Carlos's profileCarlosPhotosBlogListsMore Tools Help

Blog


    5/22/2007

    Pasión veneciana



    Por suerte o por desgracia pertenezco a una generación a los que todavía las alusiones al patrioterismo y la exhibición desmesurada (en tamaño o cantidad, indistintamente) de banderas y escudos, nos enciende atávicos pitorros de alarma y, cual si fuera un chute de adrenalina, nos predispone más a la huida o a la lucha, que al sentimiento. Supongo que será por ello por lo que nunca he podido sentir grandes arrebatos de orgullo patrio y, por ejemplo, las hazañas automovilísticas de este, o los mandobles de raqueta de aquel, siempre me han dejado un tanto frio. Que yo recuerde, así al pronto, solo hay dos excepciones a esa personal regla y, curiosamente, a las dos he podido dar satisfacción estas semanas. A saber: oír hablar a alguien que nació en otro continente con las mismas palabras que mi madre me enseñó, y pasear por las salas del Prado bajo la mirada atenta de cinco siglos de arte. Ambas cosas me llenan de una íntima y silenciosa sensación de orgullo que incluso a mí mismo, me toma por sorpresa las más de las veces. Y en el Prado estuve esta semana, quitando el mono que ya se acumulaba de tantos meses de ausencia. Y como no podia ser de otra manera... en la exposición de Tintoretto

    La pintura del bueno de Jacopo Robusti, (al que arrastrar toda su vida el apodo de Tintoretto, por lo del negocio del padre, no sé si le haría mucha gracia…) nunca fue algo que me llamara mucho la atención, pero no tuve más remedio que quitarme el sombrero frente a la acumulación de lienzos que se había conseguido para esta exposición: setenta obras expuestas en impecable orden cronológico. Toda la evolución del veneciano, desde las primeras obras de juventud hasta las pintadas pocos meses antes de su muerte estaba nítidamente desarrollada en la monumental galería vestida de azul ultramar para la ocasión. Vaya por delante que el estilo manierista del XVI nunca fue mi favorito en pintura, pues la farragosa acumulación de leyendas mitológicas e historias bíblicas (si es que no son lo mismo…), me parece un empeño un tanto alejado de la sensibilidad pictórica de nuestra época. Confieso, pues, que acudí a la exposición mas como acompañante pasivo que como espectador activo pero, ya puestos, reconozco que al final quede atrapado por el embrujo de las imágenes. Dos conceptos y un cuadro, son lo que más llamaron mi atención y lo que conservaré, supongo, en la memoria de aquella primaveral tarde madrileña (y alguna otra cosilla..., que la tarde fue preciosa no solo por Tintoretto… ya sabes…)

    El primer concepto es la intensa sensualidad de algunas de las obras de su primera época. Prácticamente todos los pintores de este periodo tienen cuadros de desnudos femeninos, ya que los temas mitológicos (¡y no pocos religiosos…!) dan abundante material de este tipo, pero la verdad es que en cuanto a erotismo real… en fin… digamos que las fofas carnosidades blanquecinas de Rubens o Tiziano, no son lo más apetitoso para la sensibilidad erótica de nuestra época. Por ello me sorprendió haberme quedado pegado a “Venus, Vulcano y Marte” o  mejor al “Tarquino y Lucrecia”, con autentico deleite sensual. Su mórbida carnalidad, los aterciopelados cuerpos femeninos, juveniles, dinámicos, y ese detalle casi surrealista del “Tarquino…” con los personajes y los objetos (estatua, cojín, ¡las perlas del collar…!!) suspendidos verticalmente en el aire mientras caen, como si la agresión los hubiera congelado en el tiempo… ¡fascinante…! Sin duda la pasión que tanto los críticos como los defensores del joven Tintoretto atribuyen a su obra, tendría su correlato en otros campos menos… etéreos…

    El segundo concepto es la fuerza intensa de las imagenes de ancianos del veneciano. Aunque la colección de retratos era extensa, me pareció que los de ancianos, superaban con creces a los otros en la agudísima penetración psicológica de los personajes. La pesada carga de la senectud, atemperada por la serenidad de contemplar la vida desde la distancia de una experiencia larga y densa, los ojos líquidos y fatigados, la mirada triste pero serena, el sentimiento de digno respeto que emana de los personajes, más allá de prepotencias ya para ellos caducas… en fin… algo difícil de describir, pero que se capta al instante delante de la tela. Bellísimo el contraste del granate de la capa y la blanca barba de Jacopo Soranzo o, rizando el rizo, ese perturbador "Autorretrato", prácticamente la última obra de Tintoretto, con casi 80 años y que parece mirarnos como si estuviera ya fuera del mundo.

    Y el cuadro… como no podía ser menos, fue ese cautivador “Lavatorio” que forma parte de la colección propia del Prado, por tanto de mi pequeño orgullo provinciano, y cuyos portentosos azules refulgían acunados por el fondo marino de la galería (Vicente Lleó llega a sugerir que fue escogido pensando exclusivamente en él). A pesar de que parece la típica nimiedad de los guías, no pude por menos que maravillarme ante el hipnótico efecto del punto de vista del espectador frente a la elaboradísima perspectiva del cuadro. La obra, por su ubicación en la iglesia de San Marcuola en Venecia, fue diseñada para ser vista en escorzo desde el lado derecho, y solo desde ahí adquieren sus personajes la cabal conexión espacial y las proporciones precisas que dan unidad al conjunto. Por ello, pasear lentamente desde ese lado derecho hasta el izquierdo y regresar (mide casi 5 metros y medio) sin dejar de mirarlo, es como un sutil ejercicio de dibujo, un tanto mareante, en el que vamos viendo las líneas cambiar, los objetos moverse, las proporciones mutar, los personajes agrandarse o empequeñecerse, como un pequeño milagro de la habilidad pictórica… algo que nunca, mis queridos lectores, se podrá apreciar en una fotografía, que además suelen estar sacadas de frente rompiendo la unidad del conjunto y por tanto la magia del cuadro. Así que en la próxima visita al Prado, si no lo habéis hecho ya, no dejéis de buscar el “Lavatorio” de Tintoretto y daros un pequeño paseo por ese abstracto mundo de líneas y perspectivas, arquitecturas azules y atmosferas densas. Toda una experiencia… ¡en menos de 20 segundos! Pero merecen la pena.


    Tintoretto. El lavatorio. Museo Nacional del Prado. Madrid

    inicio

    5/14/2007

    Las lágrimas de la Historia



    Atardecer en el puerto de Salónica. Grecia

    Arvoles yoran por luvyas
    I muntanyas por ayres
    Ansi yoran los mis ojos
    Por ti, kerida amante
    Torno i digo: ke va ser de mi
    En tierras ajenas yo me vo murir


    Romanza tradicional sefardí

       

    P (LT.C. Brookhart U.S. Army:): ¿A cuántos judíos en total se reunió y envió desde Grecia?
    R (Dieter Wisliceny NDAP SS): Había más de 50.000 judíos; creo que se evacuó a unos 54.000 de Salónica y Macedonia.
    P: ¿En qué basa usted su cifra?
    R
    : Leí un informe detallado de Brunner dirigido a Eichmann una vez se completó la evacuación. Brunner se fue de Salónica a finales de mayo de 1943. Yo no estuve en Salónica entre primeros de abril y finales de mayo, así que Brunner llevó a cabo la acción solo.
    P: ¿Cuántos transportes se utilizaron para enviar a los judíos desde Salónica
    R: Entre 20 y 25 trenes de mercancías.

    P: ¿Y a cuántos se envió en cada transporte
    R: Había al menos 2.000, y en muchos casos 2.500
    P: ¿Cuál fue el destino de estos transportes de judíos desde Grecia
    R: Auschwitz en todos los casos.
    P: ¿Y qué se hizo finalmente con los judíos enviados a Auschwitz desde Grecia
    R: Fueron enviados sin excepción a la llamada "solución final"
    P: Cuando dice usted que a los judíos llevados a Auschwitz se les aplicó la "solución final", ¿a qué se refiere?
    R: Con eso me refiero a lo que Eichmann me había explicado usando el término "solución final", es decir, que fueron destruidos biológicamente. Por lo que sé de las conversaciones que mantuve con él, esta aniquilación tuvo lugar en las cámaras de gas y los cuerpos fueron después destruidos en los crematorios.

    Actas de los juicios de Nüremberg.  Vigesimo sexto dia. Jueves, 3 de enero de 1946

     

    El esplendoroso sol primaveral que lucía en la calle, el primero desde hacía casi 20 días, no invitaba a oír una conferencia, aunque el fresquito del aire acondicionado que ronroneaba en la sala paliaba un tanto la tentación de salir a pasear al frescor de los jardines de la casa de cultura. Allí se inauguraba el II Ciclo de Cultura Sefardí, y en la mesa se sentaban dos figuras de altura en los estudios sefardíes actuales: la profesora Alisa Ginio de la Universidad de Tel Aviv y la profesora Rena Molho de la Universidad Panteion de Atenas. Ya desde la presentación de sus intervenciones, el relajante y musical acento judeo español de Moshe Shaul,  vicepresidente de la Autoridad Nacionala del Ladino de Tel Aviv, con su bonachón aspecto de abuelito contador de cuentos (“…aqueste çiclo que ainda comença…”) nos hacia ir olvidando poco a poco el placentero solillo primaveral del exterior e irnos sumergiendo  en un mundo excitante, una especie de mágica resurrección del castellano medieval y de un tiempo casi perdido en la bruma de la memoria histórica, donde íbamos a centrar nuestra atención, un año más,  en la apasionante historia del éxodo de los españoles de etnia judía decretado por los reyes católicos en 1492, su constitución como grupo social, su cultura y su periplo por los pueblos y costas del mediterráneo.

    Después de las protocolarias presentaciones, la profesora Ginio, en su impecable castellano, centró en el espacio nuestra posición mental mostrándonos, en un prodigio de claridad expositiva, la procedencia interna y los flujos migratorios de los aproximadamente 200.000 judíos que salieron de España entre 1492 y 1512. Sin una sola diapositiva de PowerPoint, ni siquiera un puntero laser, con la sola expresividad de su voz y el orden implacable de su exposición, los allí presentes seguimos a la perfección, como en un viaje de ensueño, la expansión de la comunidad sefardí desde  sus orígenes en Castilla, Galicia o Andalucía hasta Marruecos, Sicilia, Grecia, Ismir o Estambul. Apenas recuperado el aliento, tomaba el relevo la profesora Molho para profundizar en la historia de una de los colectivos tradicionalmente más grandes e influyentes de la comunidad sefardí hasta el siglo XX: la que habitaba en la próspera ciudad de Salónica a orillas del mar Egeo.

    Molho , nacida ella misma en Salónica y sefardí por supuesto, en un gracioso castellano más parecido al ladino de Moshe Shaul, fue desgranando la habitual conferencia científica, con su despliegue de datos estadísticos, secuencias de fechas, sucesiones dinásticas y crisis políticas e incluso acontecimientos espectaculares como el gran incendio de Salónica a principios del XX.  Así nos enteramos de que Salónica era una ciudad en la que casi 100.000 personas hablaban judeo español, que esta lengua se convirtió en la "lingua franca" del comercio marítimo del Egeo y que más de 30 barrios diferentes con nombres como Kal Kastiya, Kal Aragon, Kal Katalán tenían sus propias sinagogas, leyes y servicios sociales de un nivel totalmente inusitado para la época. Todo resultaba muy interesante, y después de casi una hora, la conferencia llegaba a su final, cuando la profesora comenzó a hablar de la conquista alemana de Grecia en 1941. Todos observamos como su voz se hacía más pausada, y aumentaban también sus errores de pronunciación o sus balbuceos luchando con algunas palabras, y todos lo atribuimos a lo largo, y sin duda fatigoso para ella, del tiempo de la exposición.

    Pero, poco a poco, según iba detallando las acciones de la administración alemana en Salónica, la creación del gueto judío, la obligatoriedad de llevar un distintivo en la ropa, las primeras ejecuciones masivas..., una espesa sombra se fue posando sobre todos los asistentes, un nudo empezaba a enroscarse en las gargantas cuando explicó cómo se obligó a los ancianos del consejo sefardí a elegir a los que serían deportados en trenes de ganado, cómo se destruyeron barrios enteros con sus habitantes dentro. Finalmente, Rena calló un momento.  En medio de un silencio que se podía cortar con un cuchillo, sostuvo  sus papeles en la mano tembolorosa, nos miró un segundo, y apartándolos a un lado, dijo con un hilo de voz: “en fin… hay muchos datos del mismo tipo”. Tomando la hoja final se dispuso a leer la última línea de su conferencia: “De los apenas 50.000 sefardíes que quedaban en la ciudad de Salónica en 1942, unos 48.000 fueron deportados a Auschwitz, de los cuales…” Aquí esa voz, definitivamente, se quebró. Calló de nuevo, mirando fijamente a la mesa. Después de unos instantes, cuando levantó la cabeza hacia el auditorio, ninguno pudimos ver ya a la profesora  de la Universidad de Atenas. Las cifras, las estadísticas, la precisión científica, habían sido barridas por lo que todos con nitidez imaginamos: la sonrisa de un abuelo, la foto gastada de un tío, el recuerdo de un hermano, el desgarro de un padre. Carraspeó, y sin dejar de mirarnos terminó con voz ronca: “… de los cuales, apenas regresaron 1.500. Muchas gracias”.

    A pesar del estruendoso aplauso que resonó acto seguido y las palmadas afectuosas de Moshe Shaul, todos y cada uno de los allí presentes pudimos ver en aquellos ojos claros, las tristísimas lágrimas con que se escribe la Historia.

     

    inicio

    5/8/2007

    Arbus y los monstruos



    ¿Por qué tenemos esa tendencia tan fuerte a presuponer que alguien bello (perdón: guapo, ¡si me oyera mi profesor de arte... aquel santo varón...!) pues eso: porque creemos que alguien guapo va a ser también espiritualmente atractivo: inteligente, sensible, comprensivo..? ¿ y porque tendemos a olvidarnos rápidamente de cualquier persona físicamente poco agraciada…? Comprendo muy bien la fascinación de aquellos con especial sensibilidad artística por el concepto de fealdad, e inclusive el de monstruosidad. Los violentos e impactantes contrastes que el mundo de la fealdad repulsiva, de la monstruosidad deforme, introduce en los criterios estéticos o las agudas contradicciones que la dualidad fealdad física / belleza espiritual (o su contraria obviamente) generan  en la apreciación de lo que es o no es bello, difícilmente escapará a la percepción de alguien con especial sensibilidad para la captura de lo hermoso. Quizá por este hecho casi todos los grandes artistas, sobre todo de la imagen: pintores, fotógrafos, escultores en menor medida, han explorado el tema de la fealdad y sus contradicciones: desde los enanos y bufones de Velázquez, pasando por las viejas arpías de Goya, hasta las imágenes descarnadas de seres deformes o marginales de la fotografa Diane Arbus.

    Pero  el caso de la neoyorquina opino que es algo diferente:  además de la fascinación, digamos "usual", por las contradicciones de la fealdad, todos sus biógrafos (Patricia Bosworth, como referencia canónica) señalan en ella un profundo sustrato psicopatológico proveniente de una infancia y juventud sobreprotegida, emocionalmente represiva, con un modelo social (el “american way of life” de los años 40) basado en la ocultación o la negación de lo desagradable, en el rechazo de todo aquello que no es “triunfador”, “agradable”, “educado”. Por ello creo que las imágenes de “freaks” de Arbus, crudas, directas, en primer plano, sin contexto, casi todas en blanco y negro, para que ni siquiera un poco de color amortigüe la fealdad intensa, no pretenden hacernos sentir piedad alguna por el retratado, ni siquiera intentar captar su mundo interior, más allá del miedo perpetuo o el tristísimo abandono en que suelen vivir sumidos. Tampoco creo que pretenda contraponer su feo aspecto a sus posibles bellas virtudes. No muestra virtudes, solo repulsión. Creo que son solo una excusa, o un medio, para dar una bofetada a nuestra sensibilidad, para decirnos “¡Existen!!” “¡Aunque no queráis verlos están ahí!”, “¡No vais a poder cerrar los ojos a lo feo, lo monstruoso, lo desagradable, lo muerto...!” Una tardía rebelión interna contra el mundo, hipócrita hasta la asfixia, en la que la toco crecer (sus padres judíos ricos en el mundo de la alta peletería) y vivir (trabajando con su marido en la élite de la fotografía de moda). Hipocresía que fracturó de tal manera su equilibrio emocional, que acabó separándose de su familia en 1959 y suicidándose en 1971, después de una última fase de su vida dada a todos los excesos y abandonos.

    Afortunadamente, no conocía todas estas cosas cuando entré deprisa, corriendo y eligiendo sobre la marcha, con la cartelera delante (como siempre: ¡qué vergüenza!), a la película de Steven Shainberg  An imaginary portrait of Diane Arbus” subtitulada, un poco tontamente, en español como “Retrato de una obsesión”. Y digo afortunadamente porque, aunque salí de la proyección con una sensación decepcionante y de obra fallida, de haberlas conocido imagino que hubiera salido mas bien totalmente indignado. La verdad es que me parece un desperdicio absoluto la utilización que Shainberg hace de la historia de la Arbus, compleja, difícil y exprimible donde las haya. En mi humilde opinión estos directores americanos, salvo contadas y honrosas excepciones como Lynch o Allen, harían mejor en dedicarse a spidermans y similares y dejar estas cosas psicológicamente complicadas a los europeos, ¡Ja ja ja..!! Bromas aparte, la verdad es que da un poco de grima imaginar que hubiera hecho un Rohmer, un Kieslowski, o el citado Lynch (para no pecar de anti-americano), incluso un Amenábar o Medem, con una historia así. (Almodóvar no hace falta imaginarlo: hubiera hecho una comedieta costumbrista de las suyas de siempre).

    La película es tonta, pacata y tramposa. Es tramposa desde la primera imagen (o el título en inglés), cuando nos muestra un cartel en el que se advierte que la historia narrada no es real (¡cómo va a serlo..!, imagino que Arbus se hubiera partido de risa), sino una ficción “inspirada” en la vida de la fotógrafa. ¡Pues para hacer una ficción, haz una ficción, y no tomes como coartada comercial o temática el nombre, la imagen o la biografía escabrosa de una persona pública! Y además es tonta porque creo que no acaba en  ningún momento de expresar con exactitud la complicada y torturada mentalidad de alguien que sufre un vuelco psicológico del calibre del de Arbus, abandonando vida, familia, y creencias, para sumergirse en un mundo demencial, del que la creatividad artística no es sino un subproducto. Personalmente, viendo la película, la actitud de la protagonista, más me sugería las veleidades de una niña bien, malcriada y aburrida a la busca de aventuras sexuales, que el desmoronamiento psicológico de alguien presionado por un mundo hipócrita hasta el vómito.

    Y, finalmente, me parece pacata porque, a la postre, reproduce con prodigiosa exactitud, los mismos tópicos o aberraciones de esa sociedad norteamericana que Arbus quería combatir, o al menos denunciar: esa melosidad bien pensante y edulcorada en la que todo parece salir de un mundo perfecto y bonito. Así, resulta, que puestos a elegir monstruo, nos quedamos con uno peludo, muy de peli de terror, muy mono (hasta se peina y se perfuma las greñas el pobretico…), una adorable persona, culta, paciente y comprensiva,  que más pareciera el Chewacca de la guerra las galaxias o el Sr. Bestia de la Bella, y que vive en una casa tan esmeradamente “ruinosa”, que hasta el color de los desconchones de la pared hacen perfecto juego con el damasco de las colchas. La verdad es que los monstruos que fotografiaba Diane tenían “otro” tipo de monstruosidad más inquietante y repulsiva, una marginación más feroz y descarnada, una fealdad mas drásticamente disuasoria, que la de este adorable peluche. Y pacata también porque toda la carga asocial de la historia, parece reducirse a partir de media película, a la frustración sexual de la protagonista, (la cual, para más inri, se remarca cuidadosamente que ni siquiera es de su coleto, sino debida al abandono erótico en que la tenía su marido), y que esta palia enamorándose ñoñamente del peludito y haciendo el amor con él…. Pero ¡eso si…! afeitándolo previamente, claro, (es decir: eliminando su monstruosidad) ¡No vaya a parecer que pensemos que se puede hacer el amor con un monstruo..! ¡No, no…! ¡Quita, por Dios…! ¡Qué asco, oye….!

    En fin… lo dicho:  una lástima de película. Ahora, eso sí: a la Kidmann ni tocarla ¿eh? ¡Pero qué guapísima que es esta mujer, leches...!! A veces es tan guapa que duele. Lo único reprochable es verla actuar en ñoñeces como “Eyes wide shut” o este remake cultureta de “La bella y la bestia”. Ainsssss… si es que donde esté un Amenábar...

    inicio