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    11/29/2006

    En realidad



    Sentado allí frente a frente, saboreaba con deleite tus gestos, la música de tu voz.
    Pero en realidad... tus negros cabellos me traían el reflejo de otros cabellos
    otrora también intensamente negros, el brillo de tus ojos azabache el recuerdo
    del de otros ojos esmeralda, tu pasión otras iniciáticas pasiones, tu presente
    el recuerdo de otros tiempos perdidos ya en la bruma.  En realidad fue como
    sentirse sumergido por unas horas en el tumultuoso río de la vida, zarandeado
    de acá para allá, en los remolinos del tiempo... Todo empezó por las palabras
    y por fortuna, allá donde quiera que nos acabe llevando ese río, siempre nos
    quedarán, como último recuerdo, aquellas palabras...


    "Y así estoy con mis palabras: juego con ellas,
    y las rizo con mis dedos. Y las agito y las volteo.
    Y las mastico y las escupo y las vomito.
    Y las cocino y las sirvo en plato frío y en bandeja de plata.
    Y las aliño con gritos y gemidos.
    Y las acaricio como el juguete de un onanista desesperado
    y me las follo mientras espero
    a que tú decidas perder el tiempo. Conmigo. claro"


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    11/25/2006

    Décadas

    Saturno (detalle). Francisco de Goya. Museo del Prado. Madrid

     

    "Todos deseamos llegar a viejos, y todos negamos haber llegado"
    Francisco de Quevedo

    Comentaba el físico Freeman Dyson en su obra “Mundos del futuro” que diez años, o sea una década, es el horizonte normal de la planificación humana: es el tiempo que se tarda en desarrollar una carrera profesional, en criar un hijo, en establecer un negocio. Cosas todas ellas que, para bien o para mal, no tienen demasiada vuelta atrás y no muchas oportunidades de repetirse. Mas allá de ese periodo temporal, las incertidumbres propias del azar inherente a todo proceso vital, empiezan a enturbiar nuestras previsiones de forma que mas que de planificaciones, ya empezaríamos a hablar de anhelos, deseos o esperanzas. Creo que esta puede ser la razón de que aquellas fechas en las que cumplimos décadas completas como los treinta, los cuarenta o los cincuenta, tengan un especial significado para nosotros.

     Todos estamos de acuerdo en que, al fin y al cabo, no se trata más que de un número como otro cualquiera, y que es perfectamente posible (y de hecho lo será) que los años realmente decisivos en nuestra vida no sean estos “redondos”, sino otros de cifra menos glamorosa. Pero más que por los acontecimientos en sí mismos, creo que estos años son importantes por lo que tienen de borrón y cuenta nueva, de vistazo a lo que uno ha dejado atrás y a lo que tiene por delante y por el hecho, supongo, de que la propia aritmética de la edad nos fuerza a ser conscientes de ese “horizonte humano” a que se refería Dyson.

     Y por fin creo que me llegó el momento de sentarme a hacer unos de esos balances de década siempre tan acongojantes  y..... la verdad es que, en esta ocasión,  lo único que pasa por mi mente es el absoluto tópico de que este tío tan viejo que hoy cumple esa edad tan fea no puedo ser yo. Lo cierto es que nunca tuve ninguna veneración por la (mi) juventud y no miento (¡a quien habría de mentir..!!) cuando digo que no la añoro en absoluto. Quizá por las especiales circunstancias en que le tocó vivir a mi generación ese periodo, a caballo entre dos mundos contrapuestos, siempre me pareció un tiempo de paso, un tanto molesto y dependiente, algo que reportaba mas inconvenientes que ventajas, algo, en fin, que como individuos y como sociedad deseábamos dejar cuanto antes atrás para zambullirnos de lleno en un mañana que preveíamos muy distinto, pero ya cercano y alcanzable y que empezó a hacerse realidad precisamente en esa década. Quizá un poco lo contrario de los jóvenes de hoy en día que parecen sentirse confortablemente instalados en la juventud y sin muchas ganas de ser desalojados de allí.

     Veréis: yo soy mucho mas feliz ahora que cuando era joven, de verdad que sí, ¡y de ninguna manera querría volver a aquellos años! El problema yo creo es, que si estoy perplejo y un tanto confuso, no es por el tiempo que me sobra por detrás sino por el que me falta por delante. Tengo la estúpida sensación de que en realidad me quedan tantas cosas por hacer, tantos conocimientos por adquirir, tantos sitios que ver, tantas personas por conocer, tantas experiencias por sentir, tantos defectos por corregir, que esta cifra que hoy estreno no puede ser mas que una broma de mal gusto. Me siento como un tonto al que la falta de previsión ha hecho que se le amontone el trabajo, y solo empieza a preocuparse cuando vislumbra que pronto tendrá que prescindir de algo si quiere que le dé tiempo de llevar a cabo al menos algo de lo que le queda pendiente. Y podéis creerme si os digo que, si una cosa he odiado en mi vida, es que se me amontone el trabajo por falta de previsión.

     Pero, ¡en fin!... nada hay que podamos hacer contra esto. Recuerdo que durante la otra gran “crisis de década” que atravesé en mi vida, que fue la de los treinta, me pareció una gran verdad aquella frase de que “Solo un necio puede celebrar el hecho de cumplir años”. En verdad que solo los necios pueden celebrar algo tan absurdo como estar un año mas cerca de la muerte y encima por algo que está tan fuera de nuestros meritos y habilidades, como el hecho de que “nos nacieran”. Nacer. Ese verbo, ejemplo de intransitivo, pero a la vez el mas transitivo en la realidad, pues a nadie le piden permiso para hacerlo y nadie puede hacerlo por si solo (y si no que se lo pregunten a las madres).

     A veces me pregunto que pueden tener en común aquella década de los treinta con esta de los cincuenta para producirme tan deprimente sensación. Quizá el hecho de sean  épocas de marcada transición, épocas en las que no eres ni chicha, ni limoná: así como en la primera has dejado de ser un joven, pero no se puede considerar aún que estés en la madurez, en esta segunda has abandonado ya la madurez, pero no se puede considerar aún que estés en la vejez. Décadas por tanto de indefinición, de abandonar cosas conocidas sin tener todavía un asidero que te sirva de guía para el futuro, épocas en las que hay que redefinir tantos conceptos, acostumbrarse a tantas nuevas situaciones, a verse con una nueva imagen ante los demás, a hacer tantas elecciones y renuncias sin que tengamos siquiera claro si hay algo que merezca la pena alcanzar a cambio. Décadas necesarias, a la postre,  para alcanzar esa funesta resignación que nos reconcilie otra breve temporada con la vida. Solo que, desgraciadamente, cada vez mas en precario.

     Y no quisiera acabar este lagrimoso lamento sin remarcar, además, que dado que son los cincuentenarios tan proclives a celebraciones y saraos mediáticos (ahora que hasta se celebran a bombo y platillo cosas tan extrañas como el “34 aniversario” (¿!) de la fundación de algo) más os vale cuando lleguéis vosotros a tan provecta edad no haber coincidido en vuestro nacimiento con eventos tan celebrables  como la aparición de Televisión Española o el Nóbel de Juan Ramón Jiménez o la muerte de Baroja ya que sufriréis como penitencia añadida el que os refrieguen por los ojos y los oídos, un día sí y otro también, lo “encantador” de la fecha o lo “entrañable” de la celebración ¡y así todo un año completo con el famoso numerito redondo a vueltas...!! Que lo que ya molesta no es la cifra, ¡¡es la insistencia, coño...!!!

     

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    11/16/2006

    Vacío perfecto

    Hoy por primera vez en aproximadamente año y pico que creé la cuenta MSN, me ha ocurrido un hecho curioso: en las siete horas de jornada laboral desde las 08:00 de la mañana hasta las 15:00 de la tarde no ha habido ni una sola conexión de ninguno de mis contactos. A pesar de que ya estoy un tanto alejado de la adolescencia y por tanto solo tengo diez  agregados (familia incluida) este hecho insólito, que reconozco intrascendente en sí mismo, ha tenido no obstante la virtud de llenarme de una extraña inquietud, algo así como una ominosa sensación de angustioso vacío, como cuando te das cuenta súbitamente, y con preocupación, de que hace mucho tiempo que no tienes noticias de alguien. No se trata en este caso de que no haya entrado en conversación con nadie, ya que por suerte para algunos de vosotros que os libráis de semejante pesadilla, o por desgracia para mí que me pierdo todo lo bueno que sabéis dar, esa situación ocurre muchos días: hay contactos con los que hablo pocas veces, otros casi ninguna y otros definitivamente ninguna.

     Pero la cosa es que por primera vez, como decía, nadie se ha conectado ni un solo minuto en esas siete horas. ¡Nadie! Personne. Nobody. Os confesaré que con diálogos o sin ellos, me he acostumbrado vuestra compañía “ciberespacial” en forma de cuadradito messengeril. Veréis: por mi trabajo prácticamente no me despego en toda la jornada de pantallas y teclados de forma que, excluyendo a la hermosa planta de mi despacho (una preciosa difembaquia), compañera de muchos años y con la que a veces comento animadamente las incidencias del curro, es frecuente que en todas esas horas no intercambie ni siquiera una mirada con nadie, algo así como los vigilantes nocturnos de las obras de construcción, pero a plena luz del día y en plan informático. Los alegres muñequitos que os representan, son para mí casi la única imagen conocida de muchos de vosotros,  y además hace ya muchos meses que adquirieron sus propias rutinas, ahora ya entrañablemente familiares: el mas madrugador mi colega, ya para la 08:00, este otro la conexión de las 09.00, aquella sobre las 11:00, ma petite sobre las 14:00 que suele coincidir a veces con la desconexión para ir a comer de mi citado colega a las 13:30 y, casi siempre, la más última de todas, en el filo de las 15:00, con el tiempo justo para un rápido “¡hola y adiós..!”, y entre medias las conexiones y desconexiones “a granel” de este o aquella. El hecho de ver vuestros iconos, vuestras idas y venidas, las pausas de ausencia, las reanudaciones de actividad... el saber que si lo necesitara podría saludar a aquel, o dar lo buenos días a una amiga lejana, o saber como le ha ido a alguien la mañana, (y muchas veces hacerlo, caramba...) te hace sentirte mucho mas acompañado, en un sentido notablemente mas intenso que la socorrida radio o la sempiterna música en el MP3.

     También, por desgracia, la ausencia de alguno de vosotros se ha convertido en una dolorosa rutina y hoy, por la desaparición de todos los demás, ha resaltado aún con mas nitidez si cabe. No se la razón por la que te fuiste, pero quizá sea porque la proximidad de los frios invernales no es buena época ya para las rosas de té... ¡en fin..! El caso es que sea por unas cosas o por otras, hoy me sentido como un autentico náufrago digital (perdón por el plagio descarado, tú sabeh ...) braceando confuso en el piélago de bytes desoladamente vacío de mi ventanita MSN. Me ha dado por pensar en una onírica situación en la que todos hubierais caído simultáneamente en la cuenta de la enorme estupidez que significa tenerme agregado y, haciendo gala de un razonable buen criterio, me hubieses borrado de vuestros contactos... algo así como esas angustiosas películas al estilo de “Abre los ojos” en las que el protagonista se descubre de pronto el único habitante de una silenciosa ciudad vacía. En la mayoría de los casos, en las historias de este estilo, la situación termina cuando el susodicho despierta y cae en la cuenta de que lo que el creía ser la realidad, no era sino un horrible mal sueño.

     Y por eso yo me temo que tendré que esperar hasta mañana, comiéndome las uñas,  y aguardando a que la aparición ordenada y regular de vuestros muñequitos me permita creer con alivio, como a los peliculeros protagonistas, que la nívea superficie de mi MSN de hoy solo ha sido fruto de una desafortunada casualidad, y no de una pesadilla que por cierto, a fuer de nívea, ya casi podría ir considerándose una “pesadilla antes de navidad”. Digital, por supuesto. En fin.... todo sea por escribir unas cuantas líneas. Señor, señor.... ¡que desvarío es todo esto...!! Ja ja ja... Hasta otra.

     .

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    11/5/2006

    Celebraciones rutinarias

     La proliferación de medios de comunicación de “andar por casa”, léase periódicos gratuitos, televisiones locales,  portales digitales, guías callejeras, y otros inventos que padecemos en los últimos tiempos, parece que han resucitado una vieja plaga que a pesar de haber existido siempre, creíamos atemperada o al menos reducida al campo de la crónica deportiva. Me refiero al de las burradas idiomáticas varias que al calor, se conoce, de tanta incorporación masiva al “periodismo” de urgencia están resurgiendo de forma francamente desalentadora y hasta exasperante, pues en esta cuestión ocurre como con la famosa anécdota del rey portugués D. Manuel II el cual preguntando a su ayuda de cámara cual era el nombre del embajador que debía recibir a continuación, observó que el hombre vacilaba, enrojecía y tartamudeaba. Exigiendo el rey una respuesta, el ayuda contestó en voz queda y mirando al suelo “Señor: el embajador de España, Raúl Porras y Porras”. “Porra” tiene en portugués el significado que fácilmente puede imaginarse. El rey, manteniendo una flema mas británica que portuguesa, comentó: “Más que la palabra, lo que me molesta es la insistencia”. La insistencia, efectivamente, es lo que irrita de ciertos errores que, además de burdos y reiteradamente corregidos, ofenden al oído más aún si cabe cuando nos asaltan, una y otra vez, infatigablemente, desde las pantallas o las hojas impresas.

    Un tipo frecuente de estos defectos, es utilizar una única palabra como comodín para toda suerte de textos y ocasiones, usándola lo mismo para un roto que para un descosido, como si no poseyéramos uno de los idiomas mas ricos en matices y amplitud de términos que existen en el mundo. Y de entre este tipo de errores, uno de los que más me desazonan por lo fácil que sería su corrección, solo con pensar unos pocos segundos en lo que se escribe, es el uso de la expresión “celebrar” para todo tipo de actos y eventos. Según el diccionario “celebrar” es “conmemorar, festejar una fecha o un acontecimiento”, es decir un acto eminentemente lúdico o festivo, que se hace con alegría y contento. Así pues no puedo por menos de sentir como chirrían mis oídos cuando oigo al locutor de turno en mi telenoticias local decir que hoy “celebramos el primer aniversario de la muerte de....” o “se ha celebrado la destitución del presidente Sr....” ignorando la existencia de conmemorar, evocar, recordar, rememorar, consumar, acordar..... y un sinfín de palabras cada una de las cuales aporta matices y significados propios y distintos para una determinada situación. Quizá sea porque es mas económico celebrarlo todo: celebrar plenos, celebrar funerales, celebrar fiestas, celebrar homilías, celebrar despidos, etc, etc, etc. 

    Otro tipo de exasperante vicio lingüístico, es la súbita aparición de términos provenientes de expresiones inglesas y que por una mala o atolondrada traducción, se utilizan en castellano de forma casi literal, ignorando que en nuestro idioma la palabreja en cuestión no tiene ese significado o este se limita a ciertas ocasiones especiales. Este efecto se agrava, además, por una suerte de mimetismo explosivo que hace que de pronto todo el mundo se haga eco de la tontería, hasta el punto de que en muchas ocasiones, ya dudamos de la propia versión “natural” de las palabras. Un ejemplo de este fenómeno que tiende a sacarme de mis casillas, es encontrar el término “rutinario” como sinónimo de “habitual” o “frecuente”, uso este (mal) copiado o mimetizado del termino ingles “rutinary”. En efecto: “rutinary”, en inglés, es aquello que se hace de acuerdo a un protocolo estrictamente establecido. Por el contrario “rutinario”, en español, es “lo que se hace por rutina”, y “rutina” es el “hábito adquirido de hacer las cosas por mera práctica y sin razonarlas”. De esta forma yo, de ser médico, me enfadaría mucho si me dijesen que había detectado un cáncer en un análisis “rutinario” o si fuera guardia civil (¡y eso sí que ya es mucha imaginación!) que se han impuesto tantas sanciones en controles de alcoholemia “rutinarios”, pareciendo decir que son cosas realizadas sin pensarlas o razonarlas, y queriendo decir, suponemos, que son actividades normales, habituales, periódicas, reglamentarias u ordinarias. Pero en fin... si nadie lo remedia ¡ahí seguiremos leyendo la palabra de marras utilizada  para todo aquello que se haga a menudo ...!

     Y dejo para el final, las simples y llanas tonterías, es decir aquellas cosas dichas o escritas sin ton ni son pero que, no se sabe porque especie de contagio borreguil, se van pasando de unos medios de comunicación a otros hasta convertirse en autenticas plagas. Y de todas ellas la que para mí se lleva la palma es el misterioso “punto y final”, genial hallazgo de locutores de pacotilla para cerrar “literariamente” sus peroratas radiofónicas o televisivas. Que se sepa desde la escuela mas elemental nos enseñan a utilizar la coma, el punto, el punto y coma, los dos puntos y el punto final como signos de puntuación, pero por mas vueltas que le doy no consigo saber que es ese ignoto “punto y final” que suelen poner a sus crónicas, o que, según ellos, ponen los cantantes en sus actuaciones o los conferenciantes en sus charlas o los políticos en sus mítines. Puede que sea un exceso de purismo, pero cualquier presunto periodista que escriba o pronuncie semejante majadería, pierde ipso facto para mí cualquier credibilidad, pues ¿cómo confiar en la seriedad profesional de quien ni siquiera es capaz de recordar lo que tuvo que oír mil veces en sus dictados escolares?

     A veces se recrimina esta actitud crítica frente a unos usos del lenguaje quizá un tanto superfluos para comprender el fondo de lo que se dice o se intenta comunicar (“¡pero si se entiende lo que quiere decir, ¿qué mas da?..!”) pero en mi opinión hay dos aspectos muy importantes en esta cuestión: en primer lugar que ciertos defectos que serian comprensibles, disculpables o al menos indiferentes en la expresión digamos de un bombero, de un informático o de un pescador de altura, son muestras de incompetencia profesional en un locutor o periodista, pues las palabras son parte esencial de su oficio y por tanto me siento “estafado” por el medio que me ofrece servicios con tan deficientes profesionales que ni siquiera saben manejar sus herramientas básicas. Y en segundo lugar porque estimo que el hecho de envolver los conceptos en un marco estético o formal adecuado no es solo un mero adorno superfluo, o un placer por la estética (también importante ¡ojo!) sino que, básicamente, deja traslucir un orden mental subyacente, una claridad de conceptos o una actitud reflexiva de fondo, que permite dar una cierta “textura lógica” a aquello que se ofrece y que, por tanto, hace que resulte mas comprensible o asimilable: comunicable en el fondo.

    En fin, que una vez desahogado de este berrinche lingüístico y periodístico,  creo que es el momento oportuno de poner punto final a esta diatriba y celebrar que en el futuro los miles de flamantes habitantes de nuestras facultades de periodismo dejen de considerar el uso de nuestro maltrecho idioma un asunto puramente rutinario. Así sea.

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