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    2/26/2007

    Perdedores

    "Quando o fado só se cantava na Alfama
    qualquer diria que depois fora a ter tanta fama"

    Azulejo en tienda de recuerdos para turistas. Alfama de Lisboa

    “Los programas de mano podrán recogerse en la entrada”. Así rezaba la escueta nota que cerraba la convocatoria del concierto semanal del ateneo. Misterio sobre misterio, porque el apartado de interpretes lo despachaba con un lacónico: dúo italiano de piano y violonchelo. “En fin –pensé con fastidio- al menos ponen el día y a hora, algo es algo.” Por ello fue una doble sorpresa cuando al apagarse las luces de la sala, los elegantes ademanes de Moira Michelini empezaron a desgranar sobre el teclado del piano los tangos hipnóticos de Astor Piazolla y poco a poco, mientras me iba hundiendo en el suave terciopelo de la butaca, me fue invadiendo ese halo entre misterioso y aventurero, entre romántico y exótico, que los europeos solemos asociar al ambiente porteño en general y al tango en particular. "Adios Nonino", "Michelangelo 70" o "Libertango" me iban haciendo sumergirme cada vez más en el embrujo vertiginoso de esa música hecha danza o viceversa, que nunca estuvo muy claro (aunque fuera danza invisible como en este caso). Los desgarrados, pero acompasados, giros que trazaba el  violonchelo de Ivo Scarponi, materializaban con minuciosa precisión los vuelos entrelazados de los bailarines bonaerenses, apenas rescatados de  algún rincón de mi memoria cinematográfica o televisiva.

    Lentamente, en el agradable calorcillo de la sala , acunado por la melodía, fui dejando vagar el pensamiento y este, caprichoso y sabio, se fue volando un año y medio hacia atrás,  hasta otra música, otro terciopelo y otro cálido ambiente, el del teatro D. Maria II en Lisboa, donde otras conmovedoras melodías me envolvían. Se trataba en aquella ocasión de los elegantísimos fados  cantados por Misía. Fados de amores desgarrados, como manda la ley, pero fados con letristas de lujo como Saramago o Vasco Moura, fados cantados con primor entre cornucopias doradas y frescos barrocos, a solo a tres manzanas del barrio de callejas sórdidas y un tanto malolientes de la Alfama lisboeta donde nació y creció. Y de esta manera, cuando el súbito staccato de violonchelo de la “Primavera porteña” me trajo raudo desde la Lisboa romántica a mi realidad provinciana, caí en al cuenta de la curiosa relación entre esas tres músicas tan características: el tango, el fado y el flamenco, con tres historias, tres percepciones de la realidad, tres simbologías tan dispares, pero a la vez tan conceptualmente semejantes.

    Todos ellos géneros musicales surgidos de las entrañas del pueblo más lumpen. Músicas en las que este expresaba sus vivencias profundas y por tanto alejadas (o mas bien ignorantes) de la vida artística oficial sustentada por las élites culturales del momento Géneros que, invariablemente, fueron despreciados por la sociedad bienpensante como productos burdos y un tanto vergonzantes para la sensibilidad artística dominante. Crecidos, ya que no nacidos, durante los turbulentos siglos XIX y XX, se desarrollaron al calor de los suburbios de las densas urbes industriales, donde fueron adquiriendo su idiosincrasia mas genuina, al transformar ancestrales angustias vitales (la esclavitud negrera del tango, el sino fatídico del emigrante del fado o la marginación racista en el flamenco) en lenguaje musical propio y autóctono de la miseria social y económica del proletariado mas despreciado. Músicas “canallas” por antonomasia, que encuentran en la expresión de situaciones o sensaciones “ofensivas” para la sociedad bienpensante (generalmente en forma de escabrosas situaciones eróticas o amorosas) un modo de desahogo emocional y reencuentro vital con un pasado menos doloroso o mas libre, aunque alguna vez fuera mítico o imaginado. No por casualidad, suelen estar estas músicas asociadas a lenguajes, jergas o dialectos  semi-secretos como el caló o el lunfardo.

    Mientras sonaban los últimos acordes de la Rapsodia Pampeana de Alberto Ginastera, apenas tuve tiempo de caer en al cuenta  lo asombrosamente común de la trayectoria de estos estilos musicales: apropiados (que no aceptados, ni asimilados) por los poderes económicos dominantes, pasaron a ser desvirtuados y vendidos como un producto de consumo barato para un turismo masificado y desinformado, explotándolo hasta tal punto, que acabaron siendo rechazados por la mayor parte de sus antiguos artífices y asociados en el inconsciente colectivo de sus pueblos a regímenes fascistas o represores. Solo en el fondo de este pozo, algunos creadores de alto nivel, como Albeniz, o Granados con el flamenco, Piazolla  o Ginastera con el tango, o incluso Gershwin con el jazz y el blues, sensibles a su espíritu  íntimamente popular, empezaron una lenta recuperación y ennoblecimiento de sus melodías, que si bien las alejan de la entraña popular, al menos consiguen elevarlas a otro nivel de expresión, inyectando algo de savia nueva en la música culta occidental. Por fortuna hoy día, además de esta corriente culta, también estas músicas están conociendo un resurgimiento en sí mismas, deshaciéndose muy lentamente de etiquetas turísticas o políticas, y recuperando algo de la esencia expresiva que las caracteriza.

    Al final, mientras aplaudíamos emocionados a Moira e Ivo, me preguntaba un tanto apenado: “¿Cuál son las músicas populares que ahora despreciamos y que serán mitos culturales dentro de 100 años...? ¿Cuáles no osaríamos llevar hoy, ni locos, a una sala de conciertos como esta...?¿Cuáles nos producen rechazo por sus formas o la extracción social de sus interpretes (por llamarles algo)? ¿El rap quizá...? ¿Alguno de los mil estilos electrónicos discotequeros..? ¿El hip-hop... el reggaetón..? ¿Alguna variedad posmoderna de Heavy Metal...?” No se me alcanza. Es un tanto deprimente no tener la perspectiva necesaria para poder penetrar en las raíces culturales de tu propio tiempo. Eso, como tantas y tantas cosas, queda reservado a los que nos sucederán. Lo que si es muy posible es que sean músicas tristes, músicas de perdedores, como tristes y de perdedores fueron el tango, el fado, el flamenco o el blues. Ya lo dijo el bueno de Franz Schubert: poco antes de morir: “¿Conocen ustedes alguna música popular que no sea triste..? Yo no."

    En fin... Aunque nada iguala la sensacion de un sonido en vivo, aquí os dejo alguna de las piezas de Astor Piazzolla: "Adios Nonino" o "Libertango". Que las disfruteis.

     

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    2/6/2007

    Babel: caos en la aldea

    Rinko Kikuchi en "Babel" de Alejandro González Iñárritu. 2006  

    Corría 1964 cuando Marshall McLuhan publicaba “Understanding Media: The Extensions of Man”. En aquél tiempo acababa casi de despegar la televisión en el mundo y por descontado que no existían ni teléfonos móviles, ni videoconferencias, ni messenger, ni GPS, ni Google y por no existir, no existía ni la televisión de cable y por ende,  no existía la CNN. No obstante en esa obra, McLuhan haciendo gala de una perspicacia intelectual envidiable, formulaba las bases teóricas desde las que analizar la revolución mediática que entonces apuntaba. De ser la sociología menos especulativa y un poco mas Khuneana, según me ilustraba mi socióloga alpujarreña favorita,  las ideas de McLuhan constituirían un paradigma formal, según el cual la sociedad humana que se inició con un carácter tribal, en la que primaban las relaciones directas entre individuos, derivó por mor de la escritura, en una sociedad racionalista, regida por la separación entre símbolo y significado en la que primaba la relación entre ideas. McLuhan predijo que esta sociedad evolucionaría a causa del fulgurante desarrollo de las comunicaciones colectivas y personales, hacia una nueva “tribalizacion” de las relaciones sociales, donde el paulatino abandono de la cultura escrita a favor de una comunicación instantánea, visual, auditiva, casi sensorial, de individuo a individuo, provocaría una homogenización cultural y una conciencia colectiva planetaria, hecho que McLuhan expresó con el archimanido tópico de la “aldea global”. En esta aldea global, como en la tribu primigenia, no importan las diferencias entre el mensaje a transmitir y el  medio por el que se propaga. Lo vital es la comunicación en sí, contactar, compartir.. da casi igual el qué: “El medio ES el mensaje”.

    Por la misma época, hacia 1963, el metereólogo Edward N. Lorenz publicó un trabajo altamente especializado denominado “Deterministic nonperiod flow”, en el que construía un modelo matemático para intentar explicar el movimiento de las masas de aire atmosférico. Lorenz, además de su investigación profesional, se dio cuenta de que el sistema de ecuaciones que proponía en su modelo, tenía una curiosa propiedad: una pequeñísima variación en el valor de las variables de entrada, provocaba una enorme divergencia en los resultados obtenidos. De hecho, al repetir sucesivamente la resolución de las ecuaciones con series extensas de valores de entrada, daba origen a un patrón de resultados de complejidad cuasi infinita (lo que hoy llamamos un fractal). Estimulados por este estudio revelador, matemáticos como Feingenbaum, físicos como Prigogyne o  ingenieros como Mandelbrot construyeron un corpus de doctrina que se conoció como “teoría del caos”. Según este modelo un sistema suficientemente complejo y definido por conjuntos amplios de variables puede tener un comportamiento caótico, es decir acabar en unos estados finales casi impredecibles, ya que ningún modelo puede controlar todas las  sutiles variaciones de las condiciones iniciales. Gerardo Bernal físico mexicano, expresó poéticamente este hecho diciendo que “el aleteo de una mariposa en Hong Kong, puede desatar una tormenta en Nueva York”. He ahí el no menos manido tópico del “efecto mariposa”.

    Y.... en todas estas cosas pensaba yo  cuando salía del cine después de ver “Babel”, la oscarnominada película de Alejandro González Iñárritu (bueno lo pensaba.. mas o menos... sin los nombres y eso, que todavía no tengo el Google en la PDA). Por ello, mientras maldecía el paquete mediano de palomitas cuya sal me abrasaba boca, meditaba que esta película podía ser una muy buena metáfora de la síntesis de esos dos temas socio – científicos tan candentes en la actualidad. Es decir: si puede haber comportamientos caóticos en cualquier sistema organizado ¿qué ocurriría cuando el sistema que consideramos es la “aldea global” de McLuhan? O dicho de otra manera: ¿podría darse un “efecto mariposa “ social o político (que tanto da...) en un mundo globalizado e instantáneamente intercomunicado? Y aún antes de responderme, me hice una última pregunta: ¿por qué diablos no elegiste la sala de “El ratoncito Pérez” o al menos compraste un botellín de agua?

    Dado que no tenia la cabeza yo para tan altas especulaciones, preferí recordar lo bien que casaba con la película de  Iñárritu ese fenómeno que predice la teoría del caos cuando se introduce en el medio una perturbación ligeramente atípica, en este caso un regalo de un turista a un guía de un país remoto, la cual puede causar con el transcurso del tiempo una auténtica conmoción en el sistema entero:  una serie de hechos en cascada que afectan a múltiples personas en tres continentes e incluso provocan un conato de conflicto internacional. Pero, pensaba, esto no sucede de cualquier manera, ni sin que haya una razón para que así sea... de hecho el director se preocupa muy bien de explicar, en cada una de las historias entrelazadas, las razones detalladas para que ocurra lo que ocurre y todas ellas son perfectamente verosímiles. ¿Por qué entonces tan desmedidos efectos?.

    El cabreo de regulares proporciones que me entró al observar como todos los bares del centro comercial recogían las mesas mientras la sed me abrasaba, me hizo recordar apesadumbrado que el caos formal no sobreviene en cualquier sistema, sino solo en aquellos dotados de normas definidas que rigen su comportamiento. Es la complejidad del sistema, y no la carencia de leyes, lo que provoca esos efectos inesperados y fluctuantes tan característicos. En el filme me impresionaron las imágenes en las que como fondo de las historias que se narraban, aparecían los telediarios de Japón, México, Marruecos o Estados Unidos repitiendo las mismas imágenes de un hecho, las mismas interpretaciones a contrapelo de toda lógica, y un mensaje político en cinco idiomas distintos, pero único y machacón, dictado desde un poder supremo.

    Creo que es esa interacción entre la propagación forzada de un mensaje y un tejido social complejo pero cohesionado por los medios, la que puede provocar un “efecto mariposa” sociológico, una especie de coagulación súbita, pero impredecible,  de los acontecimientos en torno a una opinión o a un hecho, que se propaga incontenible a través del tejido social. Algo, imagino, que los políticos deberían tener cada vez mas en cuenta. Y sírvanos como ejemplo cercano, si se quiere, el caso del 14-M. ¿Es este fenómeno algo positivo, o un oculto peligro más de la globalización? ¡Pues vaya Vd. a saber...! Por no acudir al tópico de las botellas a medio llenar, me gusta recordar la frase del sociólogo Zygmunt Bauman: “un optimista es el que piensa que este mundo es el mejor de todos los posibles; un pesimista es el que sospecha que el optimista tiene razón”. Así pues, puede que estemos condenados a sufrir cada vez más caóticos vaivenes y bruscos sobresaltos sociales pero, a cambio, también puede que sea posible que acaben imponiéndose por aquí las modas en el vestuario juvenil japonés (¡genial Rinko Kikuchi..!). Cosas del caos. En fin, que ustedes (varones), lo disfruten....

     

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