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    11/2/2007

    La magdalena de Piotr


    Piotr Ilich Tchaikovsky

    No pude por menos de inspirar profundamente, con íntima satisfacción, al descorrer el cortinaje de acceso a la sala. Cual proustiana magdalena (que por cierto hace tanto que no las pruebo, que ni me acuerdo a que saben) me invadieron de nuevo este año los aromas de la madera y las tapicerías, los murmullos de la gente arremolinándose en los pasillos de acceso, los colores cálidos de las paredes, los telones, las cortinas, la pequeña galaxia de luces halógenas del alto techo, que hacía chisporrotear con mil fulgores hasta el más nimio objeto brillante que osara exhibirse allá abajo. Poco a poco fui notando como me invadía la satisfacción de retornar a esta pequeña rutina de los conciertos semanales, a este rato de desasimiento de las cosas cotidianas y de inmersión en los recovecos de la música.

    Hoy, además, la sonrisa se me puso de oreja a oreja al levantar la vista hacia el escenario: allí ochenta atriles vacios pulcramente alineados sobre la tarima, llena hasta rebosar, auguraban un espléndido comienzo de la temporada, aunque realmente el contenido de esta velada inaugural estaba un tanto envuelto en el misterio de esas nieblas burocráticas de la reducción de costes, pues la notificación que nos había llegado anunciaba la actuación de la Orquesta Sinfónica de Kazajstán , pero justificaba la ausencia del programa del concierto en la necesaria economía en la distribución etc, etc. así que el menú musical de esta apertura de temporada era una pequeña incógnita. Pero, en fin… tal vez por la alegría del reencuentro, la cosa no me importó demasiado. Además, ya había recogido el programa de mano en la entrada, y, dado que no había sido posible anticipar la escucha de las obras, preferí dejarlo estar, e irlo leyendo según el transcurso del concierto.

    El comienzo estuvo bien elegido, hay que reconocerlo: la suntuosidad de una orquesta sinfónica como la que delante nuestro dirigía Aidar Torybaev se presta de maravilla a brillantez de Borodin y sus danzas del príncipe Igor. Todo el fragor de los pasionales tutti, encendidos por los brillos de los metales, nos iban dejando en el oído ese poso metafísico de grandiosidad y en el diafragma ese estremecimiento, bien físico, que solo la fuerza de una gran orquesta con todos su potencia desplegada consigue igualar. Nada que ver con una grabación desde luego. Quizá solo he sentido algo similar alguna vez durante aquellas delirantes jornadas guerreras, estando cerca de las detonaciones de explosivos. No demasiado sonoras y poco espectaculares, (¡que distinta suele resultar la vida real de la de las películas…!!) pero que te producían una honda conmoción interna imposible de olvidar, muy similar a la de estos poderosos bríos orquestales de hoy.

    Y así acometimos la segunda parte del concierto, que a tenor del buen resultado de la sorpresa en la primera parte, preferí no desvelar evitando mirar el programa que reposaba prácticamente intacto en el asiento de al lado. Tras ese silencio deliciosamente tenso que sucede al ademán de atención del director, comenzaron a sonar los primeros compases de la obra. De inmediato, como en un chispazo,  reconocí la frase de inicio… ¡Y sabía exactamente las notas que venían a continuación… y las siguientes… y las siguientes...!! ¡Una especie de certeza o de comprensión súbita de toda la obra que comenzaba y de la que apenas se habían sucedido unos pocos compases me invadió, dejándome clavado con asombro en el asiento…! Pocas veces he tenido una sensación así y lo más curioso es que no conseguía recordar el titulo de la obra (obviamente romántica, obviamente rusa…). Cuando tal “reconocimiento global” me sucede, es porque se trata de alguna de las pocas partituras que me es lo suficientemente familiar, como para que la memoria de su desarrollo vaya asociada de forma espontanea a su título, cosa que en este caso no sucedía.

    Desconcertado por este conocimiento / desconocimiento simultaneo, dejé transcurrir todavía un rato, paladeando esta singular sensación, antes de tomar el programa de mano y comprobar de una ojeada el título: “Piotr Ilich Tchaikovsky. Sinfonía nº 5”. La visión de este título me trajo de inmediato a la memoria la portada de un disco de vinilo en color gris, con una imagen de un cuadro de mujer en el centro y las letras del título "Sinfonía nº 5" destacando nítidas encima suyo. Y entonces, de súbito, comprendí aquel extraño fenómeno: aquella obra (¡regalada al azar, hacia tantos años ya…!!) había sido la primera con la que me había debatido en un intento, casi desesperado, por entender cuál era la extraña magia que se atrapaba en la música clásica y que no estaba dispuesto a dejar escapar. Mil veces la había oído, una y otra vez, machaconamente, casi pasaje por pasaje, buscando su unidad, desmenuzando el enlace entre una melodía y la siguiente, buscando como resolvía el autor las situaciones, intentando identificar y evocar el sentimiento expresado en cada parte, acostumbrando mi oído adolescente a ese desarrollo metódico y planificado de la emoción plasmada en el sonido, tan distinto del de la música popular, y que solo después de largas horas frente al altavoz “luchando” con esta misma sinfonía, fui capaz de ir, poco a poco, haciendo aflorar.

    Desde aquel entonces otros autores, otras obras, otros colores, fueron superponiéndose a aquella 5ª Sinfonía y así fui aprendiendo a apreciar las bellísimas construcciones teóricas de Bach, la vitalidad colorista de Vivaldi, el prodigioso sentido rítmico de Mozart, los exactos edificios de Haydn, la grandeza adusta de Beethoven, la sobria austeridad de Mahler, las poderosa fuerza de Stravinski, el surrealismo de Schoenberg, la sonidos abstractos de Boulez. Poco a poco me fui olvidando de aquel disco de portada gris y la llegada de los nuevos formatos tecnológicos hicieron el resto: creo que nunca más había vuelto a escuchar aquella obra. Quizá por eso el descubrimiento de que su recuerdo perdurase con tal exactitud, me permitió disfrutar de ella como si del reencuentro con un viejo amigo se tratara, me inundó de una satisfacción difícil de explicar, una especie de vuelta al pasado, a los orígenes de un aprendizaje iniciático, a la certeza de que pocos placeres auténticos se nos desvelan sin esfuerzo… En fin, para que seguir… ¡Que disfruté como pocas veces en un concierto!

        

    Os dejo aquí un pequeño video del final de la 5ª Sinfonía de Tchaikovsky interpretada por el inefable Leonard Bernstein (aprox. la mitad del cuarto y último movimiento "andante maestoso"). Yo creo que podéis haceros una idea cabal de las sensaciones que tuve en este concierto, ¡más por las expresiones de Mr. Bernstein, que por la música en sí misma… jajajaja!! Aunque, obviamente, no tiene ni comparación a la música oída en vivo a una gran sinfónica, espero que os  divirtáis un ratito con él… un beso a todos.

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