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10/21/2007 Joyce particular
Three quarks for Muster Mark! Sure he hasn’t got much of a bark and sure any he has it’s all beside the mark.
James Joyce
Son extraños a veces los caprichos, o más bien las revueltas, del destino. Y eso vale también para las palabras, que como tantas otras cosas, sufren extrañas mutaciones y complejos derroteros que las pueden acabar conduciendo a lugares absurdos o inesperados, solo que en el mundo de los vocablos, estos “lugares” mas que sitios físicos, son idiomas, usos o significados ajenos por completo al inicial para el que nacieron. Y eso considerando que a veces su nacimiento ya es accidentado de por sí, cuando no puramente casual e inesperado, (lo que demuestra cuanto se parecen las palabras a los seres humanos), por lo que imagínense ustedes hasta donde nos puede conducir en ciertas ocasiones esta “vida secreta de las palabras” que diría Isabel Coixet. Este que me encontré, es un caso curioso:
Joyce. James Joyce, (pronúnciese vestido de smoking y con sonrisa seductora) fue un extraño personaje, un extraño escritor y un extraño ciudadano. Irlandés nativo que a contracorriente del apasionado nacionalismo de su época y su país natal, siempre manifestó su predilección por la lengua inglesa frente al vernáculo idioma gaélico, del que opinó que era una lengua recompuesta (e impuesta) de forma artificiosa y por razones ajenas a la lingüística. Quizá por esta esquizofrenia fonética fue un apasionado de las palabras, (hablaba ocho idiomas) y todas sus obras están transidas de una especie de fervor por el uso experimental de las palabras e incluso de su invención pura y dura a poco que las circunstancias de la obra, a su juicio, lo requirieran lo cual, dicho sea de paso, era bastante a menudo.
La experimentación lingüística que constituye ya una característica predominante en su obra cumbre “Ulysses”, alcanza su paroxismo en su obra final “Finnegans Wake”, un autentico laberinto (por no decir galimatías) idiomático y conceptual en la que el lector (inglés, of course) solo puede avanzar como en medio de una selva impenetrable de extraños “palabros” utilizados a veces en lugar de otros por su similitud semántica, o a veces solo por la semejanza fonética o a veces, francamente, sin ningún motivo. La obra, como es lógico, resulta casi intraducible a cualquier idioma y de hecho, en español, incluso Francisco García Tortosa para algunos el mayor experto en Joyce en nuestro idioma, solo se ha decidido a traducir un único capitulo del “Finnegans” y aún así existe consenso en que cualquier traducción de este texto es más una recreación del traductor, que una traslación del original. Pero aunque nos encante Joyce, debemos ahora tomar impulso y dar un amplio salto en el tiempo, en el espacio y en el concepto. Así que vamos allá.. ¡AleHop..!
Corría el año 1963 cuando el físico Murray Gell-Mann teorizaba sobre la posible estructura interior de algunas partículas consideradas hasta ese momento “elementales”, en el sentido de simples o indivisibles, y que eran esas que todos conocemos de los libros de la escuela: el protón, el neutrón y el electrón. El problema de Gell-Mann era explicar de donde procedía todo ese enorme “zoo” de extrañas partículas que se generan cuando dos de estas chocan y, como consecuencia inevitable, se espachurran. Además estaba la cuestión del por que unas partículas “elementales” como el protón y el neutrón se diferenciaban tanto en tamaño y masa de otras como el electrón, por lo que se hacia difícil pensar que unas y otras pudieran tener la misma naturaleza.
Gell-Mann teorizó, en unas disquisiciones matemáticas que ni por asomo intentaremos reproducir aquí, que todo este lío podría explicarse considerando que el electrón sería una partícula realmente elemental, mientras que el protón y el neutrón (y algunas más exóticas) no serian propiamente tales, sino que estarían compuestas, a su vez, de otras verdaderamente simples, de naturaleza similar a las primeras solo que con algunas características físicas diferentes. Para que todo le encajase bien Gell-Mann necesitaba suponer que existirían tres tipos diferentes de estas nuevas (y teóricas) partículas elementales.
¿Qué tienen en común estas dos historias?: Pues una sola palabra, claro. No sabemos porque Gell-Mann, un amante de la literatura y de la ornitología, pensó en el Finnegans Wake cuando tuvo que dar nombre a su teórica (por aquel entonces) partícula y tampoco sabemos que quiso decir (si es que quiso decir algo) Joyce con los casi intraducibles versos que dan comienzo al capitulo cinco de la segunda parte de la obra y que reproducimos allá arriba, como subtitulo de este post. En ellos unos borrachines entonan una canción tabernaria en alabanza de un tal Mark. La palabra quark del primer verso no existía en inglés (ni en ninguna lengua conocida), y la mayoría de los autores la creen un típico híbrido joyceano entre "quart" (pintas de cerveza de un cuarto de galón: ¡ahí es nada...!) y "croak" (graznido de los cuervos), quizá queriendo indicar las voces poco melodiosas de los cantores habituales de taberna. Pero el hecho es que Gell-Mann lo recordó, y estimulado quizá por el comienzo del verso “Three quarks...” y teniendo en cuenta los tres tipos de partículas que él proponía, denominó a estas precisamente así : “QUARKS”.
Y de esta manera, una palabra inexistente e insignificada, pasó a encontrar el objeto de su significado. Algo así como los “personajes en busca de autor” de Pirandello pero en versión lingüística. El nombre pronto hizo furor entre la comunidad científica y otras versiones de la misma teoría, como la del físico George Zweig que unos meses mas tarde y de forma independiente propuso su propia versión, dando a “sus” partículas el nombre de “ases” (como los de la baraja), quedaron rápidamente olvidadas, demostrando de paso que la ciencia (o al menos sus consecuencias de fama), tampoco son inmunes a una afortunada mercadotecnia. La existencia física de los quarks se probó unos años mas tarde y dio origen a una rama de la Física denominada Cromodinámica Cuántica. Incluso hoy se especula sobre la existencia de “estrellas de quarks”, que pudieran albergarse en los centros de las nebulosas surgidas de explosiones de supernovas y que se estudian con el gigantesco telescopio espacial de rayos X de la Agencia Espacial Europea (E.S.A.) "XMM- Newton", en orbita desde 1999.
Murray Gell-Mann recibió el premio Nobel de Física en el año 1969 por su predicción teórica de los quarks, mientras que James Joyce... no lo recibió nunca, ni por la palabreja de marras, ni por nada, siendo este hecho, dicho sea de paso, uno de los baldones que siempre se suelen achacar a la un tanto caprichosa academia sueca. ¡Que le vamos a hacer...! Sic transit gloria mundi...
10/8/2007 Sobre la marcha...
Mi marcado carácter asocial me hace, por lo general, rehuir los eventos donde los aficionados a cualquier tema de los que por una u otra razón me interesan, tienen a bien reunirse para contarse mutuamente las cuitas que esa actividad les reporta. Mis aficiones, (que las tengo, no se vayan a pensar…) suelen desarrollarse, por tanto, en un ambiente más bien autista, en el que el único contacto con los demás amantes del asunto, de haber alguno, (algún contacto, digo… porque amantes hay para todos los temas imaginables e inimaginables…) se produce mediante libros, revistas o referencias indirectas. No obstante, dado que mi caso, de momento, aún no es de psiquiátrico, todavía conservo alguna excepción a tan altivo pero aburrido comportamiento y uno de los más espectaculares de mi calendario, es el que hace referencia a la afición por el senderismo y la orientación en montaña, que todos los octubres (en su primer domingo para ser exactos) me hace acudir como en un rito a la marcha de Hoyos de Iregua donde, en demoledores itinerarios que parten del noble pueblo de Villoslada de Cameros, se recorre el parque natural de Sierra Cebollera, en las estribaciones riojanas del Sistema Ibérico. Los 30 Km de este año y su casi 900 m. de desnivel, además de una notable colección de agujetas en los más insólitos músculos de todas las extremidades, me han dejado como todos los anteriores, un regusto de sorpresa por mi persistencia en asistir a este evento que contradice de manera radical todo lo que yo espero encontrar en una salida a la alta montaña, y que desde luego no pasa por estar inmerso en una bullanga ensordecedora, o contemplar el mas colorista despliegue de moda fashion-montaña, o andar por estrechos senderos atrapado en fuego entrecruzado de tres conversaciones, que a pleno (aunque jadeante) pulmón, nos detallan interesantes fragmentos de la vida privada de los marchiles participantes:
Este striptease financiero me obligó a pisotear dos setas y un charco de barro para esquivar la vergüenza ajena que me inundaba y sortear rápidamente este grupo. Trabajosamente pude volver al camino, pero no por esto duró demasiado mi tranquilidad:
Enrojecido solo de pensar que el Carlos este pudiera estar por allí escuchando los gritos estentóreos de aquella energúmena, tuve que galopar bosque arriba para dejarla atrás, desoyendo las airadas protestas de mis gemelos (los músculos), pero solo para alcanzar un estrecho desfiladero (nunca mejor dicho por la riada incesante de gente que de uno en uno lo atravesábamos) del que no había forma de huir:
Y así, adecuadamente instruidos sobre las mejoras formas de economizar en los desplazamientos a parques temáticos europeos, nos fuimos aproximando a la hora de la comida, mágico momento en el que por una vez al año, al recoger el sempiterno bocadillo de lomo empanado con pimientos, no siento remordimiento alguno por quebrantar seriamente mi dieta baja en casi todo. Unas diez ediciones de esta marcha han pasado bajo mis botas y ni una vez siquiera, ha cambiado el menú de la comida: Bocadillo de lomo con pimientos, fruta y vaso de vino (de Rioja, obviamente). Así que situados disciplinadamente en la cola del reparto, tampoco era posible escapar:
Levanté la vista asombrado hacia el irónico y un tanto literario repartidor, el cual por toda explicación me pasó con un guiño una de las bolsas de comida. Le sonreí, arramplé con mi vasito de Rioja, y salí a escape a pillar sitio para sentarme en la poca tapia que ya iba quedando libre junto a la preciosa ermita de los Lomos de Orio (muy propio el nombre..!). Al finalizar, nueva sesión de caminata. Una empinadísima cuesta y el estómago lleno, me disuadieron de intentar toda huida acelerada, de modo que vuelta a empezar:
Procuré no obstante acelerar algo el paso, pues no quería estar presente en el momento en que se desplomara el próximo del grupo, evento que a juzgar por lo convulso de los rostros y los jadeos asmáticos de todos ellos, era más bien inminente. Al fin los últimos kilómetros de marcha, ya sin cuestas y por amplios caminos, te permitían sobrevolar retazos de amenas y relajadas conversaciones:
En fin, como veis, nada más enternecedor y beneficioso para la vida social que compartir una sana jornada de monte por esas frondas de Dios, con otros 856 aficionados como tú a la tranquilidad y recogimiento de los paseos otoñales. Está bien. Creo que ya estoy deseando que llegue el primer domingo de octubre del año próximo, sobre todo pensando (¡cómo no…!) en ese delicioso bocadillo de lomo empanado con pimientos rojos… mmmmmm… ¡365 días aún…! |
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