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2/26/2008 Vulnerables
La verdad es que si tuviera que describir la sensación que tenía cuando se encendieron las luces de la sala, la compararía a la que se tiene después de haber recibido un puñetazo en el estómago: dolor, sensación de falta de aliento, deseo de escapar. También, al igual que con el puñetazo, una sensación de conmoción o confundida sorpresa que te impide razonar al detalle las causas de lo que estás sintiendo. ¿De qué habla esta película? Debo confesar que entraba a ver “4 meses, 3 semanas, 2 días” la película del rumano Cristian Mungiu, con un poco de escepticismo: siempre me han disgustado los planteamientos que van demasiado a tiro hecho, como si el espectador fuera un poco tonto: si quieres despertar compasión, habla de un parapléjico, si quieres levantar polémica, habla del aborto, si quieres concitar simpatías progres denigra a las dictaduras. Es la misma técnica utilizada hasta el hartazgo por programas de debate, filmes “de culto” o tertulianos de todos los pelajes. Y por esto creo que me hallaba tan conmocionado al terminar la película: sí, se hablaba del aborto con todo su drama, y además en un país inmerso en una dictadura delirante y opresiva, y sin embargo, en lugar de inspirarme intensos juicios de valor respecto a esos temas, me dejaba una desconcertante sensación de “planitud moral”: el film no juzga en absoluto a la muchacha que aborta (ni siquiera discute en ningún momento si cree hacer bien o mal), ni hace un juicio moral alguno sobre el aborto (al que se trata solo como un problema a solucionar por los protagonistas), ni explicita ninguna acción concreta de la dictadura (de hecho, solo se ven unos pocos policías borrachines), ni hace ninguna culpabilizacion a la triste realidad económica o social en que se desenvuelve. Por supuesto que la habilidad del director hace que todo eso se manifieste en la historia nítidamente, con crudeza incluso, pero se plantea como una absoluta realidad externa, como algo que está ahí, una especie de telón de fondo, independiente de nuestra voluntad y deseo, algo que ni el director, ni el espectador podrían evitar, ni modificar y a lo que, por tanto es inútil o indiferente juzgar: es solo el “marco” en el que transcurren los hechos. Es, respecto a ellos, moralmente neutra. Y sin duda es una neutralidad que se busca (y consigue) transmitir a base de sobriedad de medios, (sin fondo musical, podría transcurrir en solo dos interiores: un cuarto de estudiantes en la primera parte y una habitación de hotel en la segunda), y una calculadísima proporción de tonos neutros en la fotografía, inundada de grises, tejidos apagados, días brumosos, y colores desvaídos, (he leído que se llegó a manipular el color original para reducir su intensidad en un 30%) y, como no: por la emocionante interpretación de Anamaria Marinca, que sin duda sostiene sobre sí el peso de buena parte de las película. Por ello mientras salía meditabundo de la sala, una idea rondaba mi cabeza: si no tengo la sensación de que se juzgue al aborto, ni a la dictadura, ni el comportamiento de sus personajes… ¿Por qué me impacta de esta manera? ¿De qué diablos trata esta película? Pues yo creo que trata sobre todo de la vulnerabilidad. De cómo un contexto exterior hostil puede llegar a hacernos terriblemente vulnerables, de cómo los seres humanos privados de un soporte social, librados a un poder arbitrario, dominados por un miedo difuso, se vuelven extraordinariamente vulnerables. Incluso un acierto magnífico de la historia es hacernos ver un doble aspecto de la vulnerabilidad: una palpable, obvia, brutal: la de las dos amigas frente a la agresión externa, abandonadas a sus propias fuerzas, en un medio en el que no pueden espera ayuda alguna, ni familiar, ni social, ni institucional. Pero también una segunda vulnerabilidad más sutil: la que adquiere el que asume la responsabilidad de constituir el soporte de otro y desde ese momento atrae sobre sí, como un poderoso pararrayos, toda la indefensión de ese otro. Todo un maravilloso acierto el plasmar esa situación en la que el protegido, consciente o inconscientemente, impone al protector la tiranía de su desamparo, desencadenando así su propia indefensión. Creo que esa terrible sensación de incapacidad de evitar el daño, esa atmósfera de injusta y desproporcionada vulnerabilidad que adquieren sus protagonistas, es la que evoca la desconcertante angustia que te hace estar clavado al asiento, casi sin aliento, durante toda la película. Porque pocas cosas habrá más angustiosas que observar a alguien definitivamente indefenso, atacado y golpeado ya sea con indiferencia, con hipocresía o con deliberada maldad. Al acabar de ver la película, dan ganas de decir con una de las protagonistas: “nunca más volveremos a hablar de este día”. Una historia por tanto intensa, diferente, que no sé si llegará a la clasificación de “gran película”, pero sobre la que se puede asegurar, sin duda, que captará el sentimiento del espectador y sobre la que es muy difícil que nadie quede indiferente. Y de las que además, lo puedo asegurar, no te dejan la sensación de haber tirado a la basura los 7 euracos de la entrada. Detalle importante este, oiga. 2/21/2008 Las "portuguesas" (y II)
En verdad, en verdad de la buena, no puedo decir yo que, (por suerte o por desgracia, eso creo nunca lo sabré) tenga demasiadas experiencias amorosas dignas de haber escrito “portuguesas”. Conozco la sensación, por supuesto, pero solo la he sentido en un par de ocasiones tan diametralmente opuestas, tan alejadas en el tiempo y en la vivencia, que resulta (me resulta, pues a nadie más interesan obviamente) hasta absurda su comparación. La una, en un pasado remoto apenas iniciada la adolescencia y debida a los avatares inevitables de las novietas incipientes que van y vienen. La otra en un pasado demasiado reciente, debido a circunstancias emocionales tan complejas que aun, hoy por hoy, no puedo manejarlas sin cierta dificultad. A renglón seguido debo advertir que en ninguna de las dos existe ese componente desgarrado que implicaría el cese de un amor auténtico, apasionado, más o menos maduro y bruscamente interrumpido por un abandono o una felonía. En el primer caso porque apenas llegó a manifestarse, fuera de un casi infantil deseo, y fue más una indiferencia que un abandono, y en el segundo porque no sé hasta qué punto su propio atipismo hace difícil su clasificación en algún apartado “amoroso” convencional. Entre ambas, y tras ambas, un océano vital libre de sobresaltos de abandonos o traiciones, dedicado más bien al cultivo minucioso, casi con fervor artesanal, de una relación que si bien no exenta de problemas, como cualquiera que se precie, estuvo siempre alejada de las situaciones dignas de plasmarse en una “portuguesa”, ¡Dios (y tu paciencia, amor) sean loados..! Como decía esa canción de Sabina que glosamos hace poco: “si dos no se engañan, mal pueden tener desengaños…” Pero, sea como sea, aquellas experiencias tan diametrales en mi vida emocional, me permitieron reconocer con agrado ciertos elementos intemporales en las presuntas cartas de Mariana Alcoforado, y fueron sobre todo dos: el primero de ellos, esa invencible sensación, casi masoquista, de “celebrar” tu propio dolor como si su existencia “dignificara” una pasión que se extingue o como si fuera el último recurso para tener en la memoria al objeto de nuestros pesares de forma que, en un ciclo infernal, cuanto más se sufre, más presente se tiene al deseado y, por ende, mas se complace uno en ese mismo dolor, lo que acrecienta a su vez la pesadumbre en una especie de demoledor “síndrome de Estocolmo” amoroso. Así, nuestra atribulada Mariana, traducida por Carmen Martín Gaite, decía en su Primera Carta: “… Y sin embargo, me parece que incluso a este sufrir, del que solo a ti te culpo, le voy tomando cierta querencia. Desde que te vi por primera vez, te di mi vida entera y he llegado a encontrar una especie de placer en sacrificártela […] Tan hechizada me dejaste bajo el influjo de ese desvelo, que negra ingratitud sería no seguir amándote con el mismo desvarío a que me condujo mi pasión cuando me dabas pie con la tuya.” En la Segunda Carta vuelve a aparecer de nuevo, en una de las frases más celebres y reproducidas de la obra, ("prefiero mil veces la desdicha de seguirte amando...") esa sensación de “querencia por el sufrimiento” como única prenda que, tras su marcha, nos deja el otro: “Adiós. Ojalá no te hubiera conocido nunca. ¡Pero, ay, cuan vivamente experimento la falsedad de lo que digo, como siento, al escribirlo, que prefiero mil veces la desdicha de seguirte amando a la de no haberte encontrado! Me resigno, pues, sin rechistar a mi mala estrella, ya que tu no quisiste convertirla en buena.[…] Conozco bien el remedio de mis males, y se que solamente con dejar de amar me vería libre de ellos. Pero ¡que triste remedio!, mejor seguir sufriendo que olvidarte. Y además ¡ay de mí!, ¿acaso está en mi mano?” Y en la Cuarta, nos muestra que este sentimiento no tiene nada que ver con la irracionalidad: cuando lo sentimos, somos perfectamente conscientes de lo absurdo y delirante que resulta, sobre todo visto desde el exterior, pero no podemos (o no queremos) prescindir de él: “Me doy perfecta cuenta de la demencia de mi amor, y sin embargo no me quejo de sus turbulentos latidos; me he acostumbrado a la tiranía de mi corazón, y ya no sería capaz de vivir sin este deleite que descubro amándote en medio de mil dolores […] Estoy tan celosa de mi pasión que me parece que todos mis actos y obligaciones tienen que ver contigo. De hecho me remuerde la conciencia de no dedicarte uno por uno todos los instantes de mi vida” El segundo sentimiento que evocaron en mí estas "lettres portugaises", tiene que ver con la demoledora sensación de verse violentamente empujado o zarandeado del amor al odio, de la veneración a la ira, del insulto procaz a la suplica vehemente, como si hubiéramos perdido nuestro control emocional y fuera el otro, el ausente, el que gobierna sin rumbo nuestras emociones: ahora le odiamos intensamente y tres minutos después tecleamos esperanzados un mensaje en nuestro móvil, poco después borramos con desprecio todos sus email recibidos, para acto seguido sentarnos a repasar compungidos las fotos en las que estamos juntos. “Zarpaba un barco ¿y qué?, ¿no pudiste dejarlo irse? Tu familia te había escrito, ¿y la vejaciones a que me ha sometido la mía? Tu honor te requería. ¿y el mío qué, he tenido miramientos yo con él? Aunque pasar toda la vida junto a ti se me antoja una felicidad inmensa, estoy satisfecha al menos de no haberte traicionado; por nada del mundo hubiera cometido tan negra ingratitud.” Cualquier situación en la que sentimos que perdemos el control de nuestros actos o sentimientos nos resulta odiosa, pero esta, en medio de una tempestad emocional, nos desarma por completo. Dice en la Quinta (y última) carta: “No te mezcles por tanto en mi vida. No quiero saber nada del efecto que esta carta te pueda producir, no alteres el estado de ánimo a que me dispongo. Creo que ya puedes estar contento del mal que has causado. Pero fueran cuales fueran las intenciones que te movieron a hacerme desgraciada, no me saques de una incertidumbre que espero convertir en sosiego. Te prometo no odiarte, demasiado escarmentada estoy de los sentimientos exaltados como para atreverme a intentarlo” Finalmente a trancas y barrancas la rabia, el odio, el sufrimiento, van dejando paso a ese desolador vacío de la ausencia pura y dura. Al fin caemos en la cuenta de lo inane de nuestro sufrir y lo estéril de nuestra pena: es esa gris ausencia la que poco a poco (muy poco a poco) va cediendo el paso al olvido y quién sabe si, algún día, a la calma. Mariana Alcoforado termina de este modo la última carta a su ingrato amante a quien, al fin, se convence de que nunca volverá a ver: “No quiero saber nada mas de ti. Es una demencia seguir repitiendo lo mismo tantas veces; lo que tengo que hacer es dejarte en paz y no volver a pensar en ti. Incluso creo que no voy a volver a escribirte nunca. ¿Quién me obliga a estarte dando minuciosa cuenta de mis distintos estados de ánimo?” Y así, sin tan siquiera un “adiós”, Mariana Alcoforado y Nöel Bouton terminaron su apasionada ( y probablemente falsa) historia de amor. Sic transit gloria mundi.
2/13/2008 Las "portuguesas" (I) Pues no, no se trata de de ninguna técnica erótica, ni un estudio sobre nuestras vecinas las lusas, ni siquiera de un nuevo grupo musical pop, así que ya lo siento por las expectativas que despierta el titulillo, pero la cruda realidad es que tan curioso nombre hace referencia a un subgénero literario dentro del género epistolar, y cuya gracia consiste en ser una carta, o mejor una serie de cartas, de temática amorosa, en la que una amante abandonada (mujer, esto es importante para la clasificación), escribe a su pareja reprochándole vehementemente tal comportamiento, pero al mismo tiempo expresando la permanencia de su amor así como su desconsuelo por la traición. ¡Ahí es nada…! Pero en realidad tampoco es para tanto: como todo en el mundo del arte o la literatura, también este género está basado en algo casi cotidiano: ¿Quién de nosotros (mujer u hombre), impelido por esa angustiosa zozobra del fin abrupto de una relación amorosa, no ha deseado poner por escrito para su amante ese sentimiento de abandono e incomprensión? Son casi siempre textos desgarrados, en los cuales las aguas bravas del deseo nos empujan de forma violenta de la orilla del amor a la del odio, de la de la súplica al a la del rechazo, del recuerdo dulce al reproche dolorido. "Vale, lo que tú quieras colega, pero ¿nos vas a contar de una maldita vez de dónde diablos viene ese nombre de “portuguesa” para semejante cosa? “ –Ustedes se dirán, muy probablemente- A lo que yo podría contestar poniendo cara de interesante: “ Emmmm… Pues de una polémica histórico - literaria nacida allá por 1669 nada menos”. En efecto: por aquel año el editor parisino Claude Barbín, presentó en la tertulia literaria de la marquesa de Rambouillet un librito que acababa de imprimir (en lo que hoy llamaríamos una excelente operación de marketing) y que transcribía, en francés, cinco cartas amorosas muy breves dirigidas por una presunta monja portuguesa a su amante galo, al que conoció durante las guerras hispanicas de la época. Para aumentar convenientemente el misterio, Barbín se cuidó muy bien de identificar a los protagonistas (en el texto solo se cita que la amante tenia por nombre Mariana), y dejó dar por supuesto que las cartas eran reales y su autora la citada Mariana. El texto, por su vehemencia y emotividad, causó furor en la época, hasta el punto de que la edición de Barbín se agotó en pocos días y fue sucedida poco después por otras, tanto de él mismo como de otros editores. Una de esas ediciones posteriores (la de Pierre Marteau en Colonia), se precede de un prólogo anónimo, aclarando que la monja en cuestión era Sor Mariana de Alcoforado y el pérfido amante el Capitán Nöel Bouton de Chamilly, a la sazón conde de Saint-Léger, por lo que hay que reconocer, que si el osado capitán era tan bello de planta como de nombre, no nos extrañan los arrebatos pasionales de la buena de Sor Mariana. También se cita en el mismo prólogo que el traductor de las cartas del portugués al francés era un tal Cuilleraque. Al parecer esta denominación errónea se refería al funcionario Gabriel-Joseph Lavergne, vizconde de Guilleragues, director por entonces de la “Gazette de France”. Como puede verse en tal época hasta los gatos (franceses) parecían tener nombre rimbombante y/o título nobiliario Algunos siglos han transcurrido desde entonces y ha habido opiniones para todos los gustos sobre la autenticidad de las “cartas portuguesas”. Cabe decir que jamás han aparecido los originales en portugués, ni aún de forma presunta, por lo que el texto más antiguo conocido es el de Guillerages / Barbin de 1669. Desde muy poco después de publicadas, ya empezaron a aparecer dudas sobre su autenticidad, que han continuado a lo largo de casi tres siglos, todas ellas basadas, sobre todo, en la calidad del discurso y su planteamiento escrupulosamente “literario”, de forma que parece poco espontaneo, o como diría el filólogo austriaco Leo Spitzer, que les dedicó varios trabajos: “demasiado hábil para ser sincero”. En la misma línea nuestra filóloga y novelista Carmen Martin Gaite que efectuó una bella traducción al español, indica que el estilo retórico y galante del texto concuerda mal con el previsible en una mujer recluida en una celda desde niña y casi iletrada. Hoy en día la tendencia más aceptada entre los especialistas es la de atribuir la autoría del texto a Guilleragues, aunque probablemente se inspirara en un collage de cartas amorosas femeninas de las que circulaban por los salones galantes de la época y entre las que, como no, muy bien pudiera estar alguna real de nuestra atribulada Mariana Alcoforado, de la que pudo tomar el nombre y ubicación por exotismo y sentido comercial. A pesar de todo, justo es decirlo, no puede haber ninguna prueba irrefutable de tal atribución y, por tanto, entra dentro de lo posible como señalan muchísimos defensores de la autoría portuguesa, que estas sean la traducción literal de un texto compuesto íntegramente por Mariana Alcoforado. Y de estos defensores hay entre nosotros gentes de tanto peso como Emilia Pardo Bazán o José Ortega y Gasset. Pero de todos modos, esta intriga erudita en torno a la autoría no debe impedirnos disfrutar de estos textos lejanos ya en los años y en los usos sociales, pero que, a poco que profundicemos en ellos, los sentimos cercanos en sensiblidad humana intemporal. Como expresaba Carmen Martin Gaite en el prólogo a su traducción: “¿Qué mujer realmente enamorada no ha escrito o deseado, al menos, escribir “una portuguesa”? Lo que pasa es que suele haberla roto después de escrita o haberla guardado algunas veces sin enviar […] Sin duda que la forma epistolar ha debido ser para las mujeres la primera y más idónea de sus capacidades literarias. Con quien más me gusta hablar de las tribulaciones del alma es con el causante de esas tribulaciones, a quien se supone interesado en recibir una respuesta más florida que la del rechazo o un conciso “amén”. Pero si desaparece o no ha existido nunca ese “tu” ideal receptor del mensaje, la necesidad de interlocución lleva a inventarlo. O, dicho con otras palabras, es la búsqueda apasionada de ese “tu” el hilo conductor del discurso femenino. Las “cartas portuguesas” [de Mariana Alcoforado] siguen todavía hoy arrojando una piedra de emoción sobre la estancada laguna de las pasiones mediocres” Bueno… pues quedándonos un poco con la miel en los labios, y dado lo largo que se ha puesto esto, otro día copiamos algunos textos de las cartas y disfrutamos comentándolos. De todas formas… ¡no creo que nadie nos denuncie por violar los derechos de autor…!! |
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