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日志


2007/1/30

Al Alba



Modigliani. Desnudo Sentado. 1916

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me dió dos luceros que, cuando los abro,
perfecto distingo lo negro del blanco
en el cielo su fondo estrellado
y en las multitudes el hombre que yo amo.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado el oído que, en todo su ancho,
graba noche y día grillos y canarios;
martillos, turbinas, ladridos, chubascos,
y la voz tan tierna de mi bien amado.

Gacias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado el sonido y el abecedario,
con él las palabras que pienso y declaro:
madre, amigo, hermano y luz alumbrando
la ruta del alma del que estoy amando.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado la marcha de mis pies cansados;
con ellos anduve ciudades y charcos,
playas y desiertos, montañas y llanos,
y la casa tuya, tu calle y tu patio.

Violeta Parra. Gracias a la vida. 1966

Epístola II: Melancolía.

Madrid, 13 de Octubre 2005
Hola mi querida amiga:

Aquí estoy de nuevo. Esto de volver al trabajo después de un día de fiesta un tanto vacío, me pone definitivamente melancólico. A través de esta ventana amanece, como a regañadientes, un día gris y lluvioso en la gran ciudad ("Tras los cristales llueve y llueve...", imposible no acordarse). Releía tu ultimo correo y se me acentuaba la tristeza. Me alegró saber que te encontrabas mejor físicamente, eso es importante, podía notar además que la mejoría física se traslucía también en tu animo. Bien. Sentí ternura cuando decías que me habías sentido cercano, yo también cuando te escribo, me siento así. La melancolía me invade cuando me dices que has perdido parte de tu risa y tu frescura de antaño. Tranquila, hoy no tengo el espíritu para ejercer de psicólogo aficionado. Ni te voy a poner aquí ninguna tontería estereotipada de aliento. Solo siento una extraña sensación de suave tristeza, de perdida difusa, quizá por no haberte conocido antes, cuando tenias mas abundancia de esa risa espontánea y fresca que me describes, cuando todavía los golpes no habían sido tan duros y la vida no te pesaba tanto.

Pensaba en esto y de repente me vino a la cabeza una foto tuya que entreví un segundo, en una ocasión, mientras tu compañero abría su cartera. Espero no decir ninguna tontería porque fue solo un instante y tampoco estoy muy seguro de lo que vi. Pero me pareció que una joven y guapísima amiga sonreía desde aquel cartón. ¿Eras así entonces...? El tiempo. La vida imparable. ¿Que podemos hacer...? Me estremece pensar lo inermes que estamos ante las desgracias. Como estas caen a nuestro alrededor como en una lluvia ciega, que tarde o temprano sabemos que nos va a alcanzar. La vida. Esa fuerza bruta de la naturaleza, terrible y divina, que nos destroza y nos subyuga, que nos conforma y nos abandona, ¿Como éramos, mi querida amiga, cuando éramos esos otros, mas jóvenes, mas inocentes, mas abiertos? ¿Porque no te conocí entonces? ¿Cuantos miles de exsitencias, de pequeños universos, tenemos a nuestro alrededor y nunca conoceremos? La vida.

Me vino también a la cabeza el mas famoso de los poemas, o canción como quieras , de la chilena Violeta Parra, con su vida azarosa, dedicada a los demás, pero plena de desgracias, de tristezas y sinsabores, desde un padre borracho, a diez años de infierno de matrimonio, la muerte de una hija, el abandono de los sucesivos amantes, la constante persecución política y el exilio. Lo busqué en un rincón ya casi perdido de mi biblioteca, y lo releí con esa extraña novedad con que las emociones a veces pintan las cosas mas triviales. Y no me puedo resistir a transcribírtelo para compartirlo, a pesar de que con seguridad lo conoces, al menos como canción.

Violeta Parra se suicidó el 5 de abril de 1967 en Santiago de Chile, pocos meses después de escribir "Gracias a la vida", una de sus últimas canciones. Miro por la ventana de esta extraña y fría oficina y ya ha amanecido del todo. Creo que hoy va a ser un día lluvioso, gris y otoñal. Definitivamente melancólico. Tengo ganas de verte.

                               Carlos

Gracias a la vida, sí. Porque a pesar de su despiadada indiferencia, nos ha dado la capacidad de observar, siquiera por un fugaz momento,  la ruta del alma de aquellos a los que alguna vez amamos.  

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2007/1/23

Lidia


- Me tengo que ir ya.


- ¿Ya..? Bueno, vale... otro día charlamos de esa peli, ¿eh?

- De acuerdo. Un beso.

- Igual. Ciao.


Muchos años mas tarde Daniel, en los ratos en los que, como hoy, se quedaba absorto delante del visualizador del trabajo, aún recordaba de vez en cuando esas palabras, o mas bien esas letras, pues en aquellos tiempos, -pensó sonriendo para sí-, se leía.... y sobre todo... ¡se tecleaba!. Durante años incluso conservó, sin saber muy bien el porque, un archivo registro de conversaciones que contenía aquellas últimas líneas. Hacía mucho tiempo ya que había dejado de leerlas cuando, inevitablemente, en uno de los frecuentes cambios de ordenador, acabaron perdiéndose para siempre. Al igual que las imágenes, almacenadas en aquellos obsoletos sistemas de codificación. “Es curioso –pensó- aún conservo fotos y cartas en papel de mis abuelos y, sin embargo, he perdido todas las imágenes o textos escritos en ordenador de mas de 10 años”. Definitivamente puede que esta fuera la era de la información, pero no parecía ser la era de la memoria, por lo menos no de la memoria personal, emotiva e íntima.

Pero ya sus recuerdos volaban en tropel hacia Lidia, su interlocutora de aquellos renglones, y de la que no volvió a saber nunca mas. Lidia y su alocada, fascinante, adictiva juventud. Lidia y su curioso alias. “Todavía era posible el anonimato en la red, antes del gran colapso policial por los atentados del 12” -recordaba con una mezcla de humor y amargura- “¿Cómo era...? lidcom...noseque 8ynoseque... bufff... imposible acordarse ahora”. Habían conseguido una notable intimidad y recordaba su rostro sonriente, su desbordante alegría, sus ojos chispeantes e inteligentes.... en imágenes naturalmente. No se habían visto en persona aunque en alguna ocasión hablaron de intentarlo... demasiada distancia: geográfica y vital. Pero durante casi dos años compartieron confidencias, anhelos, angustias, alegrías, fotos... y una muy especial sensación que nunca fue capaz de racionalizar. Algo a caballo entre una buena amistad, un difuso erotismo, una cariño filial, una admiración intelectual.... pero que no era nada de eso y lo era todo a la vez.

Todo... que se desvaneció aquella fría mañana de Noviembre. “Me tengo que ir ya...”. Durante los días siguientes, semanas, meses... el icono de aquellos antiguos sistemas de mensajes escritos, permaneció mudo y sin conexión. Los diarios digitales, que fueron el origen de su amistad, y cuya moda tan fugazmente apareció como se esfumó, permanecieron clavados ya para siempre en las fechas inmediatas a aquel absurdo día. Nunca lo entendió. Repaso una y mil veces las conversaciones anteriores intentando descrifrar cada palabra, cada frase... Todo era normal. Ningun atisbo de despedida o de hastío. Sus intentos de comunicación, sorprendidos primero y desesperados después, utilizando e-mail, mensajería, comentarios, buscadores, amistades virtuales y cualquier cosa que se le ocurría, nunca dieron resultado alguno. Finalmente, un día tras otro, las cuentas se fueron cancelando poco a poco. Por falta de uso, decían los escuetos mensajes. Hubiera gritado, llorado o golpeado la pantalla si aquello hubiera servido de algo. Mil veces maldijo su estupidez al no haber compartido un número de teléfono, una dirección, un amigo común... algo real. En ese tiempo, cuando el recuerdo lo atenazaba, rezaba en silencio para que aquella desaparición fuera solo un olvido, o un cambio de aficiones, o simplemente un capricho juvenil. Un capricho.

Parpadeó cuando la delgada película luminosa, que flotaba a escasos centímetros de su rostro, emitió un suave resplandor rosado y una cálida voz femenina susurró en su oído. “El tiempo de espera se ha excedido ¿deseas continuar el proceso..?”. Sonrió tristemente y, sin poderse contener, le dijo: “Me tengo que ir ya..... Finaliza, por favor”. La voz, con un susurro cómplice, le contestó. “Mandato confirmado, Daniel. Buenas tardes”. El visualizador viró lentamente a un azul celeste y se fue desvaneciendo encima del escritorio. Daniel suspiró, retiro su identificador personal, y salió del cono de silencio de su puesto de trabajo. Mientras se alejaba una vez mas, como tantas y tantas veces en aquellos años, el mismo pensamiento cruzó por su mente: “¿A dónde...? ¿A dónde tuviste que ir, Lidia...?”.

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