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29/04/2007

Insostenibilidad



Branislav Kropilak. Factory (2005). Ultrachrome sobre aluminio

"La Tierra no es una herencia que nos hayan
regalado nuestros padres, sino un préstamo
que hemos de devolver a nuestros hijos"

Proverbio indígena americano

Dura palabreja para pronunciar con un mínimo donaire (y que ni siquiera está en el diccionario). Pero tanto ella como su antónima, la sostenibilidad, van a entrar a formar parte definitivamente de nuestro léxico y de nuestro modo de ver la vida, sin duda. Más y más a medida que pasen los años y empiecen a ser notorios los efectos del duro maltrato a que hemos sometido al planeta. Y cuando digo “hemos” quiero decir todos nosotros, aunque ya sé el tópico de las grandes empresas, y los beneficios del capital, y toda la literatura de rigor. Es verdad, pero también lo es que solo pensamos en el daño al planeta que hacen “los otros”, el que le hacemos nosotros es solo una cosa de ná, sin importancia, en todo caso mucho menos relevante que nuestra comodidad, a la que tenemos “derecho” porque nos la hemos “ganado” o pagado, que tanto da.

Pensaba en ello el otro día mientras veía un reportaje de una asamblea en mi ciudad contra la instalación de una central térmica de gas de ciclo combinado en las proximidades de la misma. Cuando la cámara recogía una panorámica de los asistentes, sentados en las cómodas butacas del salón de actos climatizado donde se celebraba el evento, pensaba yo en cuantos de aquellos concienciados ciudadanos tendrían en sus cocinas una placa vitrocerámica o cuantos un aparato de aire acondicionado en su salón, o cuantos un teléfono móvil o internet permanentemente conectados a la red eléctrica, o una televisión en cada estancia de la casa. Me imaginaba el enorme cartel que presidía la asamblea: “TÉRMICAS NO”, con la pequeña adición de una línea en letra pequeña, de esas de los anuncios de créditos instantáneos: “TÉRMICAS NO, *vitrocerámicas si”. Perdonadme, no soy un partidario de que se contamine el aire, ni soy un facha que está contra el movimiento ciudadano, pero de verdad que me asusta la absoluta incoherencia de los planteamientos que hacemos. La cruda realidad es que la mayoría de aquellos preocupados ciudadanos no hubieran levantado ni una pestaña si la instalación de la central se hubiera propuesto a 300 Km. de allí en cualquier dirección. En realidad el cartel decía: “TÉRMICAS NO, *aquí: ponédselas al vecino”.

No soy un técnico en la materia y no conozco con detalle los pros y los contras de las centrales térmicas de gas de ciclo combinado. Sé, “grosso modo”, que con los adecuados sistemas de filtrado y de secuestro de CO, es un sistema muy eficaz de generación eléctrica, y sé también que de no instalarse o mantenerse con rigurosidad dichos sistemas, tales engendros se transforman en importantísimas fuentes de lluvia ácida que pueden devastar comarcas enteras, así como en  grandes contribuyentes al efecto invernadero del planeta. Pero de lo que si estoy plenamente seguro es que el desaforado derroche de energía eléctrica de nuestra cultura occidental es absolutamente insostenible con la producción eólica (ya cerca del límite de instalación), solar (aun en fase temprana de desarrollo) o hidráulica (costosísima social y ecológicamente, además de saturada). Solo la energía nuclear se perfila como una alternativa climatológicamente aceptable a las centrales de combustión fósil (carbón, petróleo o gas). Y eso si que es ir de guatemala a guatepeor.

Perdonadme, no conozco una solución que ofrecer, pero creo que lo que sucederá es que, salvo algún providencial milagro tecnológico, simplemente no podremos mantener este flujo de consumo energético y por tanto un nivel de vida frenético como el actual. Quizá no seamos conscientes de que nuestro ritmo de consumo sería absolutamente demencial viéndolo solo desde la perspectiva de 40 ó 50 años atrás (lo que es apenas un suspiro en la historia), de que algunas de nuestras actitudes comunes hoy, son por completo disparatadas desde el punto de vista de la lógica energética, e incluso ya desde el de la lógica a secas y que, finalmente, nuestros descendientes  se asombrarán del absoluto derroche e inhumanidad de la vida que en estos siglos llevamos. Una vez leí en una novela de ciencia ficción, como los estudiantes de historia del futuro, al comenzar sus clases sobre los lejanos siglos XX y XXI se indignaban al enterarse de que en aquellos tiempos, el valiosísimo petróleo, en su época fuente casi insustituible de preciados productos químicos, se agotó en su mayor parte… ¡para quemarlo…!!.

Protestemos pues, en buena hora, contra las centrales térmicas o nucleares, (y no solo por las que nos instalen al lado...), contra las emisiones de CO, y contra el exterminio de las ballenas, pero por favor no nos olvidemos, aunque no sea más que un ratito de la coherencia, y preguntémonos, si verdaderamente necesitamos tres coches por familia, 25º en invierno y 19º en verano (¡que absurdo ¿no?!), una residencia habitual, otra para los fines de semana y otra para las vacaciones, bombillas de 100w. (encendidas) por toda la casa, 10 o 15 transformadores de pequeños aparatos, permanentemente enchufados 24 h. 365 d. a la red eléctrica, vivir a 15 km. de la ciudad y a 50 del trabajo, comunicar por un móvil, que utiliza una media de 5 antenas repetidoras, el transcendente mensaje de “voy para allá…”, centenares de polígonos industriales en todo el país brillantemente iluminados por la noche con eficientes farolas…. ¡pero absolutamente vacios de edificios!, etc, etc, etc….

De todas formas preguntémonoslo cuanto antes para darnos a nosotros mismos una respuesta eficaz, porque dentro de poco, queramos o no, ya no vamos a poder seguir haciéndolo.  Y si no… al tiempo.

 

Un abrazo 

 

P.S. ¡Maldita sea…!! Pero si yo de lo que quería hablar es de lo desconsiderados que somos la  gente cuando conducimos los coches… ¡Como me enrollo…! Bueno, para otro día….

 

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21/04/2007

Billares

Humo en los billares 

Nunca fui aficionado a los billares. Hace mas años de los que me gustaría recordar, ya casi definitivamente abandonada la primera juventud, pero aun reciente el estreno de la segunda,  viví en la universitaria Valladolid en un edificio de la castiza calle de Cascajares, el cual albergaba en sus bajos unos míticos billares que, como una especie de fósil sociológico, todavía conservaron durante algunos años sus puertas de madera marrón con rejas metálicas cubriendo los cristales esmerilados, y verdes tapetes de fieltro resistiendo heroicamente la invasión de la electrónica y la música disco. Pero nunca fui aficionado a los billares. Ni al juego en sí mismo ni a su extensión conceptual como lugar de reunión de artefactos lúdicos y jugadores humanos, convenientemente  rebozados todos ellos en humo de tabaco. Quizá por mi timidez y poca sociabilidad congénitas, quizá también porque mi generación vivió un momento muy especial de los billares, en los que estas salas dejaban de ser aquellos oscuros y masculinos templos del lumpen, para mutarse en ruidosos locales llenos de tecnológicas pantallas de videojuegos.

Por eso me extraño, al pronto, sentir una inopinada atracción por este poema de Luis Antonio de Villena. Me costó varias relecturas caer en la cuenta del porque, y no fue sino al percibir el vago aroma proustiano de una magdalena con forma de descripción de máquina de juego, cuando recordé bruscamente alguna de las pocas veces en que he sentido verdadera pasión por un artefacto de este tipo. En la época en que los primeros trastos comenzaban a invadir los billares, estos no eran todavía electrónicos, ni poseían pantallas. Los clásicos pinball electromecánicos fueron durante muchos años los únicos competidores de los tapetes verdes o los futbolines, pero acabando ya este periodo, supongo que coincidiendo con el final de mi infancia (y por tanto con la adolescencia de Villena), se introdujeron unas maquinas de tiro en las que, tras un ventanuco protegido tras un cristal, daba vueltas rodeado de un estrépito de engranajes y chirridos, un muñeco que remedaba un oso negro.

El tal oso llevaba camuflada una pequeña fotocélula en sus costados de forma que “disparando” con una carabina luminosa (nada de laser: una vulgar bombilla de linterna en el cañón), y con más suerte que pericia, se podía “acertar” al chisme. Cuando así sucedía, este se levantaba sobre sus patas traseras y con el consiguiente ruido mecánico (groarrr, groarr…) invertía temblequeante el sentido de su marcha…. y claro, acumulaba los puntos correspondientes en el marcador del intrépido cazador (nada de dígitos luminosos: números pintados en una rueda que iba girando). Así hasta que, al acabar tiempo concedido a la moneda de 5 pts. (precio insólito y prohibitivo para cualquier bolsillo infantil), se detenía el mecanismo en un punto al azar de su recorrido, dejando al oso en una especie de paralís catatónico a la espera del siguiente jugador.

Pasé muchas horas delante de la tal maquina contemplando con admiración a sus jugadores, e incluso invertí algunos preciados ahorros en su práctica antes de que la retiraran, o puede que la olvidara por alguna otra chifladura propia de la edad, vaya usted a saber… Pero aquella fascinación me hizo reconocer algo familiar o generacional, no sé, en estos versos, algo que en cierta manera me identificaba con su autor inclusive con el despertar de aquellas iniciáticas sensaciones eróticas tan a flor de piel, que resultaban casi dolorosas. No llegué al poema por casualidad, sino por una razón claramente comprensible al conocer su título que, permitidme esta pequeña veleidad, os propongo como un pequeño acertijo googliano. Como pista, os diré que el poema pertenece al libro “Hymnica” publicado por Villena en 1979. ¡Ea..! Un beso para el/la que lo acierte. 

 

Luis Antonio de Villena.

Un billar es una sala mágica
donde tapetes verdes y focos silenciosos
se mezclan a maquinas que foguean
fortunas con canicas de acero
y muchachas reidoras. Donde se dispara,
tras cristal a liebres saltarinas
o inmensos osos que rugen. Un lugar
donde, frecuente, para, tentadora,
la Belleza. Como tú, que jugabas
a esto o aquello, con indolencia
adolescente, demorando tu pelo negro
y tu mirada negra, jovencísima
y tus piernas esbeltas, fastuosas.
Pura tentación de la Belleza, no es
dificil imaginar tu cuerpo delicioso,
suave, sobre la colcha. Ofrecido,
a una perfecta desnudez cómplice
y callada. Así, delicada Belleza,
como pasas ahora entre los billares
buscando el mejor postor o la entrega,
tras el juego feliz y la bebida, generosa
¿Que extaño don es la belleza? ¿Lo
sabe quien la tiene? ¿De dónde procede,
como surge, por qué es tan oscuro su
nacer, por qué tan diversos sus poseedores?
¿En que consiste su hechizo? ¿Y cómo
puede surgir en el denso olor de unos billares?
 

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16/04/2007

Mártires inmolados



Reporteros dicharacheros

 Quiero empezar pidiendo disculpas a esos heroicos lectores míos, porque me temo que el contenido de este post no va a ser el que sugiere su titulo. Tengo un poco de escrúpulo de conciencia, dado que el tema, efectivamente, tiene relación con esa serie de atentados que están asolando en los últimos días el vecino país marroquí. Pero no voy a tratar de dar aquí mi opinión sobre ellos ni siquiera sobre sus causas o consecuencias, ¿Cabe dar alguna opinión distinta de la repulsión absoluta sobre semejante salvajada..? No.  De lo que quería hablar es de esa repetición “ad nauseam” del término “inmolar” referido a estos terroristas por todos los medios de comunicación y especialmente en los televisivos y radiofónicos.  El escrúpulo surge, como comprenderéis, del hecho de que pienso si no será una cierta frivolidad el encontrar solo problemas lingüísticos ante un drama humano y social semejante, pero la verdad es que algunas veces la estulticia de ciertos comunicadores, presuntos profesionales de la palabra, y sobre todo la obsesiva insistencia en ciertos términos o apelativos que mas pareciera digno de un contagio vírico que una elaboración periodística, me llegan a causar tal irritación, que incluso pueden hacerme olvidar el contenido real de la noticia (aun con su enorme carga dramática) y eso, supongo, es el peor pecado en que puede incurrir un periodista.

Efectivamente, “inmolar(se)” según el diccionario de la RAE en su acepción (tercera) de verbo pronominal es : “Dar la vida, la hacienda, el reposo, etc., en provecho u honor de alguien o algo.” Como sin duda puede colegirse,  la acepción lleva implícita una valoración positiva de la ofrenda que alguien efectúa de  la propia vida (u otros bienes como el reposo o el honor): es en provecho, o sea para utilidad o beneficio, de algo o alguien, o en honor, honra o veneración de ese mismo algo o alguien. De la misma manera, y a mayor abundamiento, el diccionario de usos del castellano de María Moliner es incluso más explícito en su definición, dando para “inmolar”, entre otros menos pertinentes para el caso, el significado de: “Sacrificarse por un ideal o el bien de otros.”

De acuerdo a esta valoración positiva e incluso heroica, el uso en español  de este término siempre ha estado reservado en la literatura o la crónica histórica, a los grandes sacrificios de la humanidad por causas justas  o nobles y muy frecuentemente asociado a los contados personajes religiosos o patrióticos que se vinculan al concepto de mártir o martirio. Y no debemos olvidar, por otro lado, el hecho de que el mártir que se inmola, no se suicida, puesto que no busca deliberadamente la muerte, simplemente la acepta como el único medio de procurar un bien muy preciado. Y desde luego se refiere exclusivamente a la muerte propia: jamás entraría en el ámbito de esta definición, la muerte o daño de otros como medio o consecuencia  intencionados de dicho fin.

Fácilmente puede comprenderse que cualquier terrorista que se precie, enseguida otorgará el carácter de “inmolación” a su propia y perversa acción de despedazar a todo bicho viviente que esté a su alrededor, empezando por él  mismo como principal receptor del significado de “bicho”, pero no deja ser realmente curioso el que su grado de descerebralización sea inmediatamente seguido con entusiasmo por el del sagaz periodista de turno al que el término “inmolarse”, colado en medio (y al principio, y al final, y en el preámbulo, y en el titular…) de su crónica, le debe parecer un hallazgo fonético digno de todo un Kapuscinsky. Si vamos a eso, y para ser coherente con su alineamiento lingüístico, no debería hablar en su crónica de “terroristas” sino de “mártires” y por supuesto nada de “victimas” sino de “enemigos” y ya puestos a ello, explicarnos un poco el “ideal” o “justo fin” perseguido por nuestro “héroe”. Pero como todo record de esta naturaleza es rápidamente superado, se ha dado el caso de que incluso he oído a algunos individuos (a los que me resisto a calificar de periodistas) rizar el rizo de la estupidez utilizando la bonita tautología de “autoinmolarse” , lo cual ya les debe parecer el colmo del refinamiento sintáctico.

Pudiera pensarse que estas cosas suelen ocurrir en los medios de comunicación menos pudientes, o de importancia menor, de los que incluso cabe dudar de la procedencia educativa de las personas encargadas de las redacciones y crónicas. Pues no señor: el que suscribe ha oído no menos de cinco veces en la misma crónica el término “inmolarse”, referido a los atentados de Marruecos, en al menos los noticiarios de tres cadenas televisivas de ámbito nacional en horario de sobremesa de máxima audiencia. ¡Hasta el punto de hacerme dudar, en un arrebato de esquizofrenia idiomática, sobre el significado de las palabras que utilizo! A veces me pregunto porque extraños designios estas barbaridades tendrán un éxito tan inmediato y expansivo, de forma que pasen de crónica en crónica, y de medio en medio, sin que a nadie le choque, al menos un poco, su utilización en estos contextos.  Tendremos que aceptar la afirmación de Schiller: “Contra la estupidez los propios dioses luchan en vano”.

¿Mártires inmolados? Pues no, señores periodistas: terroristas suicidas. Simplemente.

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10/04/2007

Glacial desliz



Laderas del monte Umión sobre el Valle de Tobalina 

Empezaba a estar preocupado. Un poco por encima de mi cabeza y a mi izquierda distinguí un pequeño saliente de la roca con un canto afilado y limpio de nieve así que sin pensarlo demasiado, estiré el brazo izquierdo y me así con fuerza a él. Noté su solidez debajo del guante acolchado, no obstante tiré un par de veces con fuerza mientras observaba la base de roca: no distinguí grietas ni movimiento alguno, por lo que descargué parte de mi peso sobre esa mano liberando algo la presión en el pie, que ya empezaba a deslizarse sobre el musgo húmedo. La posición hizo que la cincha de la mochila, y la pantalla que colgaba de ella, quedaran ahora delante de mis ojos. Por un segundo, mientras buscaba maquinalmente un hueco para desplazar el pie izquierdo, leí su contenido: “Próximo hito: cima. Dist. 25 m. Alt: 1410 m. Tiempo estimado: 30 seg.”

De haberme quedado un gramo de humor en el cuerpo me hubiera reído con ganas. No sé porque presentía que aquellos treinta segundos nunca se iban a materializar, al menos no por aquella ruta, que ya con ciertas dudas, habíamos elegido un buen rato antes.  Aún así, con un par de puntapiés despejé un agujero en la nieve que se amontonaba el pie del saliente y clavé la puntera en la tierra húmeda que salió debajo. Con esfuerzo conseguí elevarme otros 40 cm. y asirme con ambas manos a la roca. Asegurada algo más la posición, volví la cabeza hacia arriba intentando visualizar una ruta de ascenso en la grieta rocosa de la pared salpicada de nevizos . Me di perfecta cuenta de lo inútil del empeño: prácticamente todas las zonas en las que podrían buscarse apoyos o salientes estaban recubiertas por la nieve, lo que hacía imposible saber que ocultaban debajo. A unos 8 ó 10 metros por encima de mi cabeza el cielo gris asomándose sobre el acantilado anunciaba que la cima se hallaba allí mismo, pero unos impresionantes 80 cm. de nieve, amontonada por la ventisca en el borde, me hicieron caer en la cuenta de que en el improbable caso de que consiguiera trepar esos 10 metros, no tenía ni idea de cómo superar aquella última barrera.

Tu voz me sobresaltó: “¿Qué tal…? ¿Se puede seguir…?” Volví la cabeza y te miré allí abajo, de pie sobre la estrecha cornisa que quedaba entre la pared de de piedra y el muro de nieve. Me sorprendió lo lejos que estabas. Sin duda me había ido alejando casi sin percatarme, concentrado en la subida. “¡No! –grité- ¡hay mucha nieve en lo alto y la roca está muy resbaladiza..! ¡Voy a volver…! Casi sin querer, dirigí la vista hacia abajo y me di cuenta de lo imprudente de mi posición: me había alejado de la cornisa y si resbalaba o cedía alguno de mis apoyos, tenia debajo de mí 40 o 50 m. de caída prácticamente vertical, ¡y lo peor de todo es que ahora tendría regresar casi sin ver donde ponía los pies..! Sentí una punzada de miedo en la boca del estómago y lentamente empecé a moverme hacia mi izquierda asiéndome con fuerza a los salientes que tenia al alcance de la mano y procurando cargar el menor peso posible en las botas, mientras tanteaba con la puntera la firmeza del apoyo.  Después de tres o cuatro maniobras había conseguido desplazarme unos pocos metros hacia la cornisa, cuando divisé  en mi trayectoria un gran nevizo adherido a la roca por la que estaba descendiendo. Podía darse el caso de que un saliente hubiera retenido la nieve allí, convirtiéndolo en un magnifico apoyo para continuar bajando, pero también podía no ser más que nieve amontonada por la ventisca contra la pared, con lo cual, en cuanto cargará mi peso sobre ella, se desmoronaría como un castillo de naipes. Traté de distinguir algún detalle que me ayudara a decidir, y separé el cuerpo ligeramente de la pared para tener mejor ángulo de visión mientras miraba hacia abajo. Y entonces ocurrió.

Uno de los salientes a los que estaba agarrado con las manos cedió, desprendiéndose de la pared, en medio de una cascada de tierra y nieve. Tu grito de “¡cuidado…!” coincidió con mi intento desesperado de encontrar otro asidero, pero ya me había desequilibrado y noté como las botas empezaban a resbalar pared abajo  sin poder sujetar el peso del cuerpo. Un segundo más tarde sentí como topaban con el montón de nieve y empezaban a hundirse en él. “¡Si no hay roca… se acabó…!” alcancé a pensar…. Percibí cómo la nieve se introducía por mis tobillos, después el frio intenso a la altura de la rodilla y, finalmente, con un crujido esponjoso, dejé de descender  y me quede detenido sobre el acantilado. “No he sentido roca...” –pensé-  “solo es nieve comprimida por mi peso…”. Un pánico irracional, animal, se apoderó de mí. Sentía el corazón latir con intensidad sobre mis sienes y una punzada intensa en la boca del estómago, mientras  abrazado a la pared clavaba los dedos sobre ella jadeando con desesperación. “No te muevas…” –solo alcanzaba a pensar- “no muevas los pies….”.

Es curioso como en esos pocos segundos de pánico intenso, de los que habré tenido tres o cuatro en mi vida, la mente se queda vacía, obnubilada, como una especie de lienzo en blanco, incapaz de pensar cosa alguna que no sean pensamientos elementales como “agárrate”, “corre”, “respira”. Creo que gran parte de la terrible angustia de esos momentos, se debe a que, en cierto modo, eres consciente de tu incapacidad de pensar. Algún rincón de tu cerebro te dice que deberías encontrar rápido una solución, que tu vida depende de lo que hagas en los próximos segundos, pero tus neuronas están bloqueadas, paralizadas por el terror,  ciegas a otra cosa que no sea concentrarse, con una obstinación absurda, en esas acciones primarias, el equivalente mental de esas pesadillas en las que te persiguen y eres incapaz de moverte.  La sensación de impotencia, de estar a merced de alguna fuerza ciega, es abrumadora. Imagino que tal cosa será algún mecanismo de supervivencia moldeado por eones de selección natural, pero se hace difícil para una mente consciente perder el control de esa manera en una situación extrema. Estoy convencido de que si una situación de este tipo sigue evolucionando con rapidez y sin darte opción a reponerte, puedes llegar a la muerte en un estado de aturdimiento semi-inconsciente.

Esos instantes vitales de diferencia, los marcaron para mí lo compacto de la nieve caída esos días: como un sonido lejano oí tu voz llamándome, un instante después sentí mi propia respiración sobre la roca y bruscamente recuperé mi capacidad de pensar. Miré arriba: vi un picón saliente, y un poco a la izquierda una breve cresta de roca que asomaba entre la nieve, ahora desprendida por mi impacto. Sabía que no tendría muchas oportunidades, así que visualicé dos o tres veces la secuencia de movimientos que iba a efectuar y, sin pensarlo más, estire el brazo, y asiendo el picón, colgué todo mi peso de él: de un brusco tirón desprendí la pierna de su tenaza de nieve y la apoyé sobre el presunto saliente. Aguantó bien, y con un fuerte impulso, me icé por completo liberando la otra pierna. El nevizo se desmoronó en el vacio formando un pequeño alud, que cayó pendiente abajo. Por fortuna el descenso me había dejado apenas a un metro de la cornisa, así que en un par de movimientos más pude poner un pie en ella y asir tu mano.

Me creerás si te digo que ha habido pocas, muy pocas veces, en que un abrazo y un beso me hayan sabido tan, tan dulces….

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