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31/12/2006

Bibliotecas

 

"¿De que le sirve al hombre ganar el mundo entero, si al final pierde su alma"?

Marcos  (8:36,37)

Hoy, no sé muy bien porque, me ha vuelto a ocurrir. Puede que fuera el ocio, un tanto indolente, de las vacaciones invernales el que hizo que, sin ninguna razón concreta y un poco al azar, acabara plantado delante de mi biblioteca contemplando las hileras de libros apilados. De inmediato, como tantas otras veces, empecé a  sentir ese familiar “cosquilleo bibliófilo”, esa seductora  mezcla de pasión de lector y vanidad de coleccionista. Una sensación que, sin quererlo, casi siempre me hace extender la mano y pasar los dedos suavemente por los lomos de los libros extendidos frente a mí en las estanterías. Y así, con lentitud, mientras los dejo rebotar de uno en otro libro, me invade poco a poco esa sensación de abandono que parece hacer fluir el recuerdo de los textos, la evocación de las imágenes, el soplo de las historias, desde mis ojos, que recorren los títulos, hasta las yemas de mis dedos que los acarician. Pero de pronto, el bailoteo se hace mas regular: ahora mis dedos se deslizan sobre una de las joyas literarias, pero sobre todo emotivas, de mi colección: los ocho tomos idénticos que forman la edición de las obras completas de Pío Baroja de 1946. Y fue entonces cuando volvió a ocurrir.

El suave tacto de la piel de los tomos granate y oro, me hizo dar un brusco y silencioso salto en el tiempo y de pronto me vi, o mejor: me sentí, como el niño de trece o catorce años que alguna vez fui, mirando entre codicioso y respetuoso, aquellos mismos tomos, solo que esta vez alineados en otra estantería, en otra habitación ya perdida en el tiempo. Sujetaba una taza de colacao en las manos, como tantas noches, y los brillantes arabescos dorados, que destacaban sobre el fondo grana, llamaban mi atención, aunque la biblioteca que los contenía, mucho mas modesta, apenas iba mas allá de cuatro o cinco anaqueles. Mis ojos pasaban con una sensación de misterio y curiosidad de los libros carmesí, a los gruesos tomos de la enciclopedia Labor y de estos a las coloridas hileras de la colección Austral, para llegar, al final, a la figura de mi abuelo leyendo en su sillón, aislado por el cono de luz de la lámpara, con el libro reposando en el pequeño atril de madera que el mismo había construido. “¡Yo también leeré esos libros!” pensaba con una especie de determinación obstinada al volver la vista de nuevo a los estantes silenciosos.

Nada, ni nadie, de lo que aquel niño veía, existe ya. Nada, salvo aquellas filigranas doradas que ahora acarician mis dedos. Poco pude salvar de aquella queridísima biblioteca: las obras de Don Pío, algunos tomos de Lorca, otro de Quevedo, la mitología de Guirand, “La guerra civil española” de Hugh Thomas en la mítica Ruedo Ibérico, allí remansada después de rocambolescas aventuras de paso de fronteras y correos secretos, un par de obras de Unamuno. Apenas nada más. El tiempo, la desidia, la necesidad de “justos” repartos, se llevaron lo mas valioso que tenía: la unidad de aquel conjunto, el símbolo, la manifestación externa de la vida espiritual de un hombre que, en tiempos mas que difíciles, juntó aquellas obras durante decenios en un casi sobrehumano esfuerzo de superación y rebeldía, para sus condiciones económicas y sociales. Aún recuerdo aquel nudo en la garganta el día que vi los restos de aquellos amados volúmenes atados en amasijos cubiertos de polvo, arrumbados en el suelo de una lonja húmeda. Fue doloroso decidir cuales sobrevivirían y cuales irían a un incierto destino de donaciones o quizá directamente al basurero. No quise saberlo. Aquellos que escogí fueron, Carmen, los auténticos “adoptados” de mi particular cementerio de los libros olvidados, aquellos que literalmente pude salvar de la desaparición física, o al menos, espiritual. Como si aquel niño de la taza de Colacao en la mano, hubiera señalado con su dedo la biblioteca que tenía enfrente y hubiera ido eligiendo: “este, y este... y aquel otro”.

Cuando, el recuerdo empieza a ser demasiado doloroso, separo la mano de los libros, doy un par de pasos atrás y después de aclararme los ojos vidriosos, contemplo con cierto orgullo las estanterías en su conjunto: su tamaño triplica holgadamente el de aquellos anaqueles de mi infancia, pero el tamaño en este caso, verdaderamente no importa. Pienso que al igual que para mi abuelo, o para cualquier amante de los libros, esta biblioteca es un poco la síntesis o el resumen de mí vida, incluso de mí vida al completo: los contenidos, las obras en si mismas, dan cuenta de la vida intelectual, por supuesto, pero también su historia, los lugares y las circunstancias en que se consiguieron cada una son testigos de nuestra vida física. El paso de las ediciones de bolsillo de la juventud a las ediciones encuadernadas de la vida adulta o a las piezas bibliográficas de la madurez son testigos de nuestro devenir económico. Todas y cada una de las piezas del millar largo que se alinean frente a mí tiene su historia, su motivo, su exacta razón por la que estar ahí y ser como es. Supongo que podríamos hacernos una idea muy cabal de la mente y los sentimientos de alguien estudiando y analizando su biblioteca. Vendría a ser como un destilado o un coágulo de su alma.

Y así, mientras agoniza este año, un tanto penoso, tan ligado personalmente a los declives y decadencias, tan duro de digerir, me pregunto si esta biblioteca mía podrá salvarse de la desintegración, de evaporarse en la nada, como sin duda se evaporará la conciencia que la reunió y la dio forma. Supongo que no, claro. Salvo muy contadas excepciones, creo que ninguna biblioteca sobrevive incólume a la desaparición de su propietario. Como la delicada y personalísima construcción espiritual que es, probablemente pierde su cohesión cuando el sujeto que la da soporte y razón de ser deja de existir. Como una suerte de “cuerpo místico”, sus partes componentes se disgregan, se dispersan, se pierden o se destruyen al no tener quien que las aglutine y las proporcione sentido. Y sin duda ese será el destino de estos amados volúmenes que ahora contemplo: desvanecerse uno a uno en la noche del tiempo, como se desvanecen una a una las estrellas al amanecer de este último día del año. La desaparición de las bibliotecas viene a ser como una segunda muerte de sus propietarios, algo diferida y menos dramática, si queréis, pero no por ello menos real. La segunda perdida del alma. ¡Dios...! ¿Como podemos sobrellevar tanto sinsentido...?

 

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21/12/2006

Solsticio

Giotto. Natividad. Fresco. Capella degli Scrovegni. Padua, Italia. 

La Nochebuena se viene,           
la Nochebuena se va.           
Nosotros nos iremos           
y no volveremos mas.          

Villancico popular          

 No deja de ser sorprendente para nosotros, urbanitas actuales, lo excitantes que resultan y han resultado para la humanidad, por lo general, los tiempos del solsticio, tanto el de verano como el de invierno. Yo creo que se nos hace extraño y por ende atrayente y enigmático, el descubrir cualquier intromisión de los ciclos naturales en nuestra vida o nuestra conciencia, cuando gran parte de nuestra actividad la dedicamos a aislarnos o al menos independizarnos de los avatares de la naturaleza. Es evidente que los solsticios, que marcan los puntos culminantes del ciclo solar, han tenido desde siempre una importancia trascendental para las culturas occidentales, en primer lugar, imagino,  por su carácter agrícola que precisa de la exacta determinación de los ciclos de siembra y cosecha, que pueden marcar la diferencia entre el hambre o la abundancia durante todo un año, pero tambien, estoy convencido, por su fortísima carga simbólica asociada a la luz solar.

 La noche, que esconde a los depredadores, así como el frío, que nos aniquila, han sido a traves de los milenios enemigos irreconciliables de la humanidad. Durante eones nos ha acompañado un miedo ancestral, animal y difuso, a que el sol no reaparezca y quedemos  por siempre sumidos en la esa oscuridad tan angustiosa. ¿Cuánto tardaría el ser humano en apercibirse de una manera consciente de que a partir de un cierto día el Sol, cada vez mas vacilante y lejano, comenzaba de nuevo a resurgir, a aumentar su fulgor, a brillar mas y mas tiempo? La determinación del día exacto, ¿seria un descubrimiento colectivo, o el de algún ignorado genio? ¿Surgiría en un lugar concreto y se difundió o, por el contrario, todos los pueblos lo descubrieron por sus propios medios? Sea como fuere, el solsticio de invierno, desde entonces, vino a significar algo así como “el gran amanecer anual del sol”,  la confirmación de que el ciclo de la naturaleza va a continuar, de que la vida de nuevo renace y poco a poco salimos de las tinieblas hacia la luz.

 Y así de la misma manera que en el punto culminante del ciclo solar los seres humanos celebran el triunfo de la luz, del calor y el fuego, en el punto opuesto cuando las tinieblas y el frío cubren el paisaje casi todas las horas del día, vuelven su recuerdo hacia el nacimiento, la fecundidad, y la fertilidad. En todas las circunstancias no deja de impresionarme la férrea determinación de la humanidad por sobrevivir, ese insoslayable mandato genético de asirse con todas las fuerzas disponibles, y algunas más, a la existencia. Esa sorda y a veces totalmente ilógica confianza en la posibilidad de superar las mas duras condiciones.

 El niño desnudo, frágil y desvalido, que tantos ritos y religiones distintas ven nacer absortas  mientras el sol agoniza, puede no ser mas que la manifestación atávica de esa tenaz lucha contra el destino, el símbolo de que aunque nuestro fracaso en pervivir como individuos es irreversible, aún podemos contar con la fuerza bruta de la vida para intentar empujar nuestra débil existencia a través del tiempo. Que aunque nuestro sol individual está condenado a la desaparición y a la oscuridad, otro sol joven, naciente y prometedor amanece a la existencia. En el fondo quizá no se trate mas que de una forma simbólica y colectiva de nuestro empeño en proclamar que la vida, contra viento y marea, debe permanecer, que hay un cordón invisible que une el pasado oscuro con el futuro luminoso y que de algun modo cada niño que nace, cada niño “que es dado a la luz”, lleva en sí mismo, de una forma mística pero poderosa, el renacer de la humanidad entera. Celebrémoslo pues una vez mas, y que así sea, por los siglos de los siglos.

 

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10/12/2006

Aromas

Recordaba haber leído hacia muchos años ya la novela, y sin embargo no era capaz de evocar los detalles de la historia. Sí que recordaba el argumento general y alguna parte mas  o menos impactante de la misma cuando de pie, enfrente de la cartelera de los multicines, evaluaba la posibilidad de entrar a ver alguna de aquellas películas. “El Perfume” de Patrick Süskind había sido una lectura impactante, eso  lo recordaba con nitidez, de esas que te atrapan y tienes que seguir, una pagina tras otra, hasta que llegas al final. Recordaba también vagamente haber recomendado su lectura a alguien (¿a quien...??) por aquellos días. La verdad es que no me seduce gran cosa ver en el cine obras o historias que he leído previamente como novelas, ya que, por tópico que parezca,  siempre me parecen decepcionantes, o al menos lo bastante distintas para no responder a las expectativas que me planteo al rememorar las obras escritas. No obstante la oferta era lo suficientemente anodina ( o lo suficientemente  desconocida... no seamos injustos..) como para que al final con una pequeña ayuda de mi acompañante me decidiera por la película basada en la novela Süskind.

Mientras transcurría la película, no obstante, me pareció que esta me proporcionaba un  punto de vista diferente del que yo había percibido en el libro (o recordaba haber percibido, lo que en el fondo viene a ser lo mismo, pues ¿qué otra cosa existe para nosotros sino aquello que somos capaces de recordar?). A mi entender, sórdidos asesinatos aparte, el filme hacía hincapié en el aspecto mas “vistoso” de la historia, es decir: en las extraordinarias capacidades olfativas del protagonista, capaz de distinguir un olor a kilómetros de distancia o provocar a voluntad emociones en los demás  fabricando determinados perfumes (al estilo de Laura Esquivel con los sabores en “Como agua para chocolate”). No obstante, en mi recuerdo de la novela, lo que destacaba con mas nitidez era justamente lo contrario: la propiedad del personaje de no desprender ningún olor propio, nada que alertara a los demás de su presencia a no ser que estuviera exactamente a la vista.  

De hecho al terminar el filme y saliendo de la sala con las imágenes recientes, creí  recordar que en el libro, la primera capacidad que el personaje explota de su singularidad es precisamente esa: puede pasar desapercibido en cualquier circunstancia, introducirse subrepticiamente en todos los rincones, aproximarse a la gente hasta casi tocarla sin que esta se aperciba. Nadie le recuerda entre los asistentes a un acto, nadie le presta le menor atención cuando pasa a su lado. El reverso de la moneda es que, cuando su presencia se impone (entre los compañeros de juegos, de cuarto, de trabajo, posibles amantes..), siempre produce en ellos un rechazo visceral, una sensación de desasosiego, una invencible desconfianza que lo condena a la marginación y la soledad.

Caminando hacia el aparcamiento reflexionaba en cual puede ser la tesis en la que el autor basa su historia. Imaginaba que quizá quería expresar la enorme influencia que determinadas percepciones sensoriales atávicas, instintivas, tienen en nuestra vida cotidiana y cuan poco somos conscientes de ellas, e incluso cuando lo somos, no es sino para rechazarlas o negarlas. Esa parábola del olfato, de la carencia de olor que hace que el protagonista resulte “invisible” para el recuerdo o la emoción de los demás, es quizá un símbolo de esa instintiva percepción que todos tenemos de una persona a los treinta segundos de conocerla. Resulta fascinante el pensar en que recónditos mecanismos cerebrales se ponen en marcha para que podamos sentir atracción o rechazo hacia otro, y que poderosas fuerzas inconscientes nos permiten juzgar su potencial de amenaza o beneficio en tan brevísimo lapso de tiempo. Puede que, en efecto, el olor sea una de ellas (como lo es en muchas de las especias animales afines a nosotros) y también, a lo que parece, las expresiones faciales, los tipos corporales, los timbres y matices de la voz, los ademanes, el aspecto saludable, la edad aparente y miles y miles de otras posibles variables que la psicología investiga. A mí, al hilo de esta reflexión, lo que me resultaba mas atractivo era meditar en lo poderoso y profundo que ha de ser este mecanismo de juicio, moldeado por millones de años de evolución, capaz de aprehender, procesar y evaluar tantas y tan dispares variables en apenas unos segundos y de forma totalmente inconsciente. Algo por otra parte bastante necesario, si se piensa que en muchas ocasiones, en la feroz competencia natural, el mas mínimo error de apreciación al confundir una amenaza con un beneficio, puede ser fatal para la supervivencia.

Mientras de vuelta a casa, las rayas blancas de la carretera aparecían y desaparecían en la noche a la luz de los faros, pensaba en como la mayoría de las veces, mal que nos pese, esta capacidad instintiva funciona a la manera de un filtro previo que clasifica a las cientos de personas con las que interactuamos en nuestro entorno y, aunque algunas veces, podamos remontar o contradecir su veredicto aceptando como atractiva una persona que inicialmente “nos cayó mal”, la mayor parte de ellas por suerte o por desgracia no es así, y aquellos que no superan la prueba simplemente dejan de “ser visibles” para nosotros, se esfuman en la niebla de lo anónimo. Meditaba además que esta selección tiene interés en cuanto que nos permite una calibración mucho mas precisa de los puntos (por fuerza limitados) sobre los que focalizamos nuestro interés: solo llegaremos a un conocimiento intelectual o emotivo detallado, con quien haya superado doblemente (de ti para mí y de mí para ti) este primer filtro.

Quizá fue la visión de la acristalada cabina del peaje, lo que me hizo reflexionar sobre el hecho de que un medio sensorialmente “aséptico” como Internet (o el correo o el teléfono en otras épocas) nos priva de esa capacidad al impedir el uso de los elementos instintivos de evaluación. Entonces solo podemos juzgar ateniéndonos a los medios racionales o conscientes de que disponemos: las originalidad de las ideas, la fuerza expresiva, la sinceridad supuesta, la belleza de las palabras. Ninguna evolución de milenios nos ha preparado para una verificación rápida e instintiva de esas cualidades, fácilmente manipulables además. ¿Será por eso por lo que tanta “gente maravillosa” pulula por los espacios o los chat de Internet? Es muy posible que cuando alguien llega a seducirnos con estos medios, alguna parte atávica de nuestra mente dé por supuesto que ha sido superado el primer filtro y que esa persona tan interesante “seguro” que ha de ser alta  (o baja), joven (o mayor), guapa (o guapísima), oler a menta (o a fresa), ser atenta, ser alegre, tener dulce mirada, gestos pausados, sonrisa encantadora, etc, etc, etc...

Al cerrar la puerta del garaje, se me ocurrió que esa  “inversión” del proceso normal de relación humana puede ser la responsable en cierta manera de los intensos efectos emocionales de las relaciones cibernéticas y de sus fulgurantes apegos afectivos. También, como no, de la inexpresable tormenta emocional que se desata al conocer al fin en persona a quien tanto creímos conocer en las pantallas. “No te imaginaba así...” alcanzamos a balbucir aunque hayamos visto docenas de fotos. Durante el corto trayecto del garaje a mi casa, con el aguanieve de Diciembre arremolinando mi bufanda mal anudada,  pensaba que seria un gran invento incorporar al MSN un transmisor de aromas. Quizá olisquear un poco a nuestros interesantísimos interlocutores nos ahorraría alguna que otra sorpresa.....

 

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04/12/2006

Memoria de la carne



Modigliani. Desnudo Sentado. 1916
Por la noche, con la luz apagada,
miraba a través de los cristales,
entre los conocidos huecos de la persiana.
Como un rito o una extraña costumbre
la escena se repetía, día tras día,
igual siempre a sí misma.
Frente a frente su ventana,
la veía aparecer y bajo la tenue claridad de la luz,
lentamente, irse haciendo desnuda.
Sus ropas caían sobre la silla,
primero grandes, luego más pequeñas,
hasta llegar al ocre color de su cuerpo.
Andando o sentada, sus movimientos tenían
la inútil inocencia del que no se cree observado
y la imprevista ternura del cansancio.
Cuando todo volvía a la oscuridad,
los apresurados golpes del corazón
se aquietaban con una sosegada plenitud.
De quien así, ocultamente deseé,
nunca supe su nombre
y el romper de su risa es aún el vacío.
Sin embargo allí,
en la perdida frontera de los catorce años,
por encima del Latín imposible
y de los misteriosos números de la Química,
el temblor detenido de mis manos,
la turbia fijeza de mis ojos sobre ella, permanecen,
dando fe de aquel tiempo, memoria de la carne.

Juan Luis Panero. A través del tiempo. 1988

Epístola I: Eclipse.

Madrid, 03 de Octubre 2005
Hola mi querida amiga:

No me negarás que esta vez el comienzo no es de la más pura esencia del genero epistolar. Me he acordado esta vez de ti mientras viajaba, mecido por el tren, por la llanuras de Castilla. Voy todavía un poco soñoliento mirando por la ventanilla, mientras todo se desliza suavemente delante de mi. No estoy acostumbrado a los viajes diurnos y me sorprende la luz de la mañana en los campos. Mis ojos miran sin ver, mientras mi mente va saltando de una cosa a la otra, de una persona querida a otra, a la misma velocidad a la que se tejen y destejen los caminos, los surcos o los hilos eléctricos mientras el tren los atraviesa. ¡Como contrastan estos paisajes luminosos, amplios y desmesurados, de colores ocres y amarillos con los habituales verdes y grises de nuestras tierras! Es inevitable pensar en la manida metáfora de la flecha de la mirada, esa que viaja rauda por el espacio abierto, perdiéndose mas allá del horizonte, límpida y sin nada que la detenga en su camino. Nosotros los habitantes de los valles siempre tenemos una ladera, una colina, un monte con los que nuestra mirada choca y se detiene. La detiene, si, pero también la protege, la acuna y la da seguridad. En estas llanuras siempre nos sentimos un poco inermes, desprotegidos, un tanto lejos de nuestro hogar. Siempre las sentimos ariscas y severas. 

Hoy, no obstante, el día es definitivamente especial: aunque el cielo se ve bruñido y azul, una especie de fulgor ceniciento envuelve el paisaje como en una atmósfera irreal, con un aura extraña. Luce el sol, pero todo esta demasiado apagado, una extraña e imposible luz marchita, inunda las llanuras frente a mi. No es crepuscular: faltan los hermosos tonos dorados, rojizos y cálidos de la tarde, es mas bien una luz gris, marmórea, como entristecida y sin fuerza para iluminar. Se intuye una aguda contradicción entre las sombras cortas y nítidas de los álamos solitarios en las vaguadas y el tono desvaído de la claridad. Dentro del tren no oigo los sonidos, pero estoy seguro que el silencio se extiende, mas sonoro que nunca, por los paramos que se deslizan frente a mí. Son las once y cuarto de la mañana y el eclipse solar está en todo su apogeo. Visto aquí, en la soledad de la naturaleza, es muy diferente de la ciudad. Aunque lo sabes y lo esperas, no puedes evitar un cierto estremecimiento interior, un rechazo visceral, emocional, un sentimiento de desasosiego irracional. Te tienes que repetir que esto solo va a durar unos pocos minutos, y es palpable una sensación de expectación, de espera o de tensa inhibición en todo el paisaje. No se ven animales o personas, pero la tierra toda parece un ser vivo que contuviera el aliento. No me extraña en absoluto que durante muchos siglos estos sucesos fueran vividos por los seres humanos como algo terrorífico y cargado de presagios de muerte y acabamiento. Me he alegrado de carecer de medios para observar el sol. Aunque el acontecimiento astronómico es interesante, creo que me hubiera privado de contemplar, o de palpar, el acontecimiento emocional, de sentir el latido confuso de la tierra en esos minutos, de ver el eclipse con los ojos de nuestra esencia mas primitiva. Si me fuera posible, me gustaría disfrutar del próximo, si es que hay un próximo para mi, también en el campo, sumergido en la naturaleza, pero no a través de una ventanilla como en esta ocasión, sino en un contacto profundo y estrecho con la tierra. Creo que tiene que ser una gran experiencia.  

¿Por que te estoy contando esto? ¿Y por que precisamente a ti? Pues no lo se. Pero también reconocerás que la descripción de viajes y paisajes y los sentimientos que tenemos frente a ellos, pertenece a la entraña del genero epistolar, y esta, como buena epístola que es, lo tiene que incluir. Ya que cometiste la torpeza de darme a conocer tu e-mail tendrás que soportar peñazos de estos de vez en cuando. No se si te gusta que lo haga, ya me lo comentarás algún día de estos, pero al menos espero que no te disguste demasiado. Lo que si es claro es que a mi me agrada mucho hacerlo. El por que ya no me lo preguntes, lo ignoro. De hecho en cuanto doy a la tecla "Enviar" siento una mezcla curiosa de arrepentimiento y vergüenza, como si hubiera cometido una intromisión torpe en tu vida o en tu tiempo, no se, algo....incomodo para ti. La vergüenza la siento por mi evidente vanidad al creer que leerás con agrado semejante cúmulo de insensateces, y encima en el estilo mas petulante que soy capaz de concebir. El pensar que puedas deducir que solo busco tu admiración por este medio, un tanto patético, me hace hasta enrojecer físicamente. Pero no es eso. En serio que no. Al menos inicialmente no, cuando ya no puedo resistirme mas y me siento delante de la pantalla en blanco y escribo "Hola querida amiga". Lo hago porque tengo una necesidad real e imperiosa de comunicarme contigo, de sentir que estas ahí, de que sepas que yo también estoy aquí y pienso alguna vez en ti, en tus cosas, en que estarás sintiendo o en como te afectará esto o aquello. Tampoco creo que sea nada excepcional, o que me pase solo contigo. Obviamente hablo todos los días, por uno u otro medio,  con el resto de la gente,  pero desgraciadamente contigo no puedo hacer lo mismo. Imagino que si me faltara la relación con alguno de los otros, también intentaría restablecerla de alguna manera, al menos mientras durara nuestra amistad o complicidad o como la quieras llamar. Así pues, que lo sepas, que este es el único medio de que dispongo para mantener ese delgado hilito de unión emocional contigo entre locura y locura, y que lo necesito casi físicamente.

 Tengo muchas, muchísimas ganas de darte un fuerte abrazo, de apretarte otra vez contra mi pecho, mientras charlamos y yo te beso despacito ese cabello tan suave. Esto ultimo casi mejor que no se lo digas a nadie, porque me van a volver a poner de vuelta y media, y pensarán que he recaído en el "sentimentalismo". Pero tu y yo sabemos que aunque, por lo menos a mi, me guste pensar en ese comienzo, no hay nada mas delicioso que ir subiendo poco a poco por la escalera del deseo y acabar disfrutando de cualquier locura que se pueda improvisar sobre un sofá. Te deseo. Mucho. Que le vamos a hacer.

Carlos.

Siempre hay ciertas cosas que permanecen dando fe de otro tiempo, de cualquier tiempo. La mayoría de las veces las palabras, claro, pero ademas otras veces, también la oculta memoria de la carne.

 

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