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27/10/2006 Leiva AguilarJuderia Cordobesa Hacía mucho tiempo, decididamente demasiado ahora que lo pienso, que no me sentaba a escribirte a ti. Quiero decir a ti directamente sin intermediarios ni generalidades. Supongo que serán los gajes de la cotidianeidad, que no nos dejan apenas respiro para otra cosa que no sea la comunicación inmediata, verbal, quizá también sea que el día a día doméstico tiene poco de épico. Según escribo me ha venido a la mente la frase del personaje de Benedetti cuando exclama: “Hoy ha sido un día muy feliz: ¡pura rutina..!”. Y meditando sobre ello, a veces he pensado como se podría escribir una novela de alguien que es normal, feliz, al que no le pasa nada extraordinario, y está contento con lo que hace y con lo que tiene. Creo que sería imposible o, al menos, imposible de hacer de forma amena. ¡Que podría uno escribir fuera de una relación de actividades comunes y corrientes del o de los protagonistas! De igual manera a veces se me hace difícil sentarme a escribirte cosas a ti ¡Que podría ponerte que no te haya dicho, expresado, pensado o sentido directamente en los últimas horas, o días, o meses, o años! ¿No será una rara perversión, o incluso una soberana majadería, intentar poner por escrito aquello que directamente has vivido y expresado puedes volver a vivir o expresar cuando te apetezca? Creo que la felicidad genuina que alguien pueda sentir no tiene nada que ver con la visión que desde fuera se tenga de su vida, quizá porque la felicidad es algo meramente subjetivo, algo así como la percepción inconsciente, íntima, de un equilibrio entre necesidades y realidades. Y por ello no deja de ser maravilloso el pensar que el mortal aburrimiento que causaría al pobre lector la novela sobre unos protagonistas felices, no mermaría nada la posible felicidad subjetiva que estos sintieran. Pensaba también que la misma idea es posible que la podamos aplicar respecto a los acontecimientos de nuestra vida, de nuestra vida personal y también de nuestra vida en común. Al sentarme a escribirte me ha venido al recuerdo, al hilo de nuestro último viaje, la sensación de que durante muchos, muchos años nuestra relación ha tenido un punto e referencia ineludible en aquella extraña, maravillosa, febril, tierna, contradictoria y en cierto modo incomprensible noche cordobesa. Me es muy difícil describir la mareante mezcla de pasión, amor y belleza exterior que algún destino se encargó de aliar en aquella lejana noche. ¿Quién podría alguna vez olvidar el aroma de los naranjos que se colaba por el balcón enrejado, abierto de par en par a la tórrida noche de aquel mes de julio cordobés? El sudor, que corría a chorros por nuestro cuerpos pletóricos de juventud y pasión, era el tributo que pagábamos por poder disfrutar del embriagador aroma que, hoy en día, algún moderno aire acondicionado se habría encargado de eliminar. Pero no... aún no existían tales cosas en el tiempo de aquella noche interminable, en la que, entre risas y gemidos, contamos hora a hora, todas y cada una de las campanadas con las que el alminar de la mezquita se encargaba periódicamente de recordarnos una pausa en las dulces tareas del amor. Entonces, desde aquella cama, abrazados, por un momento mirábamos sobrecogidos asomar su barroca cimera, brillantemente iluminada sobre los tejados oscuros, antes de volver a caer en el dulce ensimismamiento de los cuerpos fundidos. Al final, por no faltar, no faltó ni la luna, que poco a poco nos acompañó en el último tramo de aquella noche irrepetible, surgiendo como por arte de magia detrás de la flecha de la torre, hasta que el alba la fue, lentamente, disolviendo. Y aún restaba un último suspiro de magia, que aleteó al sacarnos del dulce sopor del agotamiento, las mágicas voces de las propietarias del patio de naranjos sobre el que colgaba nuestro balcón cuando, sin poder creer lo que oíamos, nos despertamos aquella mañana dulcemente arrullados por un coro de voces femeninas que entonaban los cantos gregorianos con los que la congregación del asilo de Jesús Crucificado adornaba el primer oficio del día, mientras el sol empezaba a centellear, puro oro encendido, en la veleta de la mezquita. Este verano, casi treinta años después, cuando vagando por la judería cordobesa, entramos al azar en aquella calle perdida, en mi recuerdo centelleó instantáneamente ese nombre que creía para siempre olvidado y en el tuyo, de inmediato, la puerta del convento con sus balcones. A pesar de la paralizante sorpresa, no fui capaz de evocar ninguna intensa felicidad como había esperado y por ello creo, en parte, que te debo esta explicación. La memoria me trajo aquella noche incomparable, por supuesto, y todas sus intensas sensaciones, pero removió también los amargos posos que acompañan siempre a los tiempos difíciles: la separación obligada, la angustiosa incertidumbre en la que entonces se desenvolvía nuestra vida, lo efímero de aquella pasión apresurada, la tensa espera de una carta que podía tardar semanas en llegar... si llegaba, la asfixiante falta de libertad en que nos desenvolvíamos. Aquella noche con su cúmulo de maravillas, fue digna de haberse vivido y es muy literaria, sí... pero poco practica para construir una felicidad. Es un bellísimo recuerdo de amor, una pequeña joya que guardamos en nuestro particular cofre ... pero para definir la felicidad sabes que prefiero la amorosa cotidianeidad de una siesta cualquiera, la risa relajada de una sobremesa en familia, el calor de tu cuerpo en la tienda en la soledad de un valle profundo, el familiar cosquilleo en mi estomago cada noche al verte desnudarte, nuestras manos cogidas cada viernes frente al cuarteto de turno. Estoy convencido de que la felicidad no es inmovilismo: el cambio, la adaptación, la innovación, forman parte indisoluble de la vida. Los cambios de hoy son las bases de la felicidad del mañana, y creo que tan nefasto para la felicidad es el empecinarse, (inútilmente, además) en mantener un mundo cerrado e inmóvil como en vivir perpetuamente en un estado de cambio y agitación a la búsqueda de presuntas sensaciones maravillosas. Mi ilusión sería poder estar abierto contigo a los cambios del mundo (“al vent del mon...” que diría Raimon), y quizá por eso me resulta tan fascinante la relación con los jóvenes, pero que a la vez fuéramos capaces de integrar esos cambios de forma serena en el complejo armazón común que hemos construido. El que en el proceso tengamos algún trastabilleo es inevitable, incluso esperable, y puede que el último episodio le diera un buen meneo al tinglado, pero si ello sirve para detectar y reforzar sus partes mas frágiles... ¡bienvenidos sean los cambios! Siempre hay que explorar.... siempre... porque no conocemos donde residirá la felicidad del futuro. Ambos sabemos que aquella lejana noche cordobesa no tiene palabras para describirse, pero hoy puedo decirte con total seguridad, que mi amor por ti rebasa por muchos puntos al que entonces pudiera sentir, e incluso imaginar, y también...., ¡por que no!, que aquella recordada pasión, un tanto mitificada por la distancia, seguro que no tendría ni para empezar con la que hoy podemos ser capaces de desplegar.... a poco que nos esmeremos. Y si no.... ¡podemos hacer la prueba cualquier día de estos....!!!
18/10/2006 Un año de amor
Escuchaba esta mañana la radio cuando ha comenzado a sonar esa canción de Luz Casal. Después de un rato y, por algún misterioso funcionamiento del inconsciente, (o no tan misterioso.... mi querido psicólogo de cabecera) una especie de lucecita se me ha encendido en la cabeza. Casi sin darme cuenta he accedido a mi espacio, y con un clic sobre la ultima línea del apartado de archivos he entrado en el mes de octubre de 2005. Un rápido movimiento hacia abajo... y he aquí la primer entrada de este blog. Efectivamente: ¡18 de Octubre de 2005! Un año, por tanto, hoy mismo. No sé si tanto como un año de amor, pero si que un año muy especial desde luego. Aquella, ya para mi lejana entrada (¡cuanto llegamos a cambiar en un solo año....!), comenzaba así: 18 octubre Lluviosa mañana de otoño para empezar un blog. Tras los cristales llueve y llueve.... Por aquella época había leído, no recuerdo como ni porque, el blog de Solvinge, “Callecitas estrechas”, y me había gustado mucho. Me pareció una magnifica forma de compartir gustos, aficiones literarias, formas de ver el mundo, también una forma de comunicar emociones, ideas, sentimientos... y como por aquel entonces tenía una necesidad perentoria de comunicar emociones, que me rebosaban por todos los lados, me decidí a intentar su publicación. Vaya para ella, por tanto, mi primer recuerdo emocionado y agradecido: el que se tiene por los maestros o al menos por los que nos descubren un fascinante mundo nuevo. Hoy, un año mas tarde, la mañana también ha empezado lluviosa, pero ha acabado por salir el sol que luce ahora magnífico. Suele ser este del aniversario un buen momento para hacer balances, pero no sé si tengo demasiadas ganas de hacerlos: lo bueno todavía continúa (lo mejor con diferencia: vosotros que seguís conmigo a pesar del maltrato que os doy.... jajajaja) y lo malo es demasiado doloroso para andar recordándolo con cualquier pretexto. Atendamos, pues, a lo bueno: A poco del comienzo, ya quedé fascinado por el descubrimiento de este asombroso mundo de “emotividad virtual” que me permitió entrar en contacto con la mayoría de vosotros: algunos que se marcharon y que aun recuerdo con cierta nostalgia como Despe Perez o María y su entrada con 178 comentarios (record absoluto de los que yo haya visto... jajajaja) y naturalmente, esto me trae al recuerdo la principal consecuencia de tan abultado número: mi muy, muy, especial señorita Poulain y su querida socia deslenguada de las que, a pesar de que continúan muy presentes en este mi mundo virtual, aun leo con nostalgia sus deliciosos comentarios de aquellos meses iniciales y también iniciáticos (¡snif..!). Después muchos mas, incluso algunos cuya amistad ha trascendido el mundo virtual para concretarse en el real y por tanto son muy importantes ya en otros planos (menos de lo que me gustaría, ¡mecachis!... habrá que revitalizar la costumbre de los ágapes de trabajo, aunque sea a riesgo de quedar empapado o, en su defecto, expoliado y también, como no, las sidras norteñas a ver si podemos superar la etapa de pinchos para charlar mas relajadamente frente a un buen plato ¿no hay un puente por ahí para que te acerques...?). Otros cuya incondicional amistad a pesar de mi ingrata indiferencia siempre me ha impresionado y con los que a menudo me siento terriblemente culpable de abandono: mi querido Reno siempre con su nariz colorada y sus relatos apasionantes, mi dulce angelillo caído capaz de llenar de ternura cualquier rincón escondido (FA UB para ti... jajajaja), mi pequeña cronista de la cotidianeidad en supermercados y cines para la que la vida seguro que sí acabará siendo un sueño mas temprano que tarde, si no lo es ya. Finalmente otros muchos también, a los que la pertinaz falta de tiempo de este maldito mundo nuestro, me ha impedido mimar una relación como ellos se merecían, pero que no desespero de reintentar algún día, porque recuerdo con mucha nostalgia su contacto: el culto Nicolás al que siempre fue un placer intelectual leer detenidamente, la simpática Laurita y sus enternecedoras crónicas laborales, la sobrecogedora Oscuramente mía, la sensual Pinoggia, la tierna Noe y sus medios besos, la ultramarina Isis y sus alas de brillante erotismo, la mágica Anuka, la serena Mari desde su isla, Tesa, Mel.la y tantos y tantos otros de los que solo conservo, o a los que solo hice, una única visita o comentario. Este año ha sido sin duda mucho mas interesante y rico gracias a vuestra insustituible presencia. Dejo para el final lo principal, claro. Y lo principal habéis sido vosotros tres, que al fin y al cabo no erais sino los destinatarios naturales. Aunque con esto me acerque peligrosamente a la parte dolorosa, quiero dejaros constancia aquí de mi agradecimiento mas profundo. Por todo, pero específicamente por lo que a esta aventura se refiere: vuestro aliento, vuestro consejo, vuestra paciencia para con mis tonterías, (especialmente tu paciencia para con el tiempo perdido en esta historia y que solo a ti te robo....), tus extensos y sesudos comentarios que escuecen porque saben de que hablan, vuestras inmerecidos pero estimulantes elogios también..., forman ya parte inseparable de la amistad (nada virtual) que nos une y con la que algún día quizá sepamos al fin que hacer. Si solo una vez he conseguido acercarme a expresar lo bonito de lo que hemos vivido juntos, puede que todo esto haya merecido algo la pena. Como casi todos los que conozco he tenido (tengo y tendré, imagino) mis dudas y mis horas bajas respecto al blog. Pero de momento goza de una salud aceptable y espero que el 18 de Octubre del año que viene podamos seguir leyéndonos todos y podamos decir, sin demasiada exageración, que ha transcurrido otro año de amor. Virtual para la mayoría, que le vamos a hacer, real para otros. A todos, de nuevo, gracias y un fuerte, fuerte, beso.
11/10/2006 Rectificación
El que hoy me ha afectado personalmente es la que hace referencia nada mas y nada menos que a la preciosa frase que durante tanto tiempo, casi un año ya, ha encabezado (y encabeza) este espacio: “O valor das coisas não está no tempo que elas duram, mas na intensidade com que acontecem. Por isso, existem momentos inesquecíveis, coisas inexplicáveis e pessoas incomparáveis” Esta frase la tomé originalmente de la Web de Renfe en un apartado dedicado a la promoción de los viajes internacionales a Oporto y Lisboa. Dicho apartado ya ha sido retirado de la pagina, imagino que al finalizar su finalidad promocional. La entidad de la fuente y el magnífico diseño web del sitio me hizo dar por buena la atribución de la frase a Fernando Pessoa tal y como se indicaba en el pie de la cita correspondiente. Craso error. Me vuelvo a ratificar y esta vez en carne propia, en que no es posible dar por buena prácticamente ninguna información obtenida de Internet sin un adecuado contraste de versiones y ratificar su concordancia por al menos tres o cuatro fuentes solventes en el tema tratado (en este caso literatura en lengua portuguesa y no viajes en ferrocarril...). La frase de marras adjudicada muy frecuentemente a Pessoa, no solo en la Web de Renfe dicho sea en descargo suyo... , en realidad debe atribuirse al periodista editor y escritor brasileño Fernando Tavares Sabino conocido la mayoría de las veces como Fernando Sabino, nacido en 1923 en Belo Horizonte y muerto en 2004 en Rio de Janeiro. Sabino creador de la editorial brasileña “Sabía” publico mas de 50 obras poéticas y novelísticas además de incontables crónicas para diarios como “O Globo”, “Jornal do Brasil” o “Diário de Lisboa”. En 1999 la Academia Brasileira de Letras le otorgó el premio Machado de Assís, el mas prestigioso del país americano, por el conjunto de su obra literaria. Así pues como el menor “glamour” intelectual de Sabino frente a Pessoa no ha de mermar en nada la belleza del pensamiento reflejado en la frase, limitémonos a cambiar la referencia del autor y mantengamos su esencia pues, efectivamente, existen momentos inolvidables, cosas inexplicables y personas incomparables. Yo, al menos, conozco algunas.
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