puesto por decidir tener un hijo, pero tampoco se puede pretender que la paternidad, o cualquier otra decisión vital importante, no tenga ninguna repercusión sobre la vida laboral, sobre todo en determinados niveles de responsabilidad.

    La lucha debe ser porque esta renuncia, esta carga, no tenga porque recaer necesaria o únicamente en la mujer por el hecho de ser mujer. Hoy día el varón puede asumir o compartir muchos de esos esfuerzos (e incluso ahí entraríamos en alguna polémica biológica…). Pero alguien: uno, otro o, preferiblemente,los dos,  tiene que hacerlos. ¡Un hijo no es “gratis”..!! La más de las veces la consecución de algo implica la renuncia a otra cosa. Me hubiera parecido más razonable que el artículo de Montero hubiera reflejado la situación en que las compañeras previnieran  a la mujer, de cara a su futura maternidad, sobre la posible actitud de su pareja, más que sobre la de su empresa. En este, como en muchos otros temas, me da la sensación de que la interpretación que la gente  común da a la liberación femenina, es la de sustituir el sacrificio de la mujer por el sacrificio de nadie, en una especie de “sálvese quien pueda”, o los abusos del hombre por los abusos de todos, en una actitud revanchista suicida para las relaciones humanas, generadora de ese desolador paisaje de egoísmo y soledad que algunos autores contemporáneos como Houellebecq retratan de tan estremecedora pero convincente manera.

    Quizá merezca mas la pena concienciar a las personas (hombres y mujeres) de que el hecho de criar un hijo, alcanzar un logro intelectual, o dedicarse al servicio de los demás son hechos por los que merece la pena renunciar (o, en la mayoría de los casos, simplemente aplazar) ciertas prebendas materiales que en el fondo son puramente superfluas. Y que tal cosa es loable, admirable y generalmente proporcionará mucha más satisfacción vital que el triste logro de cuadrar  el balance de tu departamento mejor que la pécora de al lado, o haber conseguido este año un 3% más de productividad que esa cría que acaba de entrar en la empresa y que viene dando codazos.

    En fin… ¡Vaya post reaccionario que me ha salido esta vez…!! Creo que voy a tener que cambiar mis lecturas mañaneras. Dudo si será efecto de la senilidad o de la depresión post vacacional, pero que le vamos a hacer… quede ahí la cosa para que me podáis poner como chupa domine… ¡sobre todo las féminas, claro...!! Aceptado de antemano.

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