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6/28/2007 Lunas mansasHoy me ha venido a los ojos mientras desayunaba, un artículo de Luis Antonio de Villena sobre Al Berto (Alberto Raposo Pidwell) poeta “maldito” portugués nacido en Coimbra en 1948 y muerto en Lisboa en 1997. Poco que añadir a la doctoral reseña de Luis Antonio, pero no podía evitar el trazar, mientras leía el artículo y el poema seleccionado, paralelismos con ese otro gran poeta de la misma generación como fue nuestro Jaime Gil de Biedma, también arrastrando su fama de maldito, de inconforme o “peligroso social” como en aquel tiempo denominaban las dictaduras franquista o salazarista, a quienes hacían de sus opciones sexuales o vitales cuestión de estado o, peor aún, de delito.
No sé si quizá por lo rápidamente que en estos 10 últimos años ha evolucionado esta cuestión, quitándole hierro moral o, simplemente, porque la buena poesía adquiere “per se” ese valor intemporal, coincido con Villena en que la vida y los temas “malditos” de ambos poetas se atemperan notablemente en las obras cumbre de su antología, como si el tremendismo, los excesos, o el sufrimiento de la marginación destilaran esa buena poesía reflexiva, serena como un mar calmado ya tras la intensa tempestad de la noche. Serena sí, pero con todo el inmenso poder de la destrucción latiendo todavía amenazante, dentro de ellos. Serena porque la obra, al fin, trasciende la existencia marginal y transgresora, pero desvalida en el fondo, de sus creadores, dejándonos el poso de la belleza, de la juventud y las ansias de vivir como un faro que arrastró aquellas tormentosas vidas en un tiempo nada fácil para ellos y que culminó con la suprema injusticia vital de su prematura y penosa muerte.
En ambos autores son también sorprendentemente comunes las formas claras de los textos, huyendo de formalidades métricas, que adquiriendo la forma de una “prosa rítmica” más que de una estructura poética clásica producen esa sensación de serenidad y profunda calidez humana. Estas formas poéticas que, me da la impresión, tan bien sintonizan con el espíritu estético en la poesía actual y que puede rastrarse en casi todos los autores de la generación posterior y contemporánea (Almudena Guzmán, Ángel Erro o el propio Luis A. Villena entre los que hemos citado por este espacio alguna vez) y que proporcionan el soporte ideal para esa desgarrada tensión emocional entre el platonismo contemplativo de la belleza pura y el vitalismo exaltado de quien ansía gozar de todos los placeres de los cuerpos (¿recordáis Pandémica y Celeste…?). Cautivadora dualidad que me resulta poderosamente atractiva, íntimamente reveladora, personalmente subyugante. También a veces, muchas veces, penosamente dolorosa.
El domador de Lunas
estamos apoyados en una roulotte bebemos sangría Al Berto Lunas suaves. Enredadas en ese licor que disciplinadamente bebemos para que solo haya deseo y no amor entre nosotros. Luminosas lunas, lunas apaciguadas, lunas tristes. No. Quizá mejor no abrir los ojos antes de que se evapore la dulce jaula de las lunas mansas.
6/18/2007 Lost in translation
Sin duda me había quedado dormido un rato, porque no recordaba haber visto entrar a aquella pareja que trasteaba con las maletas a pocos centímetros de mí. El suave balanceo del tren, que me había adormilado al poco de la salida de la estación, les hacía ahora a ellos dar graciosos traspiés mientras colocaban, entre risas contenidas, los bultos en los asientos enfrente del mío, al otro lado del pasillo. Al rato, cuando se sentaron después de su breve pelea con las leyes de la inercia, puede advertir que se trataba de un chico y una chica muy jóvenes, probablemente recién inaugurada la veintena, que se movían dando la inevitable impresión de agilidad patosa tan característica de su edad. El aburrimiento propio de la situación y esa curiosidad morbosa que siempre nos despiertan los compañeros de viaje, hizo que me fijara más detenidamente en ellos al tiempo que se acomodaban. Él, con el pelo rapado muy corto, vestía con esa eterna uniformidad masculina, que independientemente de las modas propias de cada tiempo, hace de cada chico un representante indistinguible del resto de la masa de sus coetáneos: en este caso, camiseta de manga corta, sin cuello, ceñida, color granate oscuro, con las pertinentes inscripciones en inglés de algún grupo musical o secta urbana o vaya vd. a saber que, pantalón de color claro indefinido entre el gris y el crema con múltiples bolsillos, y rematado todo ello por unas zapatillas deportivas sobredimensionadas que, más que cordones, pareciera que tuvieran alguna dolencia inflamatoria en la lengüeta. Ella vestía una blusa azul celeste cubierta por una fina chaqueta blanca de punto, de esas que parecen haber sufrido un violento proceso de encogimiento súbito, pues fuera de las mangas, que conservan su tamaño natural, el resto a duras penas consigue cubrir los senos, a los cuales, por supuesto, conducen la mirada masculina con total docilidad. Complementaba con un pantalón de loneta de corte militar, verde oscuro, cogido con largos lazos a la altura de los tobillos y unas finas deportivas de ante azul marino y adornos blancos, que rápidamente quedaron abandonadas en el enmoquetado piso del vagón, cuando su dueña recogió los pies sobre el asiento, descubriendo unos graciosos calcetines de rayas multicolores. Cuando, ascendiendo desde los llamativos calcetines, mis ojos llegaron al rostro de la chica, una leve inquietud me recorrió: sin duda era muy bella, con esa belleza indolente y despreocupada de la juventud extrema, casi recién salida de la niñez, pero a pesar de ello me pareció recordar vagamente haber visto su rostro en alguna otra ocasión. Me resultaba conocido. No sabría decir muy bien la razón de esa sensación de familiaridad, pero juraría haber estado mirando esa cara con anterioridad. Quizá por su pelo, de un precioso color tostado, entre rubio y pelirrojo, fino y cubierto de ondas que desde la tenue raya de la cabeza caían desmadejadas con gracia, desparramándose con abundancia sobre los hombros, en perfecto contraste con la chaqueta blanca. La leve brisa del aire acondicionado, o quizá solo el movimiento propio de los pequeños gestos de asentimiento, hacían moverse suavemente las elásticas volutas doradas, que tan pronto cubrían la mitad de su rostro, como dejaban descubierto un grácil cuello, terso e inquieto, produciendo una relajante sensación de brisa o de pausado movimiento, que sintonizaba a la perfección con el silencioso deslizar del paisaje nevado que dejaba ver la ventanilla que enmarcaba su silueta. Casi instantáneamente me vino a la mente el mar, la brisa marina, el sonido de las olas rompiendo. ¿El mar…? Mi intriga crecía por momentos, cuando los ojos de la joven se volvieron hacia mí: con la sensación de reconocimiento y el esfuerzo de memoria, sin duda la estaba mirando muy fijamente, pues ella mantuvo un instante mi mirada entre sorprendida y molesta. Sus ojos eran espectaculares: grandes, de un increíble verde aguamarina, luminosos, profundos, con algún reflejo azulado, enmarcados por unas cejas finas y muy oscuras. Las pestañas largas daban profundidad a la mirada y producían una perturbadora sensación, mezcla de inteligencia y dulzura, con ese punto justo de seducción que hacía difícil resistirse a mantener la vista en ellos un segundo más. Sin duda era consciente del magnetismo de sus ojos, pues en una fracción de segundo, mientras yo intentaba obedecer a la necesidad protocolaria de apartar ya la mirada, el enojo se evaporó de su cara, esbozó una levísima sonrisa y volvió la vista, despreocupada, hacia su compañero que la hablaba. No se entendía la conversación desde mi posición, ni yo pretendía tal cosa, pero sus labios moviéndose y sonriendo eran también muy hermosos. No podría decir que fuesen grandes, más bien… llamativos, sensuales y muy expresivos, con tendencia al mohín cariñoso, a remarcar la expresión o la dicción. Desde el luego, no tenía la más leve sombra de maquillaje, ni adorno alguno, pero sin duda la blancura un tanto insólita, transparente, como luminosa, de la piel hacia que destacara el suave color rosado de los labios con rotundidad. Todo el rostro, de ovalo levemente alargado con facciones suaves y pómulos altos, aunque no remarcados, quedaba iluminado por esa blancura diáfana que, curiosamente, no producía un efecto enfermizo o frágil, todo lo contrario: algo así como una dulce firmeza o una amable determinación. Sin duda la sensación de lánguido abandono de quien está a gusto consigo mismo. Me sobresaltó la voz de la megafonía anunciando la próxima estación. El tren se acercaba a mi destino. Con un gesto de fastidio, abandoné la pretensión de recordar donde había visto a la chica, y me concentré en recoger con prisas el galimatías de auriculares, revistas, apuntes y libros que tenia montado a mí alrededor. Al poco, con todo amontonado de cualquier manera en el pequeño maletín y la chaqueta a medio colocar, me incorporé a la improvisada fila que se estaba formando en el pasillo central del coche para alcanzar la salida. Al dejar el asiento, dirigí una última mirada a mi misteriosa muchacha: se había dormido inclinada sobre el hombro de su chico, y el rostro sereno, relajado, estaba enmarcado por los cabellos, que colgaban libremente por un lado y le cubrían el hombro por el otro. Por un instante volví a sentir la intensa punzada de la belleza y esa sensación de "déjà vu" tan peculiar. Y por fin, mientras caminaba por el pasillo, el recuerdo me golpeó como un martillazo: ¡Botticelli..!! ¡Eso era… ¡ !Sandro Botticelli y sus bellísimas muchachas! Venus. La primavera. ¡Claro! Sí, sí... Efectivamente, ahí estaba todo: los dorados cabellos ondulados, los jugosos labios, la brisa marina, la luminosidad de la piel… ¡Ahá..! Instintivamente me volví raudo buscando una última vez su rostro y… ¡plaf! ¡Perdón! El hombretón con una gran bolsa que se había situado a mi espalda, dio un respingo al sentir mi codazo y me miró con desaprobación: -¡Perdón!- repetí, mientras seguía caminando a traspiés por el pasillo, intentando inútilmente volver la cabeza hacia atrás. El tren frenó y, para mi desesperación, la cola aligeró el paso al irse apeando los viajeros. ¡Maldita sea...! pensaba con rabia, mientras el de la bolsa me empujaba, cada vez mas enfadado, pasillo adelante. Al llegar a la plataforma, ya resignado, dirigí una última mirada hacia el interior del vagón: Allí al fondo, sobre la moqueta, sobresaliendo del brazo de un asiento, colgaba desmayadamente un pie. Lo reconocí enseguida, claro, entre otras cosas porque (¡pobre Botticelli…!) estaba envuelto en un gracioso calcetín de rayas multicolores.
6/10/2007 Raices y Puntas
¡Au... Agggsh..!! Cuando sentí el agudo dolor y el brusco tirón en la manga, no pude por menos que detenerme, intentado desesperadamente soltar la zarza que sobresalía sobre el estrecho sendero y que se había adherido como una lapa a los tejidos (textil y epidérmico) de mi brazo. La pausa forzada, mientras extraía las agudas púas y me frotaba desconsolado el rasguño, me hizo ser (dolorosamente) consciente de la explosión vegetal que los primeros soles y calores de esta primavera anormalmente lluviosa habían desatado. Todo contribuía a dar un aspecto lujurioso al monte que me rodeaba, lo que unido a ese silencio profundo y denso, que tanto nos desconcierta a los urbanícolas, le otorgaba un carácter íntimo y arropador, como un cálido regazo verde que invitara mas al reposo y al sueño que al esfuerzo montañil. Así que, haciendo caso al sentido común y olvidando las perentorias llamadas del GPS a cumplir con el itinerario previsto, me senté un rato frente al esplendoroso paisaje que tenía a mí alrededor. El monte Toloño con sus casi 1300 m de altitud sobre los que ahora cabalgaba, me otorgaba una vista excepcional. Hacia uno de los lados, el suroeste, rielando bajo el sol cegador del mediodía, una inmensa planicie detalladamente cuadriculada, era recorrida por dos finas líneas verdes que convergían sobre otra más gruesa que espejeaba con amplios meandros. Eran las arboledas de los ríos Oja y Tirón alimentando con sus aguas al caudaloso Ebro, y regando, hasta donde se perdía la vista, los viñedos de La Rioja. Allá abajo relucían el denso caserío de Haro, los castillos medievales de Sajazarra y San Vicente de la Sonsierra y a lo lejos cerraba el paisaje la inmensa mole, aún coronada de nieves, del pico San Lorenzo. En sus laderas, Ezcaray y San Millán de la Cogolla solo eran visibles con los prismáticos que sostenía sobre mi pecho. Al girar la cabeza hacia el este, para seguir con la vista el curso del Ebro, la llanura parecía agotarse. La mancha urbana de Miranda empujaba la mirada hacia la tupida red de finas líneas que, desplegándose desde allí, parecían converger hacia un profundo tajo abierto en el muro que cerraba el paisaje al sur. Todas aquellas carreteras, vías férreas y autopistas se precipitaban ahora por la estrecha hendidura del desfiladero de Pancorbo el cual, burlando las estribaciones de la poderosa cordillera cantábrica, las permitía derramarse sobre los campos todavía intensamente verdes de La Bureba burgalesa. Allí los prismáticos a duras penas me daban un vislumbre de Briviesca. A su vera, vigilantes, los altos riscos de Cellorigo y La Muela parecían todavía acompañar al conde burgalés Fernán González y al alavés Vela Jimenez a proteger aquel estratégico paso a la meseta de las acometidas anuales de las huestes del califato de Córdoba. Finalmente, y volviendo ya la vista hacia el noreste, todo rastro de llanura desaparece: los montes se superponen unos a otros, difuminándose gradualmente desde el verde intenso hasta el azul neblinoso. El Ebro se hunde en ellos por los riscos de Portilla en busca de las agrestes tierras del norte castellano, donde el valle burgalés de Losa y el alavés de Valdegovía, lindantes ya con los territorios vizcaínos de Orduña, acogen en su regazo los recónditos lugares de Berberana y Valpuesta. Más al norte, otro profundo tajo en la cadena montañosa señala el paso hacia la llanada alavesa que, invisible desde aquí, es dominada por un segundo gigante nevado que cierra el horizonte en la lejanía: el emblemático monte Gorbea, una de las cimas donde Mari reina ya sobre el corazón de Euskadi. Calmado ya un tanto el dolor del antebrazo, una suave paz interior me fue invadiendo poco a poco mientras juntaba en mi cabeza las piezas que tenia ante mí. Aquellas tierras que desde mi atalaya divisaba todo alrededor, un vasto círculo de unos cien kilómetros de radio, formaban, claro está, el sustrato de mis raíces personales, el lugar donde nací. Pero también eran el sustrato y la cuna de algo mucho más trascendente que cualquier historia personal: aquí dió sus primeros pasos este idioma que ahora mismo compartimos. Cuando, rondando el año 1000, los señores de la guerra astur-leoneses, hablantes del galaico portugués, repoblaron estas tierras como bastión contra los árabes, lo hicieron con los vascones del norte y los navarros del oeste, gentes todas ellas que se comunicaban en la ancestral lengua vasca. Pero no solo habitantes eran necesarios para la repoblación. Junto a ellos una tupida red de monasterios se encargaba del soporte espiritual y organizativo de la sociedad que nacía. Demasiado pequeños para ser vistos desde mi posición, yo sabía que aquellas tierras de allí abajo abrigaban no menos de ocho monasterios, de los cuales cuatro aún siguen en activo. En ellos, los monjes benedictinos y franciscanos, escribían largos códices en latín eclesiástico en una minuciosa tarea de salvaguarda del conocimiento. Como todas y cada una de las veces que veo este paisaje, esta tierra de fronteras y cruce de caminos, de agrestes montes protegiendo fértiles valles, no puedo sino maravillarme del milagro que hizo que, en los albores del primer milenio, aquel latín contaminado de vascuence y galaico, aquella lengua mezcolanza, impura y caotica que monjes, soldados y pobladores de estas tierras empezaron a usar para poder entenderse en la vida común, fuera poco a poco dando cuerpo a uno de los pilares culturales de la humanidad. Cuando algún ignoto monje escribió en aquella jerigonza popular los comentarios en el margen de los Códices Emilianenses de San Millán, allá a mi derecha o, antes aún, otro redactó los Cartularios de Valpuesta, a mi izquierda, seguro que no eran conscientes de que estaban dando a luz una de las más formidables construcciones culturales de occidente. Desde este corazón verde que tenía ante mí, aquella lengua mestiza arrancaría con un impulso tal, que un milenio más tarde llegaría a dar cuerpo y voz a los pensamientos de más de cuatrocientos millones de personas extendidas a lo largo y ancho del planeta. Pero finalmente, con meditaciones o sin ellas, era imposible ignorar por más tiempo aquel pitido, suave pero insistente, del dichoso aparato: “30 minutos por debajo de la previsión”. Al levantarme con un suspiro y dar un último vistazo circular a aquella tierra donde nació este nuestro idioma, no podía entender, una vez más, que extraña ceguera nos impide ver lo estéril, mezquino y cerrado de la pureza. Pureza racial, pureza idiomática, intelectual o de lo que sea. Puras entelequias. Una y otra vez la historia en mayúsculas y la vida, en minúsculas, se encarga de recordarnos que la autentica fertilidad, el gran potencial creativo de la humanidad, solo está en el mestizaje, en la hibridación, la mezcla, en el compartir ideas y valores, adoptar como propio lo bueno de los otros, cederles como suyo lo mejor de lo nuestro. Mientras me bajaba cuidadosamente la manga de la camisa sobre el rasguño, y ajustaba las cinchas de la mochila, recordé que ya iba siendo hora de almorzar… ¡ y estaba seguro que el bendito prado que Gonzalo de Berceo, notario de San Millán, describió en aquella torpe lengua aún balbuciente, no debía pillar muy lejos de aquí!! Yo maestro Gonçalvo de Verceo nomnado,
6/1/2007 Alba y Ruth
Alba y Ruth son primas. Como en los últimos catorce años, casi desde que empezaron a andar, vuelven a cumplir el rito anual de subir a estos montes cada primavera en compañía de medio pueblo, en esta extraña y orgiástica fiesta, que para ellas todavía no es sino una forma más de entender el complejo mundo de los adultos, ese en el que determinadas cosas están prohibidas…, salvo algunas veces que no lo están. En el que ciertas actitudes están muy mal vistas… excepto en algunos momentos, de algunos días muy especiales, en que no lo están. Veces y días que hay que conocer y evaluar cuidadosamente, porque sus normas no se pueden escribir en ningún libro. Nada excepcional, por supuesto, solo un hecho más de los importantes para saber vivir, esos que nunca se aprenden en la escuela, sino observando, desde que sabes andar, con los pequeños ojos muy abiertos, a la gente a la que quieres y que te quiere. Alba y Ruth son muy distintas. Alba es menuda, delgada, un puro nervio coronado por trenzas. Su cuerpo, ya casi femenino del todo, no para de moverse ni un solo minuto con la música, saltando, colgándose de sus amigas, subiéndose encima de las mesas, formando corros de baile, chinchando a esta o besando a la otra, sentándose, al fin, unos minutos bailoteando impaciente mientras los músicos descansan. Basta el primer trompetazo de la charanga para que, como un resorte, Alba brinque al centro de la caseta dando botes al ritmo del bombo y así una y otra vez una hora y otra toda la tarde. Ruth es más tranquila, aunque no demasiado tampoco…. Pero sus buenos metro setenta y tantos de estatura impresionan para tan poca edad, y contribuyen a dar ese aspecto sereno a su figura… sensación que poco a poco se esfuma cuando advertimos la tensión de un cuerpo flexible como un mimbre, pero a la vez recio y que emana una extraña sensación de fortaleza vigorosa. Baila y salta como todos, pero las mas de las veces parece observar desde un prudente distancia. Habla y habla, sobre todo habla, con el resto y se aprecia un gracioso esfuerzo, más infantil que coqueto, por ofrecer un aspecto atractivo. Todo su empeño es intentar arrastrar a su prima Alba de la caseta de la peña, para perderse por el tumulto fuera del control de los adultos. Alba y Ruth son, pese a todo, muy semejantes. Como primas cómplices, han crecido juntas, han ido a la guardería y al colegio juntas, y juntas inútilmente intentan hoy escapar de la vigilancia de sus madres que, sutil pero implacablemente, controlan todos sus desplazamientos por entre el gentío. Ellas observan, entre complacidas y añorantes, las sensaciones adolescentes de sus hijas, pensando quizás, que quedan muy pocos años para poder disfrutar sin trabas de sus emociones, de sus risas juveniles, de sus inocentes contubernios, antes de que los estudios, los novios o simplemente la vida adulta, les hurten su compañía. La madre de Ruth está además especialmente pensativa. Algo ha tenido que explicarle ya, desde luego, respecto a su piel de un bellísimo color azabache, suave y aterciopelado, sobre su altura, inusual entre las compañeras de su edad, o sobre las miradas asombradas o incrédulas que recoge a su paso. Pero sabe que pronto será ineludible ampliar esas explicaciones a su origen, en un bello y lejano continente, o a las informaciones sobre su Etiopía natal, de la que un día salió en sus brazos como un bulto diminuto. Hoy mientras la mira bailar con su prima en el grupo de amigas del barrio, solo espera saber salir de ese duro trance con el mínimo daño posible para su niña. Alba y Ruth son una bella metáfora. Un símbolo vivo de nuestra esperanza en que un mundo mejor y más humano es posible, un mundo en el que la xenofobia sea una estúpida rareza, y sus instigadores unos seres mezquinos, más dignos de compasión que de atención. Un mundo en el que alguien pertenezca a un sitio, o a todos los sitios, porque su corazón está allí y no porque lo ponga (o incluso aunque lo ponga, como en el caso de Ruth) en algún plástico con chip infalsificable de alta tecnología. Una humilde pero contundente demostración de que, como personas, nada de lo humano, por muy lejano que nos parezca, no puede, ni debe, resultarnos ajeno, porque nos lo podemos encontrar… ¡incluso bricando en la peña de al lado….!
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