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20/12/2007

Feliz Navidad


Los que hablan de la eterna polémica sobre si les gusta o no les gusta la navidad, dicen que esto no tiene términos medios, ni siquiera razones lógicas: o te gusta o no te gusta (o significa algo emocionalmente para ti, o no lo significa, traducido a términos un poco más "psicológicos"). Yo soy de los que sí les gusta. Y mucho. Soy de los que siempre la espero con impaciencia, e ilusionado por volver a tener la familia junta, o por subirme de nuevo a los taburetes para adornar la casa con espumillón,  e incluso de los que les gustaría (si tuviera sitio para ello) el poner un belén con pastorcillos en el musgo y bombillita en el pesebre. No soy creyente y por tanto la navidad no tiene para mí ninguna connotación religiosa, pero sí creo que es una fiesta ligada a los ciclos naturales de la tierra, al solsticio, y que por tanto tiene profundas raíces en prácticamente todas las culturas humanas desarrolladas en las zonas que sufren el invierno.

El festejar la luz, el calor, la unión frente a la adversidad, y sobre todo el nacimiento como fuente de vida, en el punto más profundo y oscuro del invierno, es un acto de esperanza y autoafirmación que nos han transmitido pegado a los genes los seres humanos que habitaron estas inhóspitas latitudes cuando salieron de la cálida África original. Este sentimiento de aguda conciencia de nuestra propia fragilidad frente a la agresión exterior, contrapuesto a nuestro convencimiento de que podemos superar esa fragilidad mediante la unión con nuestros semejantes y nuestra capacidad de crear y extender la vida,  creo yo que es el "duende" que late en el fondo del "espíritu navideño".

Dicen que en la Tierra nace un niño cada tres segundos. Esa es nuestra mayor riqueza como especie. La ciencia aséptica de la combinatoria nos asegura que la creatividad, el ingenio, las respuestas a los mas arduos problemas, están ahí, en alguno de esos millones y millones de intelectos, esperando a ser despertados. Nunca podremos saber donde va a brillar esa chispa, y por tanto cada niño o niña que nace, cada mente que viene al mundo, es irreemplazable y debería ser tratada y cultivada como el mayor tesoro de que disponemos. Quien destruye, física o intelectualmente, una de esas pequeñas llamas vacilantes, comete el mayor de los crímenes de lesa humanidad concebible.

Nuestros ancestros equipados solo con la sabiduría del instinto, al enfrentarse cada año al momento mas duro de su existencia, cuando el frío y la oscuridad cubrían la tierra, no lo dudaban: se unían bien apretados alrededor del fuego y celebraban la fertilidad y el nacimiento de la nueva vida. Por nuestro propio bien, deberíamos procurar no olvidar su enseñanza.

 Bueno, pues nada más: ¡¡Feliz navidad a todos!!!  Ahí os dejo una postalilla de felicitación y perdonad si me ha salido pelín sensiblera... pero en fin... que queréis... ¡en estas fechas...!!

 

   

Fondo musical: Stille Nacht (Austria)
Letra: Joseph Mohr (1817)
Música: Franz Gruber (1818)
Interprete: Nana Mouskouri.

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16/12/2007

De plata y oro



Federico García Lorca. Obras Completas. Ed. Aguilar 1960

Esta tarde invernal, al levantar los ojos del periódico, mis ojos se han dirigido casi sin pensarlo al sitio exacto de la biblioteca donde reposa ese libro. Como sin quererlo también, aun antes de acercarme a él, me ha invadido ese olor tan peculiar del cuero de sus cubiertas y sin tan siquiera llegar a tocarlo, he podido sentir en mis dedos el tacto sedoso y leve, como de delicada fragilidad, de sus hojas de papel biblia. Está ahí, conmigo, casi desde siempre, desde aquella vez hace tantos años ya, en que lo saque con mis manos de las estanterías de mi abuelo y sentí por vez primera ese olor y ese tacto. Pero de aquella ocasión, recuerdo sobre todo la luz: una luz dorada y suave que provenía de la lámpara de pie, con tulipa amarilla, situada detrás del sillón en el que mi abuelo, envuelto en su resplandor, leía inclinado sobre un pequeño atril, como casi todas las tardes de las que yo tenga memoria. A mí me gustaba mucho estar allí, a su lado, con aquella luz, hojeando algún libro de grandes ilustraciones de animales, exóticos viajes o antiguas civilizaciones.

Ignoro porque aquel día cogí este libro precisamente. Quizá me atrajo lo dorado de las letras brillando sobre el marrón oscuro de su lomo, o quizá solo por su grosor, que doblaba con holgura al de todos los demás que le rodeaban, puede que por lo manejable de su formato, tamaño cuartilla. No lo sé. Imagino ahora que mi abuelo me vería hacerlo y se fijaría en el libro que cogía, pero en aquel momento no dijo nada. Siguió leyendo silenciosamente sobre su atril y yo, ignorándolo, me senté con el libro entre las manos como tantas tardes, a la luz de la lámpara, en el sillón frente al suyo. Lo abrí por el centro, al azar, y comencé a leer:

"No te conoce el toro ni la higuera,
ni caballos ni hormigas de tu casa.
No te conoce el niño ni la tarde
porque te has muerto para siempre.

No te conoce el lomo de la piedra,
ni el raso negro donde te destrozas.
No te conoce tu recuerdo mudo
porque te has muerto para siempre.

El otoño vendrá con caracolas,
uva de niebla y montes agrupados,
pero nadie querrá mirar tus ojos
porque te has muerto para siempre.

Porque te has muerto para siempre,
como todos los muertos de la Tierra,
como todos los muertos que se olvidan
en un montón de perros apagados.

No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.
Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.
La madurez insigne de tu conocimiento.
Tu apetencia de muerte y el gusto de su boca.
La tristeza que tuvo tu valiente alegría.

Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,
un andaluz tan claro, tan rico de aventura
Yo canto su elegancia con palabras que gimen
y recuerdo una brisa triste por los olivos."

- Fin de “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías” -

Cerré el libro y volví a mirar el lomo: “Federico García Lorca. Obras Completas”. Después lo abrí de nuevo y durante mucho rato fui hojeando despacio los nombres de sus capítulos: “Poema del cante jondo”, “Romancero gitano”, “Poeta en Nueva York”, “Diván del Tamarit”, “Yerma”, “La casa de Bernarda Alba”… y así cientos y cientos de páginas… hasta la 1900, en que comenzaba el índice. Volví a cerrar el libro y me quede mirando fijamente la cubierta donde brillaba el facsímil dorado de la firma de Federico. Era muy bonita, con sus iniciales surgiendo como larguísimas flores del diminuto césped de las letras de su nombre. Recuerdo que un intenso deseo se apoderó de mí, eché una rápida ojeada a mi abuelo que seguía concentrado en su lectura y, sin pensarlo dos veces, salté del sillón sujetando el libro entre mis manos y diciendo con juvenil aplomo: “Abuelo, me lo llevo para leer esta noche”. Mi abuelo levantó despacio los ojos de su lectura, miró brevemente el libro, luego me miró a mí, y después de un segundo, con una leve sonrisa, dijo escuetamente: “bien”. A continuación bajó los ojos y siguió leyendo. Nunca volvió aquel libro a sus estantes y jamás mi abuelo me preguntó, ni siquiera veladamente, que había sido de él. La transmisión se había efectuado tácita pero irreversiblemente. Fue, en la práctica, mi primer libro “serio”, y desde entonces me ha acompañado en todos los sitios en los que yo he vivido, mientras el resto de la biblioteca ha ido creciendo lentamente a su alrededor, como esas capas que van formando las perlas de los moluscos alrededor de un pequeño núcleo incrustado en su manto.

Hoy he buscado y disfrutado, esta vez con toda intención, de ese último poema del “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías” al acabar de leer la reseña del 80 aniversario del que es considerado el acto fundacional de esa increíble explosión de creatividad que fue la generación del 27. Efectivamente: tal día como hoy, un 16 de diciembre de 1927 se reunían en el ateneo de Sevilla un grupo de poetas y profesores para conmemorar el 300 aniversario de la muerte de Luis de Góngora y poco después, invitados por el mecenas del acto, el torero Ignacio Sánchez Mejías, se reunieron de forma mucho menos académica en su finca sevillana, a correrse una buena juerga. Impresiona realmente leer la nómina de asistentes a aquel evento: ¡Benditos tiempos aquellos en que los toreros se dedicaban a apadrinar artistas en lugar de decir estupideces rosas en las televisiones!

Pensaba, al sentarme a escribir hoy, reflexionar un poco sobre esas súbitas eclosiones de gente brillante en determinados momentos históricos, esa especie de “efervescencia creativa” que de tanto en tanto parece extenderse como una ola sobre la sociedad entera. La de la generación del 27 fue especialmente deslumbrante. Tanto, que ha hecho fortuna en los últimos tiempos el apelativo de “edad de plata de la literatura española" que acuñó José Carlos Mainer para referirse a aquellos años prodigiosos. Pero esa reflexión tendrá que esperar. Hoy mi emoción, que raras veces sigue los caminos de la cabeza, ha preferido acariciar el lomo de este libro querido y evocar, ahora que la entiendo cabalmente, aquella mirada que mi abuelo nos dedicó, una lejana tarde perdida en el recuerdo, antes de despedirse de él.

Solo quisiera expresar mi absoluta confianza en que puede que tarde mucho en nacer, pero seguro que nacerá, otra generación de tan clara mirada y limpia palabra como aquella cuyo 80 aniversario hemos celebrado hoy, por mucho que ningún telediario le haya dedicado ni un solo comentario de cortesía. Que ustedes, y si es posible también yo, lo veamos. Amén.

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 Ateneo de Sevilla. 16 de diciembre de 1927

13/12/2007

En blanco



¿Que diablos pongo...?Quizá se deba a la gris cortedad de este lento atardecer de Diciembre, pero lo cierto es que hoy, como desde hace muchos días ya, miro con aprensión la fecha que encabeza la última entrada de este blog (la penúltima, si es que estás leyendo esto): un lejano 2 de noviembre. Más de un mes y medio ya, por tanto. Un mes y medio en el que se me ha hecho dolorosamente patente esa absurda sensación de “flojedad mental “ que, de tanto en cuanto, me impide sentarme ante una hoja en blanco a contar cosas, o más bien a contarme cosas a mí mismo, que al fin y al cabo es lo que cuenta. Durante los breves días otoñales de este mes y medio transcurrido leía con meditabundo asombro la explosión creativa de mi jovencísima amiga, vivaracha sardina que de pronto perdió la pereza, en una suerte de proceso contrario al mío: ¿Por qué escribes tanto ahora… así, de repente…? le pregunto -“No lo sé… quizá es que he concluido una etapa de acumulación y he llegado ahora a la de expulsión…”- Obviando la juvenil querencia por lo escatológico, sigo preguntando: ¿Hace falta tener penas para escribir…?, (aunque no escribas propiamente sobre tus penas) ¿Acaso no se escribe cuando se es feliz..? –“No sé... no creo… creo que más bien está relacionado con vivir algo intensamente, no necesariamente desgraciado”- Pero entonces, insisto, ¿Cómo hace un escritor profesional? ¡No va a estar todo los días viviendo cosas intensas! -“Los escritores profesionales son todos unos amargados… jajajaja. Además quizá es que esa gente tiene una capacidad especial para vivir cosas intensas. Muchos artistas viven intensamente hasta el vuelo de una mosca…”- .Mmmmm… Fascinante mi joven amiga… ¿a que sí..?

Interesante idea: para escribir es necesario (o al menos viene bien) tener vivencias intensas, aunque, claro, ¡tampoco es imprescindible tenerlas en el momento mismo de sentarse al teclado!, incluso está bien que pasen por un proceso de amasado y recocido. Viene a ser algo así como la vieja receta de los talleres de escritura y análogos: lo primero para escribir (bien o mal) es tener algo que contar. ¿Pero siempre se tiene algo que contar? Pues no. Ni de coña. Es curiosa la idea del escritor Álvaro Mutis expresada en una reciente entrevista de Cristina Rivera: La escritura es un hecho natural. No es un deber. No es una profesión. No es, ni siquiera, un destino. Tengo cinco años sin escribir y no me ha pasado nada […] Es que es parte del cuerpo. Uno lo acepta y sigue respirando. No es para tanto escribir. Uno le sigue cambiando el agua al canario. Y se puede ser feliz sin eso, sin escribir”. Simplemente. Es decir, que el hecho de escribir es quizá algo más sutil que tener o no algo que contar. Yo no sé vosotros, pero a mí cuando estoy en un periodo locuaz, se me ocurren mil cosas para escribir, incluso tengo que decidir sobre qué cosas lo hago y sobre cuáles no, por falta material de tiempo. Pero, para mi desgracia, en un periodo de sequía, ¡ni siquiera consigo acordarme cuales eran aquellos maravillosos temas descartados sobre los que no tuve tiempo de escribir en su día!! En este sentido decir que no escribes porque no encuentras sobre qué, es enunciar el mismo problema con otras palabras.

Al final creo que nadie sabría decir exactamente por qué tiene o no ganas de escribir. Imagino que como muchas de las cosas creativas que hacemos, es una mezcla de intuición y disciplina. Intuición para destacar un tema especifico entre la maraña inmensa de acontecimientos que se va desenvolviendo frente a nosotros en cualquier momento. Ahí es donde ayuda, evidentemente el tener experiencias intensas que destaquen sobre el panorama: bien por sí mismas, bien porque nuestra sensibilidad contribuya a hacérnoslas sentir así. Pero también disciplina para sentarse a estrujarse un poquillo el cerebro (o la sensibilidad... vaya Vd. a saber) y empezar a plasmar cosas una tras otra en el papel. Imagino que a todos nos ha pasado sentarnos a escribir sobre algún tema poco perfilado y en el medio del texto “pescar” casi al vuelo una idea interesante y al final acabar dando todo el peso a esa idea abandonado en la practica el tema original. Personalmente este hecho, cuando ocurre, es uno de los que más placenteros me resulta de la actividad de escribir. Como si en ese momento “la inspiración” (sea eso lo que fuere) se hubiera apropiado de ti para hacer su propia voluntad. Pero tal cosa siempre sucede cuando previamente te has sentado a pulsar una tecla tras otra.

Es probable que la mayoría de las veces, sí no todas, uno necesite escribir ciertas cosas para “contárselas a sí mismo” es decir para encajarlas en un “orden” personal que te permita entenderlas con más nitidez, como un entomólogo toma un insecto del campo para estudiarlo en su mesa. Me recuerda esto a lo que me sucede con las imágenes de los viajes que realizo: hoy día los medios digitales de imagen nos permiten capturar un aluvión visual tan enorme que después, vistos así en montón, me producen una abrumadora sensación de caos. No solo no consigo recordar nada del viaje, sino que, para más inri, me crea una indomable pereza solo el hecho de pensar en mirarlas. Afortunadamente el descubrir los programas de presentación audiovisual, tipo Movie Maker y demás, me permitió trabajar sobre ese ingente material en bruto, casi inútil de tan bruto. El hecho de ordenar las imágenes en un conjunto de narración coherente, con su secuencia temporal, con fondos musicales, narraciones, etiquetas e incluso el mismo trabajo de selección y documentación a que te obliga la organización razonable de una visualización, le da al conjunto un aspecto “entendible”, orgánico, emotivo incluso, de forma que en muchas ocasiones el propio trabajo de elaboración, acaba haciéndome entender y disfrutar de algunas de las cosas que vi mejor todavía que en el momento real del viaje. Casi parece como que uno “construyera” o “fijara” su propio recuerdo coherente del viaje, sacándolo así de la maraña de un recuerdo nebuloso de acontecimientos dispares llamado a desvanecerse en el tiempo.

Puede que poner en negro sobre blanco las vivencias, intensas o suaves, emotivas o racionales, divertidas o dolorosas que día a día soportamos, nos ayude también a entenderlas, a darles su justo valor o al menos a fijar su recuerdo de una forma más perdurable y definida en nuestra memoria. Como el extraer las mejores fotos de un excitante viaje. Es también por esto, imagino, por lo que nunca me ha preocupado gran cosa tener muchos lectores, (aunque me gusta mucho que me leáis, ¡por supuesto…!! La vanidad siempre esta presta a la hipertrofia… jajaja… ). La mayor parte de las veces yo soy mi lector más atento sobre todo de cara al pasado: releer pensamientos, reflexiones, sensaciones, de tus “otros yo” perdidos ya en el tiempo o en el recuerdo, me resulta tan fascinante como contemplar las imágenes congeladas que trabajosamente seleccionaste de aquel largo viaje que hiciste hace ya, tantos, tantos años…

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