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    3/30/2007

    Complejidades



    No debía andar muy fino yo esta semana, o quizá es que tenía la cabeza en otros lugares, pero por más que lo intentara, no podía concentrarme en seguir el hilo interpretativo de la magnífica orquesta de cámara que frente a nosotros dirigía (casi imperceptiblemente) Katy Sebastyen. Y mira que las obras me lo ponían fácil: la muy descriptiva música de Tchaikowsky, el ritmo alegre de Mozart, la pasión de Rachmaninoff… pero no había manera: mi imaginación, como un cachorro desobediente,  se empeñaba en huir del escenario y revolotear por allá arriba, en las etéreas regiones donde se sujetan los focos, reina el polvo y anidan la arañas. Entre andante y adagio, vals y minueto, agridulces retazos de conversaciones messengeriles, iban y venían por mi cerebro, como tantas veces en estos meses, colándose aquí y allá y arrastrando con ellos recuerdos, emociones y ese puntito de tristeza indefinible que tarde o temprano, acaba por hacerme sentir una extraña falta de aire a la altura del esternón.

    Hay que reconocer que los muchachos de la Sebastian Strings, entre los que Katy ofrecía esa encantadora y relajante imagen de  abuelita bonachona y paciente, ponían todo de su parte para traerme al redil, y a una leve señal de su directora atacaron con esa certera pulcritud a la que tan  desagradecida indiferencia estaba mostrando, la Serenata Op. 48 de Tchaikowsky. Sin duda fue la archiconocida melodía de su Vals, la que me hizo regresar por un momento y dejarme llevar un rato por la música, pero la verdad es que poco me duró la concentración. Enseguida una imagen me distrajo de nuevo: como hipnotizado, me quede prendado del elegante movimiento de los ocho arcos de violín, que, en simultanea y  sincronizada danza, como si estuvieran ligados entre si por algún armazón invisible, subían y bajaban al ritmo dulce del vals (si… y un, dos, tres… ma petite..). Poco a poco, a medida que el tema avanzaba, parecían  perder la sincronía, pero si te fijabas bien, al poco reconocías otro patrón, un poco menos evidente, pero igualmente interesante: ahora mientras estos dos oscilaban en lo alto, aquellos otros permanecían horizontales, luego invertían sus posiciones, finalmente todos descendían al unísono, describían un elegante arco sobre el hombro de sus ejecutantes, y la secuencia volvía a recomenzar. Una vez… y otra…

    Lentamente me fue invadiendo una excitante sensación de estar envuelto en un universo de sutil complejidad: como en ese mundo de sentidos agudizados por las drogas, empezaba a percibir con asombrosa nitidez las dieciséis melodías diferentes de los instrumentos, unidos pero distintos, cada uno con su sonido individual, trenzándose entre sí, superpuestos, pero en absoluto confusos, como un único espíritu latiendo en dieciséis hilos de sonido entretejidos. Empezaba a ser claramente consciente de la extraordinaria complejidad y abstracción que representa la música sinfónica occidental, caí en la cuenta de probablemente se trate de una de la más sublimes creaciones del espíritu humano. Lo pensé, pero… ¡de inmediato reconocí, en una especie de “dejá vu” emocional, esa sensación que estaba teniendo! ¿Dónde la había sentido yo antes?.

    Casi al instante, como en un fulgurante flashback, me recordé observando boquiabierto, con el cuello doblado al máximo, la inmensa, y bellísima, portada plateresca de la iglesia del convento dominico de San Esteban en Salamanca. El extraordinario conjunto de volúmenes, sombras y simetrías que el sol dorado de aquel atardecer salmantino hacia refulgir encima de mí, resaltaban hasta el paroxismo el increíble equilibrio con el que esos centenares, casi miles, de figuras, formas y elementos arquitectónicos componían la sobrecogedora mole del edificio, que sin embargo, en un alarde de levedad, pareciese querer echarse a volar de un momento a otro, en el azul intenso del cielo castellano. La abrumadora sensación de estar contemplando algo de complejidad tal, que raya  la capacidad misma del ser humano para la creación y organización del mundo, pero que a la vez ofrece una imagen tan rotunda de unidad, de cabal expresión de la belleza oculta en las cosas (piedras, sonidos, palabras..), de sereno triunfo espiritual, era exactamente igual a la que ahora, suavemente, se extinguía con los últimos compases de la serenata del bueno de Piotr Ilich.

    ¿Es acaso la complejidad un componente esencial de la percepción artística? No lo creo. Parece evidente que no. Todos conocemos obras pictóricas, literarias, o arquitectónicas de una gran sencillez, y perfectamente capaces de evocarnos una intensa sensación de belleza. Suelen ser de ese tenor las debidas a la propia naturaleza, o creadas por las culturas mas simples, o por casi cualquier individuo con sensibilidad suficiente para expresar eficazmente emociones. Todas estas obras son bellas en mayor o menor grado y susceptibles de producirnos placer estético, No obstante ese otro tipo de obras de densa estructura, obras convencionalmente reconocidas como “maestras” o “cumbres”, quizá transcienden el mero concepto de belleza. Es evidente que la sola belleza se queda corta para expresar su devastador impacto en nuestra emoción. Quizá este tipo de obras esté abocado, por su propia naturaleza, a la complejidad.

    Obviamente puede haber Haikus bellísimos y de una gran capacidad evocadora, pero con una construcción tan intrincada, pero al mismo tiempo tan arrebatadora como “Cien años de soledad”, nos situamos en un nivel distinto de captación de la realidad, o de interpretación humana del mundo, o de creación mental de universos, como queramos denominar a esa sensación “demiúrgica” que nos sobrecoge al  acercarnos a ese texto, al igual que a una sinfonía de Mahler, o a unos frescos de Miguel Ángel. Creo que en ellas, además de la resplandeciente belleza, se involucran otras sensaciones también intensamente humanas, pero puede que mas difícilmente  expresables: la asunción de retos creativos limites, la lucha por la consecución de metas que percibimos casi fuera del alcance del ser humano, el destello de una intuición inasible por la sola inteligencia o sensibilidad ordinaria... la constatación, en cierto modo consoladora, de que otros puede llegar a donde yo casi no  me atrevo ni a soñar. El ¿pobre? consuelo de formar parte de una estirpe que por algún fugaz instante pudo casi, casi, rozar la perfección.

    En fin…. Que la semana próxima trataré de venir un poco más concentrado al concierto, porque ya la gente se levanta poniéndose los abrigos, y la verdad es que si tengo que ser sincero, no tengo ni pajolera idea de que fue lo que tocaron después de la serenata de Tchaikowsky. ¡Hay que ver que cosas….!! Venga… Besos.

     
    3/18/2007

    El pájaro de Cátulo (again)



    Daniela Navarro León. Mas vale pájaro en mano. Acrilico sobre lienzo

    Una vez superado el tonto trance emotivo-sentimentaloide que provocó la pueril entrada precedente, y por la cual pido sinceras disculpas a mis escasísimos pero muy queridos lectores, quisiera volver a retomar por un momento el hilo del post dedicado al poema de Ángel Erro, ya que debo confesar que me quedé un tanto sorprendido cuando al releer, (o mas bien leer a secas, que los google, wikipedias y demás ralea a veces nos abruman con un volumen de información incompatible con la disponibilidad de tiempo del común de los mortales), al releer, decía, parte de la documentación acumulada en torno al poeta latino Cátulo, encontré en varios puntos, y sin relación alguna con nuestro bardo euskaldún, algunas alusiones al “pájaro de Cátulo”. Quedé en parte sumido en la perplejidad ya que yo, en mi supina ignorancia, y dejándome llevar del arrebato lírico provocado por la lectura de Erro, sin duda erré al considerar que dicha mención formaba parte de una metáfora erótico-festiva muy en la línea del resto de los versos del poema que comentábamos, y por tanto surgida completamente del coleto del bueno de Ángel.

    Que la alusión hace procaz referencia a los diversos sentidos que pueden tomar los “pajaritos” susceptibles de ponerse en la mano de alguien, es cosa que queda fuera de toda duda, desde luego, pero… ¡resulta que la cosa no es una ocurrencia original de nuestro poeta contemporáneo, sino que hace alusión directa a uno de las estrofas más repetida (o al menos tan repetida como las de los besos y las arenas) de aquel ardoroso amante latino. El poema en cuestión, se encuentra incluido dentro del texto del “Catulli veronenses liber” del corpus poético Catulli Carmina con el numero III, y viene a decir algo así.

    Lugete, o Veneres Cupidinesque
    et quantum est hominum uenustiorum!
    passer mortuus est meae puellae,
    passer, deliciae meae puellae,
    quem plus illa oculis suis amabat:
    nam mellitus erat suamque norat
    ipsam tam bene, quam puella matrem,
    nec sese a gremio illius mouebat,
    sed circumsiliens modo huc, modo illuc
    ad solam dominam usque pipiabat.
    qui nunc it per iter tenebricosum
    illuc, unde negant redire quemquam.
    at uobis male sit, malae tenebrae
    Orci, quae omnia bella deuoratis!
    tam bellum mihi passerem abstulistis
    o factum male! o miselle passer!
    tua nunc opera meae puellae
    flendo turgiduli rubent ocelli.
    Llorad Venus y Cupidos,
    y cuantos hombres sensibles hay!
    El pájaro de mi niña ha muerto
    El pájaro delicia de mi niña
    A quien ella más que a sus ojos quería
    pues era tan dulce como la miel y la
    conocía tan bien como hija a su madre
    y no se movía de su regazo sino que
    saltando de aquí para allí
    piaba sin cesar solo a su dueña.
    Ahora va por un camino tenebroso
    adonde dicen que no vuelve nadie
    ¡Malditas vosotras tinieblas del
    Orco que devoráis todas las cosas bellas!
    Tan hermoso pájaro me habéis arrebatado ¡Oh desgracia! ¡Pobrecillo pájaro!
    Por tu culpa los ojos de mi niña
    hinchados enrojecen de llanto

    El que suscribe, por supuesto, no entiende ni papa de latín, (¡aún me maravillo de cómo pude yo aprobar dos cursos completos de tal arcano!) pero no puedo sustraerme a la delicia lingüística de recitar los versos latinos de Cátulo. Su perfecto ritmo y musicalidad se desvanecen un tanto en la versión castellana, e incluso el efecto poético deriva un tanto cursilón, pero se intuye perfectamente la intensa fuerza del original latino. Pero aún más: ni siquiera el doble sentido del tema del “pajarito que salta de acá para allá” es original de estos tiempos actuales. Cabe especular si el propio Cátulo fue consciente (o fue creador deliberado) de ese doble sentido, pero en cualquier caso, ya poetas mucho más cercanos a él que a nosotros, empezaron a sacar el temita del pájaro haciendo, o bien burlas, o bien uso intencionado del mismo para fines escabrosos similares a los de Erro. Así, el poeta Marco Valerio Marcial en el libro IV de sus Epigramas dice en el epigrama XIV: “Concede algún tiempo de tu descanso a mis musas y no leas con el entrecejo fruncido estos libritos transidos de lasciva jocosidad: así quizá el tierno Cátulo se atrevió a enviar su gorrión al gran Marón” (lo cual por cierto no es creíble, pues si bien, efectivamente, parece que Cátulo hacía a pelo y a pluma, cuando este murió, Publio Virgilio Marón apenas era un adolescente). El gran Ovidio incluso en sus “Amores” también hace alguna alusión parecida, y en tiempos ya mucho más recientes, nuestro enciclopédico Góngora cita en sus monumental poema Fábula de Píramo y Tisbe estos versos: “Ofrecióle su regazo/y yo le ofrezco en su muslo/desplumadas las delicias/del pájaro de Catulo”. En fin… que como vemos el pajarillo de Cátulo lleva casi dos mil años dando vueltas por regazos, muslos, manos y demás lindezas. Un magnífico ejemplo de persistencia cultural, a pesar de que en este caso no sea muy edificante que digamos. Para acabar me habréis de perdonar, pero no puedo evitar el pensar que quizá tengáis de Cátulo una idea de poeta cursilón o relamido. Pues bien, parece que no era tal, y como ejemplo, también encontré este bonito poemilla:

    Pedicabo ego uos et irrumabo
    Aureli pathice et cinaede Furi
    quod sunt molliculi, parum pudicum
    nam castum esse decet pium poetam
    ipsum, uersiculos nihil necesse est;
    qui tunc denique habent salem ac leporem,
    si sunt molliculi ac parum pudici
    et quod pruriat incitare possunt,
    non dico pueris, sed his pilosis,
    qui duros nequeunt mouere lumbos.
    uos, quod milia multa basiorum
    legistis, male me marem putatis?
    pedicabo ego uos et irrumabo
    Os daré por el culo y me la vais a chupar
    Aurelio comepollas y Furio julandrón.
    Que por mis versos como son lascivos
    me habéis considerado desvergonzado.
    El poeta honorable debe ser casto, pero
    no es necesario que lo sean sus versitos,
    cuya sal es la lascivia y la desvergüenza.
    Y pueden provocar comezón,
    no digo a los muchachos, sino a esos peludos que ya no pueden ni mover sus
    duros lomos.
    ¿Vosotros porque habéis leído miles de besos me consideráis poco macho?
    Os daré por el culo y me la vais a chupar.

    Hay que ver… ¡vaya pataleta..!! Espero que los censores de MSN caigan en la cuenta de que este es un post cultureta y de letras clásicas, antes de chapármelo (¡chApármelo, ojito..!!) sin más. Y del pobre Cátulo ¿qué decir?... Encima de que la Clodia no le hacía ni puñetero caso, tenía a los capullos de los colegas considerándole un comemierdas… ¡si es que hay cosas que nunca cambiarán!

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    3/13/2007

    Ahora

    Máximo Mariath. Graffiti sobre muro

    A veces solo dan ganas de gritar, de mandar todo a la mierda, de reivindicar un poco de aire y un poco de espacio, dejar de sentir esa maldita presión sobre las sienes, sobre el cerebro, sobre el pecho también. Salir. Ahora. Al infierno con todo, o del infierno, no se… Salir…

    No me gusta la gente que dice que todo esto ya ha ocurrido, no podemos escribirlo. Está ocurriendo ahora. AHORA. Los muertos están muertos, y lo creas o no, precisamente porque están muertos, sus palabras, en cierto sentido, también están muertas. Milton el Ciego no es ni remotamente tan trágico como cuando vivía. El arte solo preserva una parte y está sobreestimado. Veo mis dedos sobre las teclas, tengo de cara a mí una planta medio muerta con una hoja como la oreja de un conejo, caída hacia la izquierda, las mujeres del mundo deambulan por mi cerebro, una rata me roe el estomago y escarba, pasa una furgoneta de los helados bing bing bing bong bing bong bong, y el Arte, el Arte no es nada, son mis dedos sobre las teclas AHORA esculpiendo y gritando Chopin y la música y la rebelión, al infierno con los clásicos, al infierno con la forma, al infierno con Pound, sal, sal y sangra, sangra ilimitadamente contra la turba, la media Roma, el medio poema, el medio fuego, el medio beso. Sal, sal sal…”

    Charles Bukowsky. Carta a Sheri Martinelli

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    3/3/2007

    Arenas de Libia

     
    Quaeris quot mihi besiationes
    tuae, Lesbia, sint satis superque.
    quam magnus numerus Libyssae arenae

    Cayo Valerio Cátulo. Poema VII

    Es curioso como pequeños sucesos, u ordinarios sucesos, que tanto viene a dar, son a veces como inesperadas perturbaciones que agitaran el estanque del inconsciente colectivo de la humanidad. Forman a modo de ondas emocionales o intelectuales que se propagan después, amplificándose, a través de los siglos sin que acertemos a saber la causa exacta, pero atrayendo siempre, como un poderoso imán, las sensibilidades o las inteligencias mas despiertas de cada época. Así, poco se imaginaba la buena (en más de un sentido, por lo que parece) Clodia Pulchra, patricia romana cuya única ocupación conocida era ponerle los cuernos lo más eficientemente posible a su marido, a la sazón gobernador en una Galia muy, muy, lejana  (la Cisalpina, para ser exactos), que la pasión que iba a despertar en uno mas de sus múltiples y efímeros amantes, un estudiante recién llegado a  Roma llamado Cayo Valerio Cátulo, sería el origen de una  serie de poemas amorosos cuya influencia se iba a extender sobre innumerables gentes, y en una infinidad de lenguas extendidas a lo largo y ancho de los siglos y los continentes.

    Clodia, como cualquiera de los que mariposean de persona en persona buscando rápidas satisfacciones, poco tardo en cansarse de nuestro poeta y este, que probablemente tenia las ideas “poco claras” respecto a lo que podía esperarse de una relación como esa, sufrió lo indecible con sus veleidades, explorando hasta la saciedad esa amarga sensación de fluctuar entre el amor y la súplica un dia, y el odio y el rechazo al siguiente.  “Odio y amo ¿Cómo es posible?, preguntarás acaso / No lo sé, pero así lo siento y esa es mi cruz”.  Cátulo murió a los 33 años sin llegar a salir del profundo pozo en el que le hundió el amor por Clodia, y el centenar escaso de poesías amorosas que en ese tiempo la escribió, bajo el apelativo de Lesbia, son reputadas como algunas de las mas bellas e intensas de todos los tiempos.

    Ya vimos, analizamos (y polemizamos…), largamente en su en su día, sobre la influencia de Cátulo en uno de nuestros grandes poetas contemporáneos, confeso admirador suyo: Jaime Gil de Biedma, el cual encabezaba su bellísima  Pandémica y Celestecon ese fascinante verso del poema VII de Cátulo: “quam magnus numerus Libyssae arenae…” (tantos como las innumerables arenas de Libia… refiriéndose a los besos que de su amada necesitaba: "mihi besitationes tuae, Lesbia..."). Hoy me he encontrado con otro poema, de otro autor, en otro idioma (aunque idioma también de casa): Angel Erro y su turbador “Tiempos heroicos nº 7”. ( ¡7! ¿Será casualidad..?) Pet Shop Boys y Cátulo mezclados (que no revueltos) en un eco poético que recorre los siglos para un único sentimiento inmutable: amor y deseo intimamente entrelazados, ferozmente complementarios.

     

    Garai heroikoak (7)

    Edan gabe ligatzeko ez naiz gai,
    esaten didazu, Nako, edanda
    hamabost poeta datozkit lagun
    (You only tell me  you love me when you're drunk
    Pet Shop Boys-en  kanta gogoratu zait
    edo jarri dute kasualitatez).
    Katuloren poemak hasi zara
    begi hertsiekin errezitatzen.
    Edanda zaude, bestela bai zera.
    Emazkidazu ehun, mila musu,
    oraindik gehiago. Esan adina
    balira (begiak ireki gabe),
    Katuloren txoritxoa nizuke
    -berriz bizirik- eskura emanen    

     

    Tiempos heroicos (7)

    No soy capaz de ligar si no  bebo,
     me dices, Nacho; pero si he bebido,
     quince poetas vienen en mi auxilio
     (recuerdo, o casualmente están pinchando,
     aquella canción de los Pet Shop Boys,
     You only tell me you love me when you're drunk).
     Y tú empiezas a recitar poemas
     de Catulo, con los ojos cerrados.
     Estás muy bebido; si no, de qué.
     Dame mil besos, dame cien mil besos,
     no lleves la cuenta. Si fuesen tantos
     los besos (y tú no abrieses los ojos),
     yo te pondría el gorrión de Catulo
     en la mano. Vivito y coleando.
     

       





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